César Pizarro arribó con 16 años a Miami en 1961. Procedía de una familia de clase media, en la que nunca faltó un plato de comida. Cuba hasta antes del fallido sistema de gobierno implantado en 1959 era un país próspero, cuya moneda en algún momento alcanzó un valor superior al del dólar.

Su familia, recuerda Pizarro, tuvo un gran acierto al percibir que el comunismo sería instaurado en la isla, con la pretensión de un utópico proceso de igualdad que reparte pobreza entre todos y riquezas a muy pocos, única y exclusivamente a quienes detentan el poder.

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César es uno de los más de 14.000 cubanos que llegaron a Estados Unidos en uno de los éxodos infantiles más grandes en la historia universal. No sabía si sería por corto o largo tiempo, solo que debía huir, junto a los suyos, de un sistema político y de gobierno que llevaría a la ruina al país.

En el aeropuerto de La Habana, su madre le había puesto un billete de 20 dólares “que me lo cosió dentro del cinturón”. Además, le dio una caja de tabacos para que lo vendiera. “Entonces, ya tendría 33 dólares”, dice como con intenciones de hurgar en el bolsillo, trasladando su mente en el tiempo.

No se considera un “Pedro Pan clásico”. Vino sin compañía, pero solo estaría una noche en el campamento Matecumbe, en el sector de Kendall en Miami-Dade, por ese entonces condado Dade, que servía como dormitorio para miles de menores.

En una ‘guagua’, acompañado de muchos otros pequeños, fue conducido hasta el campamento. Dormiría en ese lugar, había mucha gente, monjas, algarabía. Al día siguiente, ya estaría en casa de la primera hermana que había venido con su esposo en 1960.

Le hicieron una serie de preguntas, le pidieron leer algunos papeles. “Eran muchos trámites”, dijo como tratando de precisar cada uno de los documentos que pasaron por sus ojos en aquellos momentos.

Los primeros días, describe en su relato, fueron difíciles en un país con un idioma y costumbres diferentes. Es casi un imperativo que cuando un extranjero arriba a Estados Unidos piensa en abundancia.

Así le ocurrió a César. Tenía deseos de comer lo que para él era común en su niñez en el reparto Almendares y en los primeros años de su adolescencia en La Víbora, muy cerca del Colegio de los Maristas, donde había estudiado. También había asistido al Colegio de Belén.

Anhelaba un sándwich cubano. Se quedó con las ganas de lo que veía en su mente como un rico manjar. “Yo pensaba que me podía comer lo que quisiera, pero no contaba con que no había ese dinero para estar gastando”.

Se matriculó en la escuela. La inmensa mayoría en el aula de clases eran cubanos recién llegados como él. El inglés, como segunda lengua, se convertía en el gran reto de los estudiantes. Vivía en Miami Beach.

Había un muchacho que sí hablaba inglés —rememora—; “él le traducía a la maestra y nos decía a nosotros lo que estaba diciendo”. “A veces lo decía con un chiste y la gente se reía, lo que molestaba a la maestra”.

Eran momentos de dificultad económica. Pagar un sello de correo para enviar una carta a Cuba podría costa $ 0.13 y —cuenta— “algunas veces no tenía ni un centavo para poder comprarlo”.

De cualquier manera, la palabra derrota no estaba en su vocabulario. Su madre, su otra hermana, el esposo de esta y su hija de pocos años ya habían llegado en 1963. Se fue a trabajar después de clases en las playas de Miami Beach. Su trabajo consistía en rentar sillas a los bañistas.

Es consciente de que en esos tiempos sintió “un poquito” de discriminación. El idioma era un gran impedimento, aunque había personas que “trataban de entenderte”.

“Discriminaban a los negros, a los judíos y después a los cubanos”. No obstante, César nunca cesó en sus propósitos de salir adelante.

A los 20 años se integró al Ejército de Estados Unidos. Allí estuvo por espacio de dos años. Dice que fue “muy afortunado” por no ser enviado a la guerra de Vietnam. Cuando estaban en Cuba, su madre nunca estuvo de acuerdo con el hecho de que prestara el servicio militar.

Al dejar el Ejército, el joven de entonces tenía frente a sí un abanico de posibilidades. Por sus años en las filas militares tuvo la oportunidad de costear una carrera en Administración de Negocios en la Universidad Internacional de la Florida (FIU). El inglés ya no era una desventaja, lo había mejorado en el Ejército.

Mientras estudiaba realizó diferentes trabajos. El curso de su vida iba tomando un norte. En el Miami Herald repartía periódicos, después lo nombraron mánager de circulación del Miami News, rotativo que manejaba la compañía matriz del Miami Herald. Compró su primera casa.

Siguió escalando posiciones. Su meta era dar mejores resultados que quien hablaba inglés sin acento porque viajaba por diferentes ciudades del país, “vendiendo a Miami como un mercado potencial para los anunciantes”.

El trabajo denodado de César lo llevó a la vicepresidencia de The Miami Herald, con la operación del Nuevo Herald bajo su cargo. Laboró con la compañía de medios por 34 años hasta que se jubiló en el año 2008.

Más tarde, se dedicó a dar consultorías a periódicos en el área del sur de la Florida, y por dos años y medio estuvo vinculado a DIARIO LAS AMÉRICAS.

Hoy con tres hijos y tres nietos, César Pizarro mira hacia atrás y no observa en los anales de su mente una Cuba distinta a la que dejó hace seis décadas, en donde no faltaba nada para feliz en su propia tierra, hasta que el castrismo de falacias y crueldad se hizo dueño incluso de los sueños de los cubanos.

 

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