MIAMI.- El popular museo-bar Cubaocho, en el corazón de La Pequeña Habana, en Miami, está cerrado desde marzo, no solo por los efectos de la pandemia, sino porque una cláusula en el contrato de arrendamiento del local ha puesto al dueño entre la espada y la pared.

Roberto Ramos, al frente de este barco que suma más de 10 años de cultura y tradición, con una impresionante colección de arte cubano con obras desde 1800 a 1956, explicó a DIARIO LAS AMÉRICAS por qué siente que el sueño de toda una vida podría estarse “apagando”.

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Todo nació en los años 80, cuando un joven Roberto, que se inclinaba por el deporte y las artes marciales, quería comprarse un “jean americano” y ayudó a un médico a mudarse. En pago, recibió un cuadro “de un pintor famoso” que resultó ser Carlos Sobrino, y el rastreo de un comprador para ese cuadro le hizo enamorarse del arte cubano, sobre todo el de la República (1902-1959), “que la revolución quiso borrar”.

Según contó, en su búsqueda de Sobrino, su hermano halló en el libro de La pintura y la escultura en Cuba, que un cuadro de Sobrino había estado en el Museo Nacional de Arte. “Cuando llegamos, el cuadro Concentración campesina no estaba en el museo. Una viejita del museo me dijo que bajaron el cuadro de Sobrino porque se fue del país”.

La pesquisa siguió hasta la Biblioteca Nacional. “Los pocos libros de la República que no habían quemado estaban controlados y había que llevar una carta legalizada de la Universidad de La Habana de que tu proyecto era revolucionario. Yo tenía mi carnet del Ministerio del Interior por el Servicio Militar Obligatorio. Le enseñé a un viejito el carnet y le dije que estaba haciendo una investigación secreta para la Seguridad del Estado. Y me dejó entrar”.

Revisar las páginas del Diario de la Marina fue revelador. “Vi una publicidad de un mercado que decía ‘carne a 49 centavos la libra’. Me dije: ‘¿Pero esto cómo puede ser?, si te cogen con un pedazo de carne vas preso’ Después encuentro una reunión de 36 fundaciones de mujeres, y digo: ‘¿cómo va a haber 36 si hay una sola, la de mujeres comunistas?’ Y los partidos políticos, y los zapatos Amadeus, y el Focsa construyéndose y ‘te puedes comprar un carro nuevo, un apartamento en Miramar, en el Someillan, y puedes viajar, y Cubana de Aviación’... Empiezo a encontrar otra Cuba”.

Y en esa Cuba oculta descubrió que la moneda de un peso “decía Patria y Libertad, tan bonita, de plata, con la cara de Martí y una estrella. Fidel Castro quitó eso y puso Patria o Muerte, y mató todas las libertades. Me di cuenta de que no era libre, todo por un cuadro. Y me apasioné. Encontré la misión de recuperar la historia de mi país”.

Muy pronto Ramos entró en “la lista de los vigilados, hasta que me dijeron ‘si no te enderezas te vas a prisión’. Me cansé de estar preso y decidí escaparme”. Así fue como le confesó a su madre “dos malas noticias, una mala y otra muy mala. Ella empezó a llorar y me dijo ‘¿vas preso de nuevo?’ Le dije ‘me compré un pequeño bote y me voy a lanzar al mar. Voy a morirme hoy y vine a despedirme, porque después que te dé un abrazo quizás no te veo más’. Me preguntó ‘¿hay otra noticia mala?’ Y le dije ‘en el bote me llevo a dos de mis hermanos’. Pobrecita, cómo lloraba. Pidió que llamara a mis hermanos, abrazamos a la vieja y nos despedimos”.

“Me fui en la noche a la costa de Alamar, salimos con tres cámaras de guagua y dos linternas para que el bote de pescadores nos recogiera. Fue el 6 de enero de 1992”, recordó. “La primera noche fue fatal, una tormenta increíble, y en la oscuridad se nos cayó el agua y no teníamos comida. Así estuvimos tres días a la deriva, hasta que un barco que iba por el golfo de México nos vio a 60 millas al sur de Cayo Hueso y llamó al Coast Guard para que nos rescatara”.

Y con la bendición de la Virgen de la Caridad -Ramos produjo un documental sobre Cachita hace unos años y tiene 40 obras inspiradas en ella- recibió, en medio del mar, “los tres regalos más bonitos de mi vida: me salvaron la vida; me dijeron ‘bienvenido a tierra de libertad’; y me leyeron los derechos, por primera vez en mi vida tenía derechos, lloré de emoción y fui el preso más feliz del mundo”.

Yeney Ramos ROBERTO RAMOS Cubaocho la rumba Cortesía/Roberto Ramos(1).jpg
Yeney Ramos, directora de Cubaocho, junto al dueño del local, Roberto Ramos, posan junto al cuadro

Yeney Ramos, directora de Cubaocho, junto al dueño del local, Roberto Ramos, posan junto al cuadro "La Rumba".

Un museo para la comunidad

Tras llegar en balsa a EEUU en los años 90, continuó su investigación sobre la cultura cubana. “Cuando estás fuera de Cuba ocurre lo mismo que le pasó a Martí, te enamoras más de la isla”, destacó Ramos, que con los años pudo traer a sus otros hermanos y a sus padres.

