Detrás de las instituciones médicas en Miami-Dade hay historias de sacrificio y de éxitos como la de Roger López, jefe de operaciones de United Home Care, en Doral.

López fue uno de los más de 14.000 niños que llegaron a Estados Unidos en la Operación Pedro Pan entre 1960 y 1962.

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“Cuando yo tenía 6 años llegué un día a mi casa en La Habana y le dije a mi mamá que si Dios existía y ella me dijo por qué le hacía la pregunta. Entonces le conté que en el colegio me habían dicho que bajara la cabeza y le pidiera helado a Dios. Hicimos eso, bajamos la cabeza, pedimos, nos dijeron que levantáramos la cabeza y no había helado. Nos solicitaron hacer lo mismo, pero que en esta ocasión se lo pidiéramos a Fidel Castro y cuando levantamos la cabeza el helado estaba ahí”.

“Cuando le cuento esta historia a mis padres, ellos no me explican el porqué de ese momento hasta después que nos reencontramos en EEUU. Ellos comprendieron enseguida que me estaban adoctrinando”.

Roger jamás ha olvidado el mensaje de su madre momentos antes de abandonar la capital cubana. Era octubre de 1962.

“Antes de subir al avión mi mamá me dijo: hijo, no mires hacia atrás, porque si miras hacia atrás no te dejarán entrar en el avión. Entonces fui caminando como mi madre me dijo, me subí al avión, llegué a Miami y me trasladaron a un campamento en Florida City. Estuve ahí por tres años por gestiones de la Iglesia Católica y el gobierno estadounidense. La familia Arias me cuidó durante ese tiempo. Dormíamos en literas y bajo disciplina casi militar. A pesar de que era un ambiente católico, era un régimen de vida bastante fuerte para un niño de siete años. Y eso me creó una base de responsabilidad, de autodefensa”.

“De lunes a viernes era la Iglesia, los fines de semana juego de béisbol y una película los sábados en blanco y negro, si te portabas bien. Esa fue mi vida por tres años.

“Creo que mis padres avizoraron lo que venía. Se había instaurado un régimen castrista, pensaron que me obligarían cuando joven al servicio militar y querían que tuviera una mejor vida. Ellos, como muchos padres, pensaron que la reunificación sería pronto”.

Roger recuerda que en la despedida estuvo “todo el tiempo llorando. Lo único que tenía en mente fue lo que me dijo mi madre: no mires hacia atrás. Todo el viaje lo hice llorando hasta que llegué al campamento. Tres años después logramos reunirnos. Mis padres vinieron por España, porque en ese momento ya habían parado los vuelos directos a EEUU. Estuvieron seis meses allá hasta que pudieron llegar a Miami.

En el momento del reencuentro con los padres, ya Roger no era el mismo.

No. Era un niño-hombre. Mi padre era militar y muy estricto. Su primer trabajo en EEUU fue poniendo suelas de zapatos a 50 centavos dólar por hora y mi madre también tuvo que trabajar en factorías. Cuando le pedía algo a mi padre, no tenía el dinero y me hacía historias un poco bruscas para un niño. Fue entonces cuando comencé a pensar qué podía hacer para ganarme un dólar, sin tener que pedírselo a mi padre.

“Entonces con menos de 11 años, cuando terminaba la escuela, tomaba un carrito de compras y recogía botellas por el barrio. Te daban por la botella grande 5 centavos y por la pequeña 2 centavos. Reuní suficiente para comprarme con 10 dólares una bicicleta y una canasta para repartir periódicos de Miami News después del horario escolar. Así me buscaba 7 dólares por semana. Después con un vecino me iba a cortar el césped en las casas. Me casé joven, tuve hijos siendo joven y no quise nunca que ellos pasaran por lo mismo que yo. Trabajaba durante el día y estudiaba de noche.

“Tengo tres títulos, incluyendo un máster. Creo que todo eso me hizo darle más valor a la familia. Mi padre era muy estricto. No recuerdo si alguna vez tuve vacaciones en familia. Por eso con mis hijos hice diferente. Nos íbamos de vacaciones, nos reuníamos con el resto de la familia, íbamos a la iglesia, cenábamos juntos. Una semana al año nos íbamos a las montañas y la otra para la playa para que toda la familia estuviera unida. Eso yo no lo viví en mi infancia. Desde muy temprano me hice independiente y considero que le debo eso a los más de tres años en Florida City.

De sus recuerdos como emigrado, asegura que fueron tiempos mucho más difíciles. “Sí. Mis padres, ni mi familia, nunca recibieron las ayudas que entregan hoy. Ahora los inmigrantes que llegan ya saben hasta cómo trabaja el sistema y cómo recibir beneficios del gobierno. Y obtienen más que personas que han trabajado toda una vida aquí. Es triste, pero ocurre así.

