lunes 19  de  octubre 2026
OPINIÓN

La oveja blanca y mi experiencia de Miami

Indagar en la pregunta de cuál es el Miami de los cubanos me fue sugerido por la obra de teatro La oveja blanca de Rolando Tarajano

Por Ariel Pérez Lazo

Al llegar a esta ciudad por primera vez, recuerdo que uno de mis primeros empeños fue abrir un blog -Facebook no era la tribuna en que se convirtió después- y escribir una entrada que entonces titulé El alma de Miami. Un conocido presentador de TV había publicado en El Nuevo Herald un artículo en respuesta a quienes con frecuencia la criticaban. Algunos de esos cuestionamientos los conocía desde antes de llegar de Cuba. Samuel Huntington la ponía como ejemplo de una ciudad que desafiaba el melting pot desde 1980, cuando, tras los eventos del Mariel, miles de norteamericanos la abandonaron porque habían empezado a sentirse -según este autor- como una minoría. También me era conocido el estereotipo de una ciudad que, al estar constituida en buena parte por inmigrantes deseosos de lograr en pocos años lo que requiere mucha paciencia, vive obsesionada por el éxito material. No mucha gente se conforma con ser pobre en Miami -piensan muchos-, aunque permanecer en un sitio que cada año se aleja más de la imagen de aquel balneario de los años cincuenta, ya casi va siendo un acto heroico.

Entonces pensaba en cuál podría ser aquella “alma” de una ciudad que ha cambiado significativamente al menos dos veces en su historia y que es ahora, casi medio siglo después, una ciudad hispanoamericana. Sin duda, los críticos y al mismo tiempo vecinos de Miami no eran simplemente un grupo de resentidos por no haber logrado el sueño americano, como sugería el artículo que motivó aquel primer texto de recién llegado: la complejidad de las historias de emigración llevaba a otra conclusión.

Aunque Miami sea una “ciudad hispana” y a pesar de este mote del observador extranjero o de otras partes de los Estados Unidos, en ella cada comunidad emigrada tiene sus propios secretos. Así como la historia de un pueblo va mutando su alma, la experiencia cubana de Miami pasa por ser, según el chiste puesto de moda hace ya algún tiempo, “la provincia al norte del estrecho de la Florida”.

Indagar en la pregunta de cuál es el Miami de los cubanos me fue sugerido por la obra de teatro La oveja blanca de Rolando Tarajano, donde la experiencia cubana del exilio se imbrica con la de la emigración, común a otras nacionalidades. Aunque todos los personajes provienen de la isla, se muestra la tensión que ya también presentan otras comunidades, como la venezolana. Un conflicto que, para los cubanos, la ciudad vive desde la crisis de los balseros de 1994, pero que se ha llevado al paroxismo desde hace cinco años con la salida -vía Centroamérica- de los refugiados que recibieron en la frontera un documento I-220A.

Uno de los personajes de esta obra teatral que encontré más sugerente es Alejandro -interpretado por Daniel Panebianco- que revela el afán de dejar atrás el pasado por el que todo inmigrante pasa. “El Loco”, como lo llaman algunos de los demás personajes, quiere integrarse en la vorágine de esta ciudad americana que se expande. La “Little Manhattan”, como la llaman los desarrolladores inmobiliarios, en un espacio donde hace veinte años abundaban edificios pequeños y casas que imitaban el estilo mediterráneo, presenta ante los ojos de Alejandro la promesa de un nuevo Miami donde podrá ser empresario. Su novia, Daniela, personaje que representa la actriz Elizabeth San Miguel, es la hermana de su compañero de prisión por participar en las manifestaciones de julio de 2021. Ella no comparte esos sueños de Alejandro. La hija de Alberto y Mabel quiere quedarse con los cuadros pintados por el hermano -uno de ellos da título a la obra- y no convertirlos en parte del mercado del arte que puede poner a flote la precaria economía de la familia. Tiene, además, la ilusión de obtener una beca que le permitirá estudiar fuera de la ciudad.

El conflicto o tensión entre adaptarse del todo al lugar de refugio y el del hipotético regreso, entre el temor de una familia que sobrevive a redadas migratorias y el de volver al lugar donde uno de los dos hijos ha sufrido prisión, expone el binomio cultural Cuba y Miami como espacio trágico. La historia de estos dos jóvenes expone dos caminos -uno en Miami aspirando a continuar sus estudios y otro que se decanta por el activismo opositor en la isla- no muy divergentes de una experiencia nacional que todavía no se ha agotado.

Pese a su fuerte carga crítica, la obra dista de ser un panfleto. A través de los cuadros del pintor Reinier Llanes, el espectador logra marcar esa distancia entre el arte y la vida, siempre necesaria para tener una experiencia estética. Y mientras la pretensión artística recuerda que el teatro es un género vivo, no pude, al terminar la función, dejar de pensar en aquel primer texto que inspiró mi llegada a esta ciudad: cuánto he seguido siendo aquel recién llegado y en qué medida he dejado de serlo.

La Oveja Blanca tendrá su última función el 7 de noviembre en el Sandrell Rivers Theater.

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