Adoro las mudanzas. Las mudanzas y que me atraviesen la planta del pie con un berbiquí. He pasado unos días de traslados y tengo la espalda como una obra de arte contemporáneo. Que ayer se me cayeron las llaves del coche al suelo y llevo todo el día desplazándome en autobús a la espera de que algún buen samaritano se agache y me las alcance. Recomendaba San Ignacio de Loyola “en tiempo de desolación, no hacer mudanza” y, con todo respeto, debió el santo haber sido más estricto en su regla y desaconsejar la mudanza en todo tiempo, sea alegre o desolado. Mudanza es una palabra de origen latino que se forma desde el verbo mutare, que significa cambiar, y el sufijo -anza, que significa escoñarse la espalda. Creo que la gente que se pasa la vida haciendo mudanzas es porque no sabe latín.
Solo mover mi biblioteca es como desplazar a un elefante muerto con ayuda de un hilo dental, pero tirando con los dientes. Durante un instante he llegado incluso a la perversión de envidiar a quienes para trasladar su biblioteca solo tienen que cambiar de sitio un iPad. Pero, al fin y al cabo, un escritor sin biblioteca es como un futbolista sin pelotas.
Hay un placer un tanto oscuro en el arte desmontar muebles, solo compensado por el calvario de tratar de volver a armarlos. En una de las estanterías de libros, cuando terminé, me sobraban tantos tornillos que parecía aquello el suelo de un Consejo de Ministros. Aunque lo que me tiene preocupado es el mueble auxiliar del despacho, ese donde archivas papeles que algún día puedes necesitar, si bien es un día que nunca ha llegado en la historia de los muebles auxiliares de despacho desde que el primer homo sapiens decidió poner un poco de orden en la caverna y guardar las tablillas con inscripciones obsoletas por si algún día se las solicitaba un inspector de Hacienda. Sea como sea, antes del desarme, era sin duda un mueble archivador. Al regreso y tras armarlo a toda velocidad, el resultado es una cama. Una maldita cama. He visto todos los videos de YouTube del mundo tratando de resolver el enigma y todo lo que he logrado es que en lugar de una cama parezca la camilla refrigerada de un depósito de cadáveres, con raíl extensible y todo, algo que por otra parte conecta con la naturaleza original del mueble.
La mudanza ha sido un éxito porque no he extraviado ninguno de los trastos inútiles que tenía en el lugar de origen. Tan solo he perdido lo importante. Se trata de cosas de tanto valor que tienen que tienen que estar en alguna caja, en medio de marcos sin foto, cafeteras estropeadas, bolígrafos que no funcionan, libretas emborronadas y cientos de miles de papeles garabateados de un modo bastante incomprensible. También ha ocurrido algún milagro, como el de la multiplicación de los tiradores de armario y los cables de impresora. Tengo tantos cables de impresora que podría dar corriente a todos los electrodomésticos huerfanitos de la ciudad y aún me sobrarían un par de ellos para defenderme de las máquinas en caso de apocalipsis zombie, que es algo que se da por hecho en este 2020.
Y uno de los momentos más emocionantes de la mudanza fue la apertura de cajas, cuando pude ver de nuevo el rostro de mi colección de libros y discos, y abrazarlos y preguntarles qué tal el viaje. Algunos habían engordado tanto que ya no me caben en la estantería mientras que otros, han adelgazado hasta desaparecer: sospecho que los primeros han podido comerse a los segundos aprovechando la oscuridad de la furgoneta que los trasladó.
También ha sido muy emocionante reencontrarme con joyas de inmenso valor, como un boceto de poemario de finales de los 90 en el que trataba infructuosamente de despedirme de una novia que no tenía, lo que confirma, a la luz de la psicología, la tendencia adolescente al drama como motor de su insatisfacción. Otra prueba de lo mismo: la adolescencia es una etapa odiosa precisamente porque es tiempo de mudanza; pasas de ser un niño que quiere ser adulto a ser un adulto que quiere ser niño. Después, cuando te quieres dar cuenta, pierdes más pelo que un gato y tienes la espalda tan destrozada que podrías llorar como un crío si alguien dejara caer sobre ella un papel de fumar, incluso aunque el resto del cigarrillo estuviera apagado.
Por suerte, las cosas ya están en su lugar, supongo que la pesadilla ha terminado. Me he quedado con tantas ganas de hacer otra mudanza que he decidido reubicar los libros de mi biblioteca: ahora los tengo clavados a la pared, uno a uno, con puntas de gran longitud. Es cierto que esto puede atraer a los modernos, que son el tipo de visita que no se marcha de casa ni con el toque de queda de las once, pero al menos sé que ahuyentará la tentación de volver a mudar mi escritorio, a menos que quiera llevarme también las paredes y no estoy seguro de que los vecinos aprueben ese extremo.
Después del enésimo traslado de mi despacho, y ante el riesgo de que pudiera producirse otro más adelante, he descubierto que mi verdadera vocación no es la escritura, ni las letras, ni los libros: es la filatelia. ¡Qué maravilla! ¡Un soplido sobre la mesa y ya está lista la mudanza! Consejo: cuando elijas tu trabajo piensa que tal vez tengas de que desplazarte con el material necesario a hombros.
Consejo adicional: nunca, nunca, nunca, bajo ningún concepto, te hagas geólogo.