MIAMI — La escritora cubana Legna Rodríguez Iglesias llega a la librería Books & Books, en Coral Gables, Miami, donde hemos quedado para conversar. Allí me cuenta, entre cervezas dispensadas El Farito y la visita eventual de un lagarto, cómo esta ciudad le hizo amar aún más su idioma.

Legna se ha ganado un espacio de reconocimiento en las letras. Lo demuestran sus premios, entre los que destacan el Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, el Casa de Las Américas de teatro, el Paz Prize de poesía; y sus publicaciones, como Tregua Fecunda, Hilo+Hilo, Mi novia preferida fue un bulldog francés, (Alfaguara) y Transtucé.

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Pero también lo confirman sus gestos poéticos, sus maneras de leer una ciudad. Legna es un volcán literario y natural, una belleza abrupta y difícil de explicar, pero aun así uno lo intenta. Ella cree en las palabras, las agarra, las desecha, las ama y las deja ir, a veces, como quien espera que se caiga un avión con alguien que no merece amor (según uno de sus poemas).

Escribir era como jugar

“Algo que no me enorgullece, pero es una característica mía, es que soy antisocial”, dice desde el principio, para explicar que tuvo “una niñez feliz en el sentido de lo que para mí es la felicidad, que es estar sola”.

De niña “jugaba con una pizarra, a la maestra o a la nada, aprendía sola. Recuerdo que tuve una época en que no soportaba los juguetes. Mis juguetes eran los libros. Pero no en el sentido intelectual, sino el libro como objeto, cuadrado, unas hojas que podía pasar, podía hacerme la que leía”. Lo cuenta porque “eso ha marcado todo, desde mi escritura hasta mi vida. No es colectiva, no es grupal, no es plural”.

También durante su niñez tuvo la dicha de toparse con una profesora de Literatura que “era lo más grande”. La describe así: “Era como la mamá perfecta: muy pesada y hablaba solamente de libros. Hablaba de poesía, de César Vallejo, a niños de ocho años. Eso era muy intenso y muy natural. Yo decía: ‘esta es la mujer más bella del mundo’. Después se quedó como amiga y ahora es una mujer de 60 años que ya no habla de Vallejo, habla de sus problemas”.

“Aquella mujer nos llevaba al museo Ignacio Agramonte, cerquita de mi escuela en la Avenida de los Mártires. Nos acostaba en la hierba a todos los niños y decía: ‘hoy no vamos a hacer nada, hoy vamos a ver las nubes’. Entonces era como ‘yo quiero ser escritora’. Si ser escritora es irte para un lugar, acostarte en la hierba, no hacer nada, sino ver las nubes, y no entender nada, entonces es esto”, recuerda Legna.

Para aquella adolescente que se adentraba en sus estudios de teatro, escribir se convirtió en un espacio propio, un lugar. “Escribir, la situación de escribir, y que sepas que es lo que haces fácilmente, eso uno lo descubre desde niño, porque es una vocación que se da apenas coges el libro, que dices ‘ah, esto yo lo puedo hacer’. Escribir era como jugar”, dice la autora, que en 2015 se instaló en Miami, aunque a veces siente que no habita en esta ciudad.

Miami, las palabras

“Llegas aquí y la velocidad es fuera del tiempo, vives fuera del tiempo. Creo que eso me puede pasar en cualquier ciudad. No podría estar cómoda ni muy adaptada en cualquier lado”, afirma la autora.

Según constata, “la cosa de escribir cambia. La esencia no, pero sí cambia todo el lenguaje. Es como un cuerpo, eso muta completamente. El discurso narrativo sigue siendo el mismo porque yo sigo diciendo ‘estoy entre dos y tira bordada’. Pero ¿cómo tú dices eso en Books & Books, por ejemplo, donde estamos? Te da una contracción muscular en el texto. Es otro idioma, donde el sustantivo va detrás del adjetivo, eso te cambia todo”.

Aunque en algunos casos los escritores cubanos se ubican en el ámbito político o la situación en Cuba para hacer sus obras, Legna se deslinda de etiquetas o temas específicos. “Me siento exiliada porque no quiero virar, pero no escribo desde eso. Soy una mujer que escribe y eso es un espectro enorme”.

Frente a la pregunta de qué le ha dado esta ciudad, primero hace una pausa, como si le pasaran por delante un montón de imágenes. “Lo que me ha regalado Miami es... y lo he pensado mucho, pero creo que en Miami por primera vez me he aferrado mucho al español. Tener que salir de Cuba para estar tan orgullosa de tu idioma es muy irónico. Ahora con mi hijo Cemí, más todavía. Todo el tiempo me aferro a que diga palabras en español”.

“Trato de usar el español de un modo más profundo, escribo abur, le digo abur a Cemí, es como agarrarme más a esa belleza. Aunque lo hable todo el tiempo, lo necesito más. Es una necesidad grotesca. No necesito flores, necesito hablar español. Descubres que tu idioma es una necesidad fisiológica cuando sales de él y tienes que entrar en otro”, subraya.

Noviecitas irrelevantes y un conejo en la mochila

Sea en teatro, narrativa, poesía, literatura o crónica, la autora se desliza entre los géneros que mejor se adapten a sus historias, en una libertad que se alcanza con destreza y talento. Tras la llegada de su hijo Cemí, que significa dios en lengua taína, no solo escribe más para los pequeños, sino que ha encontrado un tono más honesto a la hora de narrar.

“Cemí, por ejemplo, últimamente me dice ‘tú no, mamá’, y yo lloro. Es una crueldad muy básica. Escribir para ellos debería tener ese tono, sin filtro. Y es lo que trato de hacer. Pero editorialmente sé que viene un censor, un lector censor grande, de mi misma edad o más, que dice ‘eso no es bello’. ¿Por qué no es bello? Cemí lo entiende”, señala la autora.

Y agrega: “A Cemí le regalaron un conejo. Le dije: ‘¿Y este conejo tan bello, ¿dónde estaba, bebé, en el bosque?’ Y me dijo: ‘no, en la mochila’. Tenía dos años y medio. Si escribo una historia sobre un conejo que vive en la mochila, no es bello, porque el conejo vive en el bosque. ¿Por qué? Si logras el tono correcto, a veces no es gracioso, ni ñoño. A veces es ríspido. Los niños son mordaces”.

Como su cuaderno de bitácora, Legna mantiene dos columnas habituales en Hypermedia Magazine y El Estornudo. En Hypermedia, su sección titulada 53 Noviecitas parte de la intimidad: “Es como si fuera de amor, como si hubiera que ponerles amor a las cosas. El sentido es más privado, como crear una privacidad expuesta”.

La columna Irrelevante, en El Estornudo, “en un principio era solo sobre Miami, y me encantó la idea porque ya tenía un background de cosas de las que quería escribir. No me interesaba ver Miami desde un punto de vista investigativo, si no lo que yo veía, como postales. Para mí Miami era una esquinita de la 40 y la ‘no sé qué’, expressway, se murió fulanito aquí en una esquina, con unas flores”.

Aunque escribe varios libros al mismo tiempo, Legna destaca la peculiaridad de este tipo de publicaciones periódicas. “Cuando te dan la posibilidad de tener tu propia columna lo escribes como si fuera tu libro. Me he dado cuenta cómo es el trabajo de un reportero, es una regularidad que no tienes cuando eres un escritor libre”.

Podemos encontrar a Legna en sus libros, en lecturas de poesía y también en las redes sociales, que describe como tiendas. Siempre rodeada de libros y encuadres poéticos, asegura que “no tengo muchas cosas que decir que a los demás les interese a menos que las escriba en un libro”.

 

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