sábado 18  de  julio 2026
PERIODISTA Y ESCRITOR SATIRICO

Mi cafetera me ha dejado

He tratado de contratar a un mediador para que hable con ella. Pero no ha habido acuerdo. Por extraño que parezca, la cafetera se niega a compartir sus sentimientos con nadie. Quizá está dolida por algún golpe

Diario las Américas | ITXU DÍAZ
Por ITXU DÍAZ

Suena el despertador y se me cae el mundo encima. Cada mañana me levanto como un muerto viviente, como zombie entre la niebla. Camino treinta y cinco pasos arrastrando los pies, y a veces el alma. Me desplomo sobre la cafetera. Le suplico. Le digo cosas bonitas. Le ruego. Le relato despacio mis penas desde el año 1987 hasta hoy, y ella, muy conmovida, me da café. Entonces bebo y se me encojen las garras, y se pliegan las orejas de la parte superior de mi cabeza, y dejo de rugir y de rascarme la nuca con la pata trasera, y por empuje de la cafeína me convierto lentamente en un ser humano.

Pero ha sucedido algo horrible que ha roto mi rutina. Todo se ha torcido. Un gran drama. Se me ha estropeado la cafetera. Así, de pronto. Hay quien no alcanza a comprender este dolor que siento hoy, pero aunque pueda parecer paradójico, me quita el sueño no poder hacer café.

Admito que tengo un largo historial de estropear cosas. De niño pinché un globo. De mayor corté la rama de un castaño. Y por el medio no he dejado nunca de romperlo todo con inusual torpeza. Pero tengo una habilidad muy especial para estropear electrodomésticos. Mi teoría es que mi energía positiva choca con el campo magnético de esos aparatos y se produce una guerra de ondas en la que mis neutrones -los mejores del mercado- terminan fundiendo el circuito del cacharro en cuestión. A veces incluso arden, explotan, o me dan calambre. Me siento asediado por mis propios electrodomésticos y a las autoridades este asunto no les preocupa en absoluto.

La traición de la cafetera ha sido muy dolorosa. Ni siquiera me dio una advertencia previa. Nada. De pronto, dejó de funcionar. Su luz aún se enciende y si la dejas actuar el tiempo suficiente, hace más ruidos que un nido de hámsters. Pero no da café. Tampoco hace paella, que sería una digna jubilación para una cafetera rota. Porque si al menos supiera hacer algo más que café todavía podría concederle el privilegio de pasar otra noche en mi cocina. Pero en su estado no-cafetativo no me queda más remedio que machacarla a golpes -algo que ya he intentado, además de apagarla y encenderla un millón de veces-, o tirarla directamente -algo que estoy a punto de intentar-.

Lo peor es que ahora tendré que comprarme otra. Y que sea a su vez un aparato lo bastante raro como para que respete todas mis manías, que son esos pequeños detalles que, si no se dan, pueden arruinarte el día desde primera hora. Por otra parte, con este sopor que arrastro, no estoy en condiciones de enfrentarme a la jungla salvaje de una tienda de electrodomésticos. Ayer lo intenté en uno de esos supermercados que venden de todo y después de ocho horas regresé a casa con una vela antimosquitos, una sandía, tres paquetes de cinta de embalar, un montón de perchas, un sofá rojo monísimo, una plancha capaz de planchar en tres dimensiones, unos yogures nuevos de aloe vera -que te los puedes comer o untar en la espalda-, una docena de huevos, dos pósters de Nirvana, y tres televisores. Pero sin la cafetera.

He tratado de contratar a un mediador para que hable con ella. Pero no ha habido acuerdo. Por extraño que parezca, la cafetera se niega a compartir sus sentimientos con nadie. Quizá está dolida por algún golpe. Por las mañanas cualquier aparato que deje de funcionar en mi entorno es susceptible de llevarse un puñetazo, no siempre amistoso. Son muchas las cosas que han vuelto a funcionar después de un buen golpe. Aún recuerdo cuando sintonizábamos así la televisión cada verano.

Si pudiera permitirme bajar en pijama al bar de la esquina, no me importaría tanto. Pero llevo una semana haciéndolo y la gente me mira raro. No lo comprendo. Yo si veo a un idiota bajando en pijama a la calle a las siete de la mañana, ya sé que es un tipo al que se le ha estropeado la cafetera. También he intentado cambiar mis costumbres y ducharme antes de tomar café. Pero es imposible. Ayer me lavé el pelo con espuma de afeitar. Y otro día que intenté ducharme sin café, me quedé dormido contra la mampara de la ducha, y me despertaron años después los herederos de mi piso, que venían a decorarlo a su gusto.

Lo del café va a acabar conmigo. Si usted tiene una cafetera, tal vez pueda salvarle la vida a este pobre columnista atormentado. No deje de hacerlo por vergüenza. No deje que lo haga otro. Será muy bien recibida. Estoy en apuros.

Por suerte, sé que tarde o temprano tendré otra cafetera, podré volver a hacerme mi cafelito matutino al empezar el día, y entonces ya estaré preparado para estropear el lavaplatos como Dios manda.

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