Cada Cuatro de Julio, los estadounidenses celebran el nacimiento de una nación surgida de la rebelión contra el poder concentrado. Los fuegos artificiales iluminan el cielo, las banderas ondean en los hogares y las calles de las ciudades, y palabras familiares resuenan en todo el país: libertad, independencia, libertad.
A lo largo de los siglos, las revoluciones han derrocado reyes, imperios y dictadores solo para reemplazarlos por nuevas élites que visten uniformes diferentes, utilizan consignas distintas y enarbolan otras banderas. Pueblos enteros lucharon y derramaron sangre por la liberación, solo para descubrir que la independencia política por sí sola no garantiza la dignidad humana, las oportunidades económicas, la libertad de conciencia ni la protección frente al miedo.
Una bandera puede volverse independiente mientras su pueblo permanece atrapado. Esa realidad es dolorosamente familiar en gran parte del mundo. Se puede viajar por naciones que celebran orgullosamente sus días de independencia mientras los ciudadanos comunes viven bajo la corrupción, la censura, la violencia criminal, la desesperación económica o el control autoritario. En demasiados lugares, la independencia se convirtió no en la liberación del pueblo, sino en la transferencia de poder de una clase gobernante a otra.
Por eso el experimento estadounidense sigue siendo históricamente extraordinario a pesar de todas sus imperfecciones. Estados Unidos nunca fue perfecto. Nació incompleto, contradictorio y profundamente defectuoso. Su historia contiene injusticia, división, hipocresía y dolorosos fracasos para estar a la altura de sus propios ideales. Sin embargo, lo que hizo único al experimento estadounidense no fue la perfección. Fue la creación de un sistema que institucionalizó el derecho a desafiar al propio poder. Esa distinción es muy importante.
La Declaración de Independencia hizo más que anunciar la separación de Gran Bretaña. Estableció un principio revolucionario: que el gobierno deriva su legitimidad del consentimiento de los gobernados, no de las dinastías, no de las ideologías, no de la fuerza militar ni de partidos gobernantes permanentes. Declaró que la libertad pertenece de manera inherente a los seres humanos, no como un privilegio concedido por el Estado, sino como una condición natural de la dignidad humana. Esas ideas cambiaron el curso de la historia, aunque la humanidad ha luchado desde entonces por estar plenamente a su altura. Siguen siendo ideas peligrosas para los tiranos incluso hoy.
Cuando la independencia no trae libertad
Como alguien que ha pasado décadas estudiando sistemas geopolíticos, estructuras autoritarias y la competencia estratégica en todo el hemisferio, a menudo he reflexionado sobre cuántos gobiernos hablan interminablemente de soberanía mientras niegan la libertad a sus propios pueblos. Algunos regímenes invocan el antiimperialismo mientras construyen sistemas internos de miedo. Otros hablan de revolución mientras preservan dinastías políticas que se comportan más como organizaciones criminales que como servidores públicos.
Cuba figura entre las tragedias más evidentes de esa contradicción. Durante décadas, el régimen cubano se envolvió en el lenguaje de la liberación mientras despojaba sistemáticamente a sus propios ciudadanos de libertades fundamentales: libertad de expresión, libertad de participación política, libertad de movimiento, libertad de empresa y, con frecuencia, incluso libertad frente al propio miedo. Generaciones enteras fueron educadas para creer que la obediencia era patriotismo y el silencio era supervivencia.
Y, sin embargo, a pesar de todo, el anhelo humano de libertad nunca desapareció. Ningún sistema penitenciario ha logrado extinguir permanentemente ese deseo. Existe una razón por la que las personas continúan arriesgando océanos, desiertos, prisión y muerte por la mera posibilidad de llegar a sociedades donde la libertad aún existe, de manera imperfecta pero tangible. Las personas no huyen hacia la tiranía. Huyen hacia la esperanza.
Cualquiera que haya observado de cerca esos viajes comprende que la libertad nunca es una abstracción para quienes han vivido sin ella. Esa realidad, por sí sola, dice más que cualquier retórica política.