Como explicó, por muchos años estuvo pensando “en crear un lugar con las siete artes”. Ese deseo y su colección de revistas, documentos, libros y obras de arte, formaron la base de Cubaocho, fundado “el día ocho, del mes ocho, del 2008, a las ocho”. Detalló además que esa noche todos los tragos valían $8.

“Recorrí la Calle Ocho y dije ‘esta es la esquina, con el Parque del Dominó y el Teatro Tower’. El edificio, construido por una compañía non profit que dirige Anita Rodríguez Tejera, estaba en bancarrota, ella se había ido a corte con el constructor y el edificio estaba cerrado. Me dijo que si yo construía ahí, ella me daba esa esquina”, relató Ramos, que destinó sus ahorros para hacer el museo.

“Comencé a reunirme con académicos en Miami y me di cuenta de que no tenían mucha información”. Tras varios viajes a Cuba para buscar libros y obras, y con la investigación de unos 20 años, lanzó el libro Grandes maestros del arte cubano, que es parte de programas de estudios de artes en EEUU.

En los archivos de Cubaocho Museum and Performing Art Center se encuentran, entre otros, “la colección completa de la revista Social, la colección de Fígaro -fundada por Martí en Nueva York-, de Nadie parecía, revista de Lezama Lima, Angel Gaztelu, Marinello y Portocarrero (le pusieron así porque los cuatro eran gay y no querían que se enteraran). Además, la colección completa de Orígenes, de Ciclón, además del Diario de la Marina (40 años de rotograbado original de ese diario)”.

Sobre este diario en particular, contó que “el dueño vino con dos abogados porque él y su familia reunieron ese diario, y Fidel les quitó todo y les dijo que se lo habían quemado. Después de 50 años le dicen que hay un muchacho en Miami que tienen los originales, y venían a recuperarlo. Pero les conté cómo lo encuaderné, y que en mis manos ese diario ha llegado al pueblo de Cuba, y que todos a los que le quitaron las casas lo consultaron. ‘Si ganas la demanda para guardarlo en tu biblioteca privada los únicos que lo van a ver van a ser tus familiares’, le dije. ‘Si están en mis manos lo van a ver los jóvenes, todo el mundo’. El señor le dijo a los abogados que me lo donaba y me abrazó llorando”.

Parte de la madera del local era de un club privado en Miami Beach donde cantaba Frank Sinatra, “en la 51 y Collins”. El lugar “estaba abandonado” y Ramos lo adquirió para hacerse además “con las buenas energías de la mafia, con Al Capone, Meyer Lansky. Creé mi lugar como en los años 50 porque en Miami todo es plástico, no tiene historia, y yo quería recrear esa época”.

Cubaocho La Rumba, Antonio Sanchez Araujo, 1937 Cortesía/Roberto Ramos.jpg
El lienzo

El lienzo "La Rumba", de Antonio Sanchez Araujo (1937), es parte de la colección de Cubaocho.

Abocado al cierre

Ramos enfrenta una pelea cubana contra los demonios de los imprevistos. Aunque la historia del filme de Tomás Gutiérrez Alea, de 1972, sobre un libro del etnólogo Fernando Ortiz, se remonta al siglo XVII, y los demonios se desatan cuando un cura quiere mover la comunidad de lugar, en este caso podría hablarse de cuánto duele ver que un proyecto tan querido es casi obligado a trasladarse de su casa.

Con un contrato de arrendamiento firmado por 15 años, Ramos pensó que tenía ese tiempo asegurado, pero no fue así. “A los 10 años ella [Anita Rodríguez Tejera] aprovechó una letrica en el lease y me quitó los últimos cinco años, por una parte que decía que yo tenía que mandar una carta para renovar el último término de cinco años, y a mí se me olvidó”.

“Aprovechó para sacarme de aquí porque le estaban haciendo ofertas. Me dijo que para renovar el lease, en vez de $6.000 ahora tenía que pagar $12.770. Ahí estoy, pagando eso, y tuve que cerrar el museo”, añadió.

Ramos, que atesora “el cuadro cubano más importante fuera de Cuba, La rumba, de Antonio Sánchez Araujo, que obtuvo un premio nacional en el año 37 y sale en más de 20 libros”, lamentó que su colección, “que ya ha ido a seis museos, esté ahí cerrada. Es increíble que la ciudad lo deje apagar”.

Y es que las raíces de Cubaocho están en el corazón de La Pequeña Habana, en el lugar donde la nostalgia del cubano se mezcla con retazos de una historia muchas veces silenciada. Cuando Roberto cierra los ojos y piensa en los años que le tomó levantar una Cuba otra en un museo donde se baila entre joyas artísticas y mojitos, sabe que, a pesar de los obstáculos, lo volvería a hacer una y otra vez, como volvería a lanzarse a mar abierto en una balsa improvisada de camino a tierras de libertad.

Esa determinación persiste en él, así como la esperanza en el comisionado Joe Carollo, quien desde hace años ha prometido ayudarlo. “Tengo fe en él”, resaltó. “Confío en que él va a hacer algo, algún día, ojalá no sea tarde”.

Roberto Ramos sueña con volver a abrir las puertas de un viaje al pasado, del reencuentro necesario con la historia de nuestra Cuba, un paraíso de documentos y obras que las nuevas generaciones de cubanos en Miami pueden conocer, aquí, de este lado del charco.

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