Nancy Morales no olvida la llamada que recibió la noche del 24 de febrero de 1996. Estaba en Cuba, junto a su madre, y desde la Florida le dijeron que Pablo Morales, su hermano, había fallecido tras el derribo de la avioneta donde viajaba.
Nancy Morales no olvida la llamada que recibió la noche del 24 de febrero de 1996. Estaba en Cuba, junto a su madre, y desde la Florida le dijeron que Pablo Morales, su hermano, había fallecido tras el derribo de la avioneta donde viajaba.
“Fue pulverizado en un segundo; su cuerpo, porque su alma no la pudieron tocar. A partir de ahí, la tragedia no ha parado, entramos en una película de terror”, reveló Nancy a DIARIO LAS AMÉRICAS.
25 años después, ella no olvida a su hermano, un balsero hallado por Hermanos al Rescate y que luego se unió a esa organización. “Lo rescataron en medio de una tormenta, estaba a punto de morir y ahogarse, y nunca lo olvidó. Por eso dijo: ‘yo voy, aunque no sea piloto, porque dos ojos más, son dos ojos más’. El corazón de mi hermano fue lo que lo motivó a continuar; estaba lleno de gratitud”, afirmó su hermana.
El 24 de febrero, en Cuba, la madre de Nancy y Pablo atendió al teléfono. “Era una amiga de nosotros en Hialeah que quería mucho a Pablito”, comentó Nancy. “Le pidió a mamá que me pusiera al teléfono. Yo me recosté a la pared y tuve un presentimiento muy horrible. Empecé a temblar y le dije a mi esposo ‘tengo miedo’. Tenía miedo a coger el teléfono. No sabía nada, pero que ella me llamara y que no quisiera hablar con mami… Ahí nos dio la noticia de que había habido un derribo de avionetas”.
Pablo, el muchacho de risa amplia que añoraba reunirse con su hermana y su madre, era residente permanente de EEUU y le faltaba poco para obtener la ciudadanía estadounidense. Quienes lo conocieron resaltan su profunda gratitud con Estados Unidos, el país que le abrió las puertas y le dio el derecho a ser humano.
Nancy sabía que su hermano iba a volar aquel sábado 24 de febrero. El día 22 Pablo la llamó para felicitarla por su cumpleaños. “Yo empecé a llorar porque él me cantó la canción de la iglesia: Feliz, feliz cumpleaños. Él me dijo: ‘mi hermana, ¿por qué estás llorando?’ Y le dije ‘ay, pipo, es que no sé cuándo te voy a volver a abrazar’. Me dijo, ‘no te pongas así, si no nos vemos aquí, nos vemos en Cuba, o si no, en el cielo’”, sumó Nancy, llorando, al otro lado de línea, durante la entrevista.
“Mi hermano me había dicho que ese sábado iba a comprar unas medicinas y unos juguetes. Y yo le dije: ‘¿para quién juguetes?’. Y respondió: ‘ay, Nina, para los niños en Nassau. Nosotros vamos y les llevamos juguetes. Yo quisiera que tú vieras cómo eso nos recuerda a la niñez de nosotros’. Ese era su corazón, y esas eran las últimas palabras”, agregó.
Madre e hija, aún en Cuba, plantaron cara a la situación. “Nos convertimos en una amenaza, éramos un foco infeccioso”, explicó Nancy. A su casa llegaban “los disidentes, la prensa del mundo, y nosotros les abrimos las puertas. Mi mamá y yo denunciamos al gobierno de Castro como asesinos, allí mismo. Nunca tuve miedo, sino dolor, rabia, frustración”.
“Es una herida que no sana, porque no hemos visto justicia. Ha sido muy doloroso. Creo que hay que recordar cada año esa injusticia, ese crimen horrendo. Nosotros no tuvimos la oportunidad de sanar eso. La única que tuvimos, la mínima, fue la que Obama nos quitó cuando liberó a los espías que estaban aquí presos. Por eso, mi única esperanza está en Dios; no confío en la justicia del hombre”, denunció.
Siempre que tiene la oportunidad, Nancy visita el memorial dedicado a los cuatro fallecidos tras el derribo de las avionetas: Armando Alejandre Jr., Carlos Costa, Mario de la Peña y Pablo Morales.
“Simbólicamente esa es su tumba, allí voy a honrar su memoria”, indicó Nancy, que suele ir al mar para hablarle a su hermano. “Hago una oración y echo flores al mar. Él vive en mí. Él no ha muerto”.
Pablo Morales trabajaba en un supermercado. Un día vio a Maggie, esposa de William Schuss, cofundador, junto a José Basulto, de Hermanos al Rescate. “Ustedes me salvaron”, le dijo Pablo a Maggie. Así lo cuentan Lily Prellezo y José Basulto en el libro Seagull One. La asombrosa y verdadera historia de los Hermanos al Rescate. El joven le explicó a Maggie cómo los pilotos lo salvaron en medio de una tormenta, en agosto de 1992, cuando iba en una endeble embarcación junto a otras doce personas. “¿Por qué no vas y se los dices?”, le dijo Maggie.
Y lo hizo. Pablo trabajaba transportando víveres en un camión de lunes a viernes, y durante los fines de semana colaboraba con Hermanos al Rescate como voluntario, primero en la limpieza del hangar y más tarde a bordo de las avionetas, como observador. Había vivido en carne propia la angustia de estar en medio del mar, y con esa visión se entregaba a la búsqueda de balseros en el mar.
Sentado en la parte trasera de la aeronave, junto a Matt Blalock, podía practicar su inglés, y cantaban temas de Jimmy Buffet. Alguna vez, en medio de una conversación, Pablo le dijo a uno de los pilotos: “El océano no es azul. Es negro”.