“En los años en que nosotros llegamos aquí el racismo era bien fuerte y había letreros en las casas para rentar que decían: no se admiten perros, judíos, negros o latinos.

“Yo recuerdo que en la 37 avenida y cerca de la calle 16 del suroeste había una bolera y a las 12 de la medianoche sonaban sirenas para ensayos de un posible bombardeo por la crisis de los misiles con Rusia y Cuba. Las leyes y la situación hoy son completamente diferentes y el gobierno tiene muchos planes para ayudar a los inmigrantes.

“Me gradué en el Coral Gables Senior High School en 1974 y había fricciones entre estudiantes, pero no de la manera que vemos ahora”.

El experimentado ejecutivo ve con preocupación la situación actual de EEUU. “Aquí siempre se ha pensado que nuestros hijos vivirán mejor que nosotros, pero ahora no estoy muy seguro".

“Yo fui la primera persona de mi familia en graduarme de la universidad y trabajo desde que tengo 10 años y voy a cumplir 67 y sigo trabajando porque amo lo que hago. No veo ese sacrificio en la generación actual. Quieren tener todo, pero no saben qué hacer para llegar a una vida confortable y un futuro garantizado. Quieren la gratificación rápida y sin sacrificios no hay éxitos”, sentenció.

Para López, su vida no habría sido la misma en otro lugar que no fuera EEUU. “No sé cómo me hubiera ido si mis padres deciden enviarme a otro país, pero lo que sí puedo decirle es que he logrado el llamado sueño americano. Mis padres siempre me dijeron que estudiara y eso hice: trabajar y estudiar y fue lo que me abrió las oportunidades.

Los primeros 30 años de mi carrera en el sector de la salud fueron en manufactura de equipos médicos y farmacéuticos. Integré la Cámara de Comercio del Gran Miami y presidí varios comités de esa institución en 1994 para crear y proteger puestos de trabajo, cuando las compañías comenzaron a irse de EEUU hacia Asia y América Latina.

No veo en las actuales generaciones la motivación que vi en mi generación para salir adelante y prosperar.

Roger agradece haber tenido una vida en la que experimentó dificultades. “Mi hermana una vez me preguntó si yo perdonaba a mis padres (ya ellos fallecieron) y le dije: no sé por qué tengo que perdonarlos, de la manera que me educaron y enseñaron me ayudó a ser quien soy. No tuve la niñez ni la juventud que otros niños y jóvenes tienen hoy, pero lo agradezco también. Les doy las gracias a Dios y a ellos, y aunque fueron duros, eso influenció en mi vida”.

De haberse visto en una situación similar a la que enfrentaron sus padres para decidir enviarlo solo a EEUU, reflexiona:Yo creo que sí. Lo hubiese consultado con mi esposa, por supuesto, porque es una decisión de ambos, pero creo que ella hubiera actuado de la misma manera que yo”.

Para lograr el éxito en el mundo de hoy, sobre todo, a las generaciones de inmigrantes Roger les advierte: “si estás dispuesto a sacrificarte y tienes una meta y una visión de lo que quieres hacer y lograr, debes tener un plan porque de lo contrario, será un únicamente un sueño. Los sueños existen en todos nosotros, pero si no cumplimos nuestro plan de acción, no logramos nada. Y eso ocurre en cualquier lugar y época. Nada bueno y grandioso se logra sin estrategias.

“Toda mi vida la he dedicado al sector de la salud, porque entendí que contribuía a la sociedad. Durante años tuve que mudarme a varios estados: Massachusetts, California, North Carolina, Florida y de aquí me iba a Nueva York, pero le dije a mi esposa: no más. Nos quedamos aquí y voy a entrar en la parte de servicios de salud, no de manufactura.

“Por qué le digo todo esto... si usted no hace algo para cumplir su visión, nadie lo hará por usted. Sus padres lo pueden ayudar, puede tener a una o varias personas que lo guíen, pero si no hace el trabajo no lo va a lograr”.

Qué le faltaría por hacer a Roger López, “pasar más tiempo con mis nietos, tengo una de 16 años y uno de 13 años. Siempre he trabajado mucho. Hoy aún trabajo 50 y 60 horas a la semana, no porque me lo requieran sino porque me gusta. Si me muero ahora mismo, me muero feliz. No hay nada que me falte por hacer.

“Sin el apoyo de mi esposa no hubiera tomado las decisiones que hemos hecho en conjunto ni todo lo que he alcanzado. Y me duele decir esto: ella ha sido más madre que yo padre, porque he tenido que trabajar y estudiar mucho”.

lmorales@diariolasamericas.com

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