MIAMI.- La odisea vivida por ocho balseros cubanos que llegaron el pasado lunes a Key Biscayne es hoy más que nunca un motivo de reflexión para todos los estadounidenses. Cuatro días de dura travesía en medio de unas condiciones climatológicas adversas marcará de por vida a los jóvenes que aportan su testimonio en las páginas de DIARIO LAS AMÉRICAS.
Desde que el presidente Barack Obama y Raúl Castro escenificaran el acercamiento entre los dos países y la reanudación de relaciones diplomáticas, la mayoría de las crónicas periodísticas realizadas desde Cuba han destacado el optimismo de la mayoría de sus habitantes, que ven con esperanza esta nueva etapa.
Sin embargo, el hecho de que desde el anuncio realizado el 27 de diciembre decenas de cubanos se hayan seguido jugando la vida para llegar a los Estados Unidos en busca de una nueva vida, no está en consonancia con los reiterados mensajes de esperanza de los medios.
Han pasado tan sólo 17 días del vuelco histórico en las relaciones entre ambos países. Es cierto que es pronto para juzgarlo como un fracaso pero hay indicios para apuntar que no vamos por el buen camino.
En primer lugar porque Cuba sigue siendo la misma dictadura que tan bien representó en la fecha en cuestión Raúl Castro vestido con su gastado traje militar. Pero sobre todo porque mientras se excarcelan presos políticos tras la amenaza de que se porten bien o volverán a la prisión, los jóvenes vislumbran un horizonte tan oscuro que son capaces de jugarse la vida en una balsa antes de permanecer viviendo en la isla de los hermanos Castro.
Las palabras de los balseros recién llegados desde Cuba deberían ser escuchadas en la Casa Blanca. De ellos es el futuro que con tanta alegría y opacidad se negocia en secreto entre Obama y Castro.