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MIAMI.- César Álvarez llegó a Miami el 28 de julio de 1960. Nunca olvida que su madre lo despertó temprano ese día –también a sus tres hermanos– y le dijo que se iban de vacaciones a la Florida. Tenía 13 años, vivía con sus padres en el sector habanero de El Vedado. Fidel Castro había asumido el poder en Cuba y sin saberlo el joven de entonces, el que le aguardaba sería uno de esos viajes en la vida que no tienen regreso.

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No era la primera vez que salían en familia a vacacionar a Estados Unidos. Por eso –relata– no le pareció nada extraño el anuncio hecho por su madre. Más tarde, ya en el vehículo de su padre, que había estudiado leyes con Castro y conocía “lo malo que este comunista podía ser”, la familia abordó el ferry con capacidad para 500 pasajeros y 125 automóviles que en seis horas cubría la ruta entre La Habana y Key West, el punto más al sur de los EEUU.

Pero algo sí había llamado su atención, según cuenta. Su madre llevaba consigo todas “las cadenas de oro”, además de varias maletas repletas. “¿Por qué tantas cosas?”, se preguntó. La sospecha escaló cuando en la parte más alta del ferry, poniendo la mirada sobre el Malecón de La Habana, sus padres “lloraban como unos niños”. Al principió pensó que “ya se habían ‘fajado’ [peleado] y apenas estaban empezando las vacaciones”. Después la duda empezó a crecer en su mente.

Una vez arribaron a Key West –recuerda–, subieron al vehículo de su padre con rumbo a Miami, transitaron por la US-1 (una de las vías más antiguas de la ciudad), pasaron por el sector de Brickell “que no se parecía en nada a lo que es hoy” la zona financiera de la Capital del Sol y finalmente llegaron a “un motel chiquitico en Biscayne Boulevard, que era muy conocido por esos días”.

Esa misma noche, “en un cuarto pequeño”, su padre reunió a los cuatro hermanos (tres hombres y una mujer). “Nunca más vamos a regresar a Cuba”, les dijo sin rodeos. Pero lo expresado acto seguido se convirtió en una especie de consigna que generó un gran impacto en quien tuvo que sortear incluso discriminación para abrirse camino en la vida: “Tienen que aprender inglés, pero siempre siéntanse orgullosos de ser cubanos”.

Camino hacia el éxito

César Álvarez, hoy abogado y presidente de uno de los bufetes más grandes de Estados Unidos, es uno de los tres acreedores del Premio de Excelencia que entrega anualmente FACE (Facts About Cuban Exiles), una organización fundada hace 37 años en el sur de la Florida, con el fin de “promover, fomentar y mejorar la reputación y la imagen de las personas de origen cubano y sus descendientes en los Estados Unidos y en el mundo”.

Para este connotado letrado, cuya compañía tiene presencia en tres continentes y ofrece servicios a través de más de 2.000 abogados, el homenaje de FACE, que también exalta este año al abogado Carlos Álvarez (su hermano) y al filántropo Miguel “Mike” Fernández, es un reconocimiento a su “estirpe cubana” y a la lección aprendida de su padre desde el primer día en “este país tan generoso que nos recibió con las puertas abiertas”.

Cesar Alvarez
El abogado César Álvarez durante una visita a DIARIO LAS AMÉRICAS.
El abogado César Álvarez durante una visita a DIARIO LAS AMÉRICAS.

De ese pasado que tiene fresco en su memoria, Álvarez resalta el paso dado por su padre cuando pudieron salir del pequeño motel en el que se alojaron por unas dos semanas: “Mi padre después nos mudó a un modesto departamento en North Miami y me envió a una escuela en donde solo éramos dos cubanos entre cinco mil estudiantes”.

Gracias a esa decisión –recalca–, pudo aprender a hablar “un buen inglés” que le serviría luego para realizar sus estudios de leyes y en materia de negocios en la Universidad de Florida. “Todavía algunos primos y otros familiares que se quedaron cerca de la Calle Ocho, a donde se fueron muchos cubanos, es la hora que no hablan un buen inglés. Mi padre sabía lo que estaba haciendo”, enfatiza.