El Cuatro de Julio, por tanto, representa algo más grande que el nacionalismo estadounidense. En su mejor expresión, representa una aspiración humana universal: el deseo de las personas comunes de vivir con dignidad, autonomía, oportunidades y el derecho a hablar sin miedo. Pero la libertad no es automática ni permanente. Cada generación hereda la tentación de intercambiar la libertad por comodidad, tribalismo, certeza ideológica o la ilusión de seguridad. Toda sociedad enfrenta momentos en los que el miedo presiona a los ciudadanos para que renuncien a sus principios en nombre de la conveniencia. La historia demuestra repetidamente que la libertad rara vez desaparece de la noche a la mañana. Se erosiona gradualmente a través de la apatía, la corrupción, la intimidación, el deterioro institucional y la normalización del poder concentrado.
Por eso la independencia debe seguir siendo una tarea inconclusa. No es simplemente un logro histórico recordado mediante ceremonias, sino una responsabilidad viva que cada generación debe asumir y continuar.
El costo invisible de la libertad
Como oficial naval retirado, también reflexiono durante esta festividad sobre algo menos visible detrás de la celebración: el sacrificio. La libertad sobrevive no solo gracias a los ideales, sino también gracias a quienes están dispuestos a defenderlos silenciosamente, a menudo de forma anónima, a lo largo de las generaciones.
Durante los despliegues a bordo de portaaviones, hubo un momento que siempre permaneció conmigo. A través del sistema de altavoces del barco, el comandante felicitaba periódicamente a los marineros cuyos hijos acababan de nacer en casa. Uno a uno, los nombres resonaban por toda la embarcación en algún lugar en medio del océano, a menudo seguidos por los aplausos de miles de compañeros que entendían exactamente lo que aquellos momentos significaban. Esos anuncios transmitían algo profundo.
Estar desplegado no significaba simplemente perder celebraciones familiares como Acción de Gracias o Navidad. Significaba perder los primeros llantos, los primeros abrazos y los nacimientos de hijos e hijas que no veríamos hasta meses después. Momentos enteros de la vida transcurrían al otro lado del océano mientras nosotros permanecíamos de guardia, realizando operaciones aéreas durante largas noches en el mar en defensa de un país cuyas libertades permitían que nuestras familias vivieran con libertad y seguridad. Ninguno de nosotros consideraba aquello un heroísmo extraordinario. Se entendía como parte de la responsabilidad que llevábamos sobre nuestros hombros.
Esa comprensión silenciosa quizás dice algo importante sobre la propia libertad. Las libertades que las personas disfrutan cada día suelen descansar sobre sacrificios que nunca llegan a ver por completo; sacrificios realizados no por conquista o gloria, sino para que las futuras generaciones puedan seguir viviendo en una sociedad donde puedan hablar libremente, practicar su fe sin miedo, construir sus propias vidas y criar a sus hijos en paz.
Esa convicción sigue siendo importante. Especialmente ahora, en un mundo donde el autoritarismo vuelve a expandir su influencia mediante la coerción, la propaganda, la vigilancia, la corrupción y el miedo.
La lucha entre libertad y tiranía no terminó en el siglo XVIII. Simplemente evolucionó.
Y quizás ese sea el significado más profundo del Cuatro de Julio. No la celebración de una nación perfecta, porque ninguna existe. Sino el reconocimiento de que la libertad sigue siendo uno de los logros más raros y frágiles que las sociedades han logrado sostener, siempre inconcluso, siempre vulnerable y siempre digno de ser defendido.
Autor
CDR José Adán Gutiérrez, U.S. Navy (Ret.), Senior Fellow del Miami Strategic Intelligence Institute (MSI²). Exoficial de Inteligencia Naval y exagregado naval de Estados Unidos en Panamá, se especializa en riesgo geopolítico, competencia estratégica, seguridad hemisférica, asuntos marítimos y relaciones entre China y América Latina.
Publicado originalmente en el Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com