viernes 3  de  abril 2026
FLORIDA

En casa, en tiempo de pandemia, sin más alternativa que seguir esperando

Alberto es un quincuagenario que debe someterse a muchos cambios en su vida, como consecuencia del distanciamiento social que impone el coronavirus. ¿Se identifica con él?
Por Daniel Castropé

MIAMI.- Alberto siempre había despertado a las cinco de la mañana. Era una costumbre que trajo de su país, en donde los más viejos salen de casa muy temprano, algunos a lomo de burro en el campo, a buscar el sustento diario. Nunca había renunciado a poner un primer pie en el suelo a esa hora para luego dirigirse al baño. Una ducha mañanera no solo ayuda a fortalecer el cuerpo, también da nuevas energías. Pero las cosas tenían que cambiar.

Desde que la pandemia del coronavirus se extendió por el mundo, el país y esta ciudad, la humanidad entera volvió a guarecerse en cavernas modernas y la rutina de este hombre sufrió una serie de transformaciones a las que, poco a poco y sin prisa, se tuvo que ir acostumbrando so pena de perder la cabeza y, ¿por qué no?, terminar recluido en algún centro para desquiciados mentales.

Lo primero que hizo fue crear un método tan flexible como mutable. El despertador suena cuando quiere o algunas veces ni siquiera queda programado desde la noche anterior. Eso quiere decir que hoy puede haberse despertado a las 7 de la mañana y al día siguiente a las 2 de la tarde. La frase “para qué madrugar tanto” se ganó un espacio en la ‘nueva consciencia’ del buen Alberto.

Comer rico, pero balanceado, también había sido una premisa irrenunciable en su vida. No combinar varios carbohidratos en una misma comida era un reto que había sabido cumplir por muchos años. Nada frito, todo bajo en sal y azúcar y viandas hervidas, “para aprovechar todos sus nutrientes”, pasó a ser una conducta que, al menos por ahora, se encontraba en licencia. Hoy prima la consigna: “Se come lo que se puede”.

Cómo vestir, combinar bien los colores, usar los zapatos adecuados siempre fue una tarea que demandaba algún tiempo en la apretada agenda del empleado de un banco del vecindario. Si el pantalón es negro, jamás puede combinar con unas medias blancas. Tampoco debe usarse gorra si se va bien vestido. Pues bien, esos preceptos parecen revaluados por estos días.

Pasatiempo

El viernes pasado, muy temprano, después de recoger la ropa que había dejado en el balcón para que tomara sol, con lo que, de paso, podría matar el virus que anda suelto por las calles, nuestro personaje inédito salió del apartamento a botar la basura. El trayecto es de unos 250 pies. Los vecinos de los dos edificios, que sirven de cajón al camino hacia el basurero, pudieron verlo con un pantalón corto color mostaza, camisa de colorines tipo hawaiana, mascarilla y guantes negros. Su esposa todavía ríe a carcajadas cada vez que recuerda la forma como estaba vestido.

La línea corporal, el ejercicio físico, verse sin barriga tampoco le importa ya. De la cama pasa al baño, de allí a la cocina y pocas veces va al balcón porque, si su esposa se entera, es casi seguro que lo hará realizar alguna tarea que no estaba en la agenda de prioridades del día. La más reciente consistió en colgar dos plantas, enterrando clavos de tres pulgadas en una pared de hormigón. Todavía el cincuentón se lamenta de las ampollas que le salieron en las palmas de las manos.

¿Qué decir del tiempo que permanece frente al televisor? Ha visto tres series completas, todas muy conocidas, y perdió la cuenta del número de películas. Es un apasionado por los filmes que no sean tan “hollywoodescos”. Un clásico que repite tantas veces como se lo permite su esposa es La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock. Algunas veces cede ante su compañera. Un domingo por la noche se durmió escuchando el final con violines de Titanic y soñó que se ahogaba en un mar sin fondo.

Las frutas son su delirio. Un mango maduro, una guayaba dulce, un pedazo de piña. Nada de eso hay ahora en la nevera o en su despensa. “Están muy caras”, le dijo ayer en la mañana su esposa, que salió a un supermercado cercano con 100 dólares en la cartera y regresó con “tres cositas”. El cereal no es la mejor opción, pero es la única a su alcance. Lo come acompañado de leche sin grasa, baja en grasa o con grasa. En otras palabras, la que haya en el mercado en estos tiempos de desabastecimiento y altos precios.

Cuando era niño, su abuela, una mujer extremadamente blanca y de ojos color azul índigo, le contaba historias de piratas y filibusteros, que robaron las riquezas del Caribe. Desde entonces, leer se volvió una constante en la vida de Alberto. Ahora tiene todo el tiempo del mundo para hacerlo. Ese pasatiempo lo alterna con la televisión. De tal manera, cuando no está escuchando los acordes de un pianista polaco, atrapado durante la invasión nazi, es posible que se encuentre perdido en un mundo que, de repente, terminó doblegado por un virus de ceguera colectiva.

Cambios

Son tantos los cambios, en menos de un mes de encierro, que hoy Alberto despertó sobresaltado. Su esposa ya había salido a trabajar. No ha parado de hacerlo por una razón, que ninguno de los dos entendía al principio: fumar es un vicio difícil de dejar. La cigarrería donde labora desde hace cinco años sigue sus operaciones comerciales, guardando el distanciamiento social ordenado por las autoridades.

Estaba solo en el baño. Al verse en el espejo descubrió a otro hombre. No era ningún amante de su esposa. Se trataba de él mismo, barbado, con el cabello largo y unos ojos que parecían desorbitados. Pero eso no le causó tanta impresión. La gordura de sus mejillas y la cifra que mostraba la pesa casi le hacen lanzar un grito.

Como pudo, Alberto se sobrepuso a medias y volvió a su cama, no sin antes verse de nuevo en el espejo. “Qué feo estoy”, “parezco un loco”, “si me vieran los compañeros del banco”. Nada de lo que pensara en ese instante le haría subir los ánimos por completo. Dirigió sus pasos hacia la cocina. Un desayuno con tres huevos fritos, cuatro tostadas, mayonesa y café con leche desvaneció cualquier asomo de desesperanza.

Debía escoger entre ver un nuevo capítulo de La casa de papel o leer una novela de Carlos Ruiz Zafón. Se decidió por la televisión. Acababa de desayunar y no quería forzar la vista, otra de las enseñanzas de su abuela de origen italiano, que había muerto a los 84 años, y quien nunca tuvo la necesidad de usar espejuelos para leer.

Antes de pasar a Netflix, Alberto se detuvo un instante en las noticias de la media mañana. Hablaba el presidente del país. Palabras más, palabras menos, el líder de la nación daba a conocer que la gente debía estar, por lo menos, otros 30 días en casa. El hombre comprendió la seriedad del asunto, pero quedó perplejo con el anuncio. Fue al baño rápidamente.

No tenía con quién hablar. El espejo era su mejor compañero. Miró al otro hombre, es decir, a él mismo y, asumiendo un rostro entre tierno y con visos de desconcierto en el semblante, solo atinó a decir: “Más coronavirus, ¿y ahora qué?”. Como un relámpago, una caja de cereal de chocolate pasó por la mente de Alberto. El distanciamiento social sigue. La nueva rutina en casa amenaza con cambiarlo todo.

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Deja tu comentario

Te puede interesar