Por aquellos días remotos, Miami era una ciudad en pleno crecimiento, de acuerdo con el testimonio de este abogado, quien durante sus primeros meses lejos de su Cuba natal comenzaría “a ver cosas que mucha gente que le cuento no me cree”. Desde su percepción, eran tiempos “difíciles para los cubanos” cuando, por la sola condición de “ser diferente”, la vida se tornaba “mucho más complicada”.

“Nos discriminaban”

Su primer “trabajo de verano”, con menos de 16 años, fue limpiando piscinas en un acreditado club. La sociedad del momento era tan cerrada a los extranjeros y especialmente a los “no blancos o americanos” –según Álvarez– que con cierta frecuencia se veían por las calles algunos “anuncios de renta de casas que decían For Rental: No negros, No cubanos, No perros”.

“Al fin del verano, los muchachos del club tenían una fiesta y me invitaron. Yo estaba muy contento. El próximo día mi jefe me dijo que no podía ir y me explicó que las madres no querían mi presencia. Eso para mí fue un ‘trancazo de primera’. Eso me golpeó fuerte. Yo decía: ‘Yo no hice nada malo, no le hice daño a nadie’, y como uno venía de Cuba, donde nadie tenía esa discriminación, yo no tenía eso en mi mente”, rememora.

Pero no pasarían muchos años cuando tuvo que vivir otra experiencia desagradable. Estaba empezando a ejercer su profesión de abogado en la compañía que hoy preside y uno de sus fundadores, Mel Greenberg, le pidió que se encargara de un negocio. “Nosotros íbamos a representar al comprador de una compañía. Yo llamé al abogado de la otra parte. Una hora después viene Mel a mi oficina y me informa que el vendedor no quería a ningún cubano en la negociación. Mel me dijo que me iba a quitar el trabajo y se lo iba a dar a otro abogado que no fuese cubano”.

El momento fue tan duro, dice, que tuvo que esperar cinco minutos para calmarse. “Después voy a ver a Mel y le digo: ‘Vamos a suponer que yo tengo un cliente que es cubano y le hace falta un abogado de impuestos –como era Mel Greenberg– y yo te lo traigo. Tú hablas con él y después de que habla contigo, él me dice: César, yo no quiero que me des un judío; yo quiero que me des un cubano o un hispano. ¿Qué harías tú?’. Entonces, él se dio cuenta de lo que me había hecho. Se disculpó y dijo que no íbamos a representar a ese cliente”.

Años más tarde, su deseo de triunfar en la vida se hizo realidad. Convertido en presidente de GreenbergTraurig, uno de sus socios, que era miembro del club en el que empezó su vida laboral como limpiador de piscina, le dijo que iba darle una gran noticia: “El club te aceptó para que seas un nuevo miembro”. Su respuesta –cuenta– fue inmediata y sin pensarlo muchas veces: “Diles que ya no me interesa”.

La cultura cubana

Álvarez tiene muy claro que entre más viejo se pone, más cubano se siente. “A mí me encanta ser cubano. Los chistes, los dichos, la gente, la cultura, el café… Yo me siento muy contento cuando me reúno con dos o tres amigos y nos vamos a tomar café, hablamos de política y hablamos como hablan los cubanos”, apunta.

Cree que su opinión es la misma especialmente entre los “cubanos mayores”, que llegaron a Miami en las primeras décadas del exilio. “Uno siente que las raíces cubanas son las que te agradan”, señala, y enseguida trae a su mente otros recuerdos: “Los padres nuestros siempre te empujaban hacia las cosas de Cuba. Yo creo que todas las madres cubanas asistieron a las mismas clases porque todas te decían exactamente lo mismo”.

Destaca que “nosotros pudimos usar la parte americana para lo que nos hacía falta y regresar a las raíces cubanas”. Además, que “todos los cubanos que yo conozco siempre han estado interesados en la política de Cuba y en buscar la libertad de nuestro país”.

Finalmente, muy convencido de sus palabras, lanza una pregunta que él mismo responde: “¿Qué fue lo que nos pasó a nosotros que también fue una gran ayuda para Fidel Castro? Que llegamos a Estados Unidos. Si hubiéramos llegado a otro país, las cosas hoy fueran muy distintas para todos nosotros”.

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