Rector de la Ermita de la Caridad lidera misión humanitaria en Cuba
Un puente aéreo desde Miami permite llevar suministros al oriente cubano; el padre José Espino atestigua la supervivencia de un pueblo agobiado por la crisis
El padre José Espino (segundo de der. a izq.) se reúne con la comunidad.
MIAMI. — El sacerdote José Joaquín Espino, rector del Santuario Nacional de la Ermita de la Caridad en Miami, lideró una misión de ayuda humanitaria a Cuba, valorada en 3 millones de dólares, autorizada por el Gobierno de Estados Unidos a través de su Departamento de Estado.
Ocho vuelos cargados con ayuda humanitaria procedentes de Estados Unidos aterrizaron en la isla con el propósito de aliviar la creciente crisis económica y energética que azota a la población.
La iniciativa contó con la participación logística de la Arquidiócesis de Miami y el soporte operativo de la organización Caridades Católicas.
Las donaciones llegaron a las empobrecidas provincias del oriente cubano para asistir a miles de familias acorraladas por la precariedad extrema, la falta de recursos y el colapso total de los servicios más elementales.
Logística
El padre Espino, a su regreso del periplo por el Oriente cubano conversó con DIARIO LAS AMÉRICAS. En esa región coordinó de primera mano la entrega de cajas de alimentos y productos de primera necesidad a los pobladores.
Su testimonio constituye un documento vital, crudo y directo para que el mundo comprenda la magnitud de la tragedia humana que padece la nación insular.
La compleja logística detrás de estos ocho vuelos sucesivos exigió un esfuerzo monumental, plagado de obstáculos burocráticos, por parte de las diversas organizaciones caritativas involucradas.
El sacerdote advirtió sobre el carácter específico y muy limitado de los recursos entregados frente a la inmensidad del problema nacional. “Esto fue una ayuda puntual que se dio a las personas más necesitadas, en situación precaria”, aseveró.
Sin embargo, el transporte de las provisiones chocó de frente contra la crisis de infraestructura del país caribeño. La falta de gasolina afecta no solo la mermada cotidianidad ciudadana, sino que también impactó la distribución de la ayuda internacional.
El padre Espino reveló: “No es solamente el combustible para cocinar, para la electricidad, sino también para el transporte [...] yo antes de volar a Cuba esta vez tuve que coordinar el transporte interno”.
“No hay combustible para el transporte, que es necesario para llegar a donde tú tienes que ir. Hasta la distribución fue a costa de la iglesia local porque los 3 millones no fueron para el transporte y la distribución, fueron para los insumos”, aclaró.
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Una mujer recibe ayudas en su casa.
CORTESÍA
Dictadura del apagón
La crisis energética dicta de forma implacable el ritmo de la supervivencia insular. Las familias carecen de autonomía sobre sus propios horarios de sueño, sus rutinas laborales y sus decisiones de vida más básicas.
El padre Espino relató: “Llega el fluido eléctrico, hay que levantarse, bombear agua, cocinar, hacer todo lo que puedes en la hora o dos que puede haber fluido eléctrico, sea la hora que sea. Nunca se sabe la hora exacta”.
“A medianoche se despiertan y después se tienen que levantar para ir al trabajo, y eso les genera mucha tensión”, sentenció el sacerdote.
El profundo agotamiento físico se suma al desgaste mental y crea un panorama de desolación donde cada nuevo amanecer representa apenas el inicio de una batalla cuesta arriba contra los elementos más básicos de la vida contemporánea.
Doloroso retroceso
El colapso sistémico de los servicios públicos forzó a los ciudadanos a adoptar, contra su voluntad, métodos preindustriales para procesar sus escasos alimentos diarios.
El gas licuado desapareció del mercado estatal y de las cocinas de los hogares. Las alternativas modernas fracasaron de forma estrepitosa ante la falta de corriente.
“En casa de algunas familias han hecho unos fogones de carbón con las tapas de las ollas Reina que se vendieron hace años y ya estaban rotas”, relató el padre Espino.
Esas ollas a presión eléctricas, otrora promovidas como símbolos de avance doméstico en la isla, hoy sirven de manera paradójica como improvisados receptores de metal para contener brasas.
El humo tóxico invade los reducidos espacios de las viviendas. “No hay gas licuado, falta electricidad”, lamentó el sacerdote al referirse al uso de leña y carbón vegetal dentro de las frágiles viviendas familiares.
Esta regresión a prácticas de subsistencia propias de siglos pasados evidencia el fracaso de la gestión gubernamental centralizada para garantizar niveles mínimos de bienestar a su propia población.
Sed en los barrios
Si la falta de luz y la ausencia de alimentos castigan a la población civil, la escasez de agua potable multiplica la tortura diaria. El acceso al líquido es hoy un lujo inalcanzable en numerosas zonas de la nación caribeña.
Comunidades enteras padecen una sequía prolongada, impuesta no por la naturaleza, sino por la ruina operativa de los acueductos estatales.
El padre Espino documentó esta catástrofe sanitaria durante su recorrido solidario: “En un edificio llevan año y medio sin que le llegue agua”, denunció.
Esta carencia atenta contra la salud pública y degrada la dignidad humana. La odisea cotidiana para conseguir un balde de agua se transforma en otra tarea titánica capaz de consumir las escasas reservas de energía de una población debilitada por el hambre y la falta de sueño.
Mordaza del terror
Las constantes privaciones materiales generan un caldo de cultivo para el creciente descontento popular. Las calles hierven de rabia en un tenso silencio, contenidas apenas por el muro de la represión oficial. Los toques de cacerolas resuenan de forma esporádica y anónima en la oscuridad de las noches sin electricidad.
La paciencia de los ciudadanos alcanzó su límite frente a un panorama de incertidumbre. “Hay protestas, la gente está obstinada por esto mismo de no saber cuándo, ni cómo, ni qué les espera”, subrayó.
El aparato de seguridad del sistema totalitario mantiene a raya las manifestaciones. El terror detiene la acción cívica de los padres de familia. La amenaza constante de enfrentar penas de prisión actúa como un grillete sobre la voluntad ciudadana.
“Tienen miedo de qué pasará con mis hijos si a mí me ponen en la cárcel. O qué pasará con mi hijo si se va para la calle, porque es toda esa tensión la que se vive”, reflexionó.
Urgencia de la libertad
La acumulación de desgracias, escasez y abusos conduce a una conclusión ineludible para el clérigo: el actual modelo político y económico vigente en el país fracasó de manera irreversible.
El padre Espino dijo vislumbrar un agotamiento de la estructura de poder centralizado en la isla. Al evaluar la viabilidad futura del régimen, su veredicto resultó contundente: “Creo que este es el momento para un cambio total de sistema”.
La solución definitiva a la crisis humanitaria trasciende la entrega de alimentos o el restablecimiento temporal de las redes eléctricas.
Para el religioso, la solución exige una transformación estructural del país. La exigencia ciudadana ya no se limita a sobrevivir a la escasez, sino que clama por la recuperación de derechos fundamentales.
A través de su testimonio, el sacerdote transmitió al mundo una demanda innegociable: el pueblo exige un cambio político de raíz y la conquista de la libertad plena frente a la opresión del sistema.
Cuba espera un renacer donde la luz no dependa de un inestable cable estatal, sino de la fuerza transformadora de una sociedad libre.