En la madrugada de un 13 de julio de 1994, hace 32 años, en la bahía de La Habana, se cometió uno de los crímenes más horrendos de la historia de Cuba.
“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. — Jorge Luis Borges
En la madrugada de un 13 de julio de 1994, hace 32 años, en la bahía de La Habana, se cometió uno de los crímenes más horrendos de la historia de Cuba.
Setenta y dos personas abordaron el remolcador 13 de Marzo con la esperanza de escapar del infierno impuesto por los Castro. Entre ellas había familias enteras, padres que querían ofrecerles un futuro a sus hijos. Nunca llegaron a la libertad.
Fueron interceptados, embestidos y hundidos en el mar por embarcaciones de las fuerzas del régimen de Fidel Castro. Lo que ocurrió aquella fatídica madrugada no fue un accidente. Fue una tragedia provocada por la crueldad humana, por el ensañamiento de quienes, obedeciendo órdenes, decidieron que aquellas vidas no merecían salvarse.
La monstruosidad de lo sucedido se revela en los detalles. Cuando el remolcador se encontraba en alta mar, las embarcaciones que lo perseguían comenzaron a embestirlo violentamente. Los padres, desesperados, levantaban a sus hijos para demostrar que allí había niños. La respuesta fue todavía más brutal: chorros de agua disparados con mangueras tan potentes que los arrancaban del abrazo protector de sus padres, lanzándolos al mar.
Setenta y dos seres humanos iban a bordo. La mitad eran menores de edad. Entre ellos, niños. Helen Martínez tenía apenas seis meses de nacida.
¡Seis meses, por Dios!
No hubo piedad. No hubo misericordia. Solo el odio convertido en acción y el desprecio absoluto por la vida humana de quienes siguieron las órdenes de un régimen tan criminal entonces como ahora.
La prensa oficialista informó que un remolcador se había hundido junto al muelle, supuestamente porque 72 personas habían subido a bordo y habían provocado lo que llamaron un “vuelco de campana”. Cuando leí aquella noticia, supe que algo no cuadraba. Un experto marítimo me explicó que los remolcadores son embarcaciones particularmente estables y que la versión de un vuelco de esa índole provocado por el peso de los pasajeros resultaba difícil de sostener.
La explicación oficial pretendía convertir un crimen en un accidente y a las víctimas en responsables de su propia muerte.
Más doloroso aún fue comprobar que importantes medios internacionales, entre ellos The New York Times, reprodujeran la versión del régimen y utilizaran reiteradamente la palabra “robado” para referirse al remolcador.
El régimen no se conformó con hundir la embarcación. También intentó hundir la verdad.
Algunos sobrevivientes fueron obligados, desde la prisión, a inculparse públicamente. Pero las víctimas tenían nombres, rostros y familiares. Y, sobre todo, tenían una verdad que no podía permanecer sepultada en el fondo de la bahía.
Desde Cuba, Fe Pimienta relató el horror de las mangueras. María Victoria García, quien perdió a más de diez familiares, contó cómo intentó aferrarse a su hijo mientras la tragedia los separaba. Janet Hernández describió las embestidas de las embarcaciones y el momento en que, al hundirse el remolcador, una nevera apareció milagrosamente entre las aguas y permitió que algunos sobrevivientes se aferraran a ella.
Ni siquiera entonces cesó la persecución. Según los testimonios, las lanchas patrulleras giraban violentamente alrededor de quienes luchaban por mantenerse a flote.
Había que impedir que fueran los asesinos los que escribieran la historia.
Cuando muchos de los sobrevivientes lograron salir de Cuba, desde la Fundación Nacional Americana nos dimos a la tarea de llevar sus testimonios ante el Congreso de Estados Unidos, la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y cualquier institución dispuesta a escucharlos. Nada devolvería la vida a los muertos. Pero sabíamos que el silencio sería una segunda victoria para los responsables del crimen.
Cuatro años después, desde el puerto de la bahía habanera del que había zarpado el remolcador, Ted Koppel comenzó a contar la historia y a mostrar los testimonios.
Sentí que, al menos por aquella noche, se había hecho justicia. La verdad que el régimen había tratado de silenciar y que sus aliados habían intentado encubrir había conseguido abrirse paso ante millones de espectadores.
Pero la memoria no puede depender únicamente de un reportaje televisivo ni de los aniversarios que nos obligan a volver sobre el dolor.
El pasado 10 de octubre, el doctor Omar Vento nos recordó precisamente eso. En una ceremonia cargada de emoción y simbolismo, dedicó un banquillo a las víctimas en el malecón de la Ermita de la Caridad. Allí, frente al mar, se leyeron sus nombres. Se escucharon el llanto de María Victoria y los testimonios de Gustavo Martínez y de su hijo Yandi. Una misa cerró la jornada.
No es simplemente un banco frente al mar. Es un acto de resistencia contra el olvido. Un lugar donde el dolor de las familias se convierte en memoria colectiva y donde las generaciones futuras podrán detenerse a preguntar qué ocurrió y por qué.
Cuando Gustavo Martínez llegó de Cuba, trabajó en La Voz de la Fundación. A veces pasaba frente al cristal del estudio y veía cómo las lágrimas corrían silenciosamente por sus mejillas. No hacían falta palabras para comprender que hay heridas que nunca cicatrizan, porque hay un dolor que permanece intacto: el de quien nunca ha encontrado justicia.
¿Por qué insistir en la justicia? Para que nunca más vuelva a suceder.
¿Por qué negarnos a olvidar? Porque mientras una sola persona pronuncie sus nombres, mientras alguien se detenga frente a ese banquillo y pregunte quiénes fueron, las víctimas no serán olvidadas.
El doctor Omar Vento nos ha recordado que un pueblo no puede darse el lujo de olvidar. Ese pequeño monumento frente al mar representa mucho más que un homenaje: representa la obligación moral de transmitir la verdad, de defender la libertad y de enseñar a las nuevas generaciones que ninguna ideología, ninguna orden y ningún gobierno pueden justificar el asesinato de seres humanos indefensos.
Ese banquillo será mucho más que un lugar para sentarse. Será un lugar para recordar, para llorar y para aprender. Para que quienes disfrutan hoy de la libertad puedan acercarse a él y comprender el precio que otros pagaron por intentar alcanzarla.
La memoria es una forma de justicia. El silencio favorece a los verdugos. Y Cuba no podrá reconciliarse con su historia mientras no se haga justicia.
Para que nunca más un cubano tenga que lanzarse al mar para escapar de su propia patria. Para que nunca más el odio decida quién merece vivir y quién no. Y para que nunca más el nombre de Cuba vuelva a quedar manchado por un crimen tan horrendo como el del hundimiento del remolcador 13 de Marzo.
