Justo cuando comenzaba la guerra del 1895 en Cuba, los mambises recién incorporados a la tropