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MIAMI.- Wilfredo “Willy” Allen llegó a Estados Unidos con solo 10 años, y tras sortear muchas dificultades, como tantos migrantes que hoy defiende en las cortes federales de Estados Unidos, logró convertirse con esfuerzo propio en uno de los más reconocidos abogados de inmigración en el sur de la Florida.

Nació en La Habana, en la residencial zona de de Miramar. Arribó a EEUU el 17 de agosto de 1961 en compañía de su madre, también abogada, su hermano y dos primos. “Al principio vivimos en un estudio pequeñito en South Beach; mi mamá dormía en el cuartico y nosotros en la sala. A esa edad, todo parecía una aventura”.

Nunca olvida que su primer trabajo fue limpiar zapatos a huéspedes y empleados del hotel Cardozo, en Miami Beach. Pero tampoco que, a muy temprana edad, repartió periódicos, y más tarde, gracias a un trabajo en el sector de la construcción, logró financiar sus estudios universitarios.

“Primero había trabajado como portero en un teatro en Coral Gables, pero ya después trabajé en la construcción durante cinco años. Era algo muy duro, pero gracias a ese trabajo pude estudiar en la universidad Florida State, en Tallahassee”, recuerda.

Su padre era hijo de un estadounidense de Kansas, que tenía una finca en inmediaciones de la provincia cubana de Cienfuegos. En 1965 la familia pudo reunificarse por completo con la llegada del padre y todos se fueron a vivir en la barriada de Coral Gables.

Sus primeros pasos

De alguna forma, su primer año en la universidad marcó el derrotero del futuro letrado. “Cuando fui a la Florida State, en mi primer año escolar, había solo cuatro hispanos; hoy puede haber más de 2.000. Yo fui el primer hispano de la fraternidad a la que pertenecía en ese entonces en Tallahassee”.

Sin embargo, sus padres desde mucho antes en Cuba, y posteriormente en Estados Unidos, le habían “inyectado” lo que considera una “consigna social muy grande”, que consistía en “trabajar por la comunidad y velar por el respeto de los derechos y las libertades”.

Por eso, Allen se devuelve más en el tiempo y otra vez sitúa su memoria en la isla antillana. “Mi padre tuvo una fábrica de bloques y a todos sus empleados les regaló casas; yo crecí viendo esa imagen de hombre benevolente. Mi madre era mejor abogada que yo y siempre quiso sacar adelante una reforma agraria en Cuba”.

Así las cosas, su deseo de trabajar por la comunidad lo llevó a obtener una especialización en trabajo social para reafirmar una premisa que repite una y otra vez: “Yo tengo la responsabilidad social de ayudar a mi comunidad, a toda esa gente que lo necesita”.

Tampoco ha podido borrar de su mente que al empezar a ejercer su profesión de abogado fue uno de los primeros en defender algunos casos en las cortes de Texas, en 1985. Por ese entonces, tenía un socio, también de ascendencia latina. “No sé si fuimos los primeros hispanos, pero en esa época éramos muy pocos”.

Allen se presenta como un “eterno enamorado de Miami” y destaca el crecimiento que ha tenido la Ciudad del Sol a lo largo del último medio siglo. Al comparar la urbe que encontró tras llegar al país con lo que es hoy, sostiene que “Miami pasó de ser una ciudad pequeña a una gran ciudad, y eso me encanta”.

Además, resalta la influencia que tiene actualmente el renglón hispano en el sur de la Florida y en otras zonas de los Estados Unidos. “Cuando yo apenas empezaba mi carrera había muy pocos espacios para los políticos hispanos, ahora es casi imposible obtener una posición política si no eres hispano”.

El reto de los hispanos

Si algo tiene claro y bien definido el abogado “Willy” Allen es que la razón de ser de su función social es “el trabajo diario y constante por la comunidad hispana”, que sigue viendo en Estados Unidos un “lugar de grandes oportunidades”.

Aunque se declara optimista, el jurista cree que el renglón hispano enfrenta un “fuerte reto” ante la política migratoria del presidente Donald Trump.

Para Allen, no existe duda de que la política migratoria actual de la Casa Blanca es “antihispana”, y considera que “si los inmigrantes fueran suecos, eslovacos o eslovenos, el asunto sería muy diferente”.

A su juicio, el presidente Trump quiere eliminar la reunificación familiar “que él llama ‘inmigración en cadena’”. Y acota: “Pero a la misma vez que él [Trump] quiere que un ciudadano estadounidense no pueda pedir a su padre o madre, su esposa [Melania Trump] reclamó y legalizó a sus padres de Eslovenia”.

El optimismo de Allen se centra en su creencia de que las instituciones en los Estados Unidos “funcionan muy bien por sí mismas”, y tiene como consigna que aunque algunas personas o sectores de la sociedad no estén de acuerdo con el presidente Trump, “el Gobierno trabaja para todos, a pesar de sus defectos”.

El letrado también es un convencido del “poder del voto” y, en consecuencia, insiste en la necesidad de llamar a la población hispana a participar de una manera “más activa” en los procesos electorales sin importar la inclinación política. “Lo importante es que participen para hacernos más fuertes”.

Finalmente dijo que respeta la labor de los políticos de ascendencia hispana, que admira la carrera en el Congreso federal de la cubanoamericana Ileana Ros-Lehtinen y que se inclina por darle su apoyo a la candidata por el distrito 27 María Elvira Salazar.

No obstante, asegura que “nunca” aspiraría a un cargo de elección popular porque –dijo entre risas–“tengo muchos fantasmas en los closets y para lanzarse a la política hay que tener la cara un poco más dura y estar dispuesto a abrirse a toda clase de público”.

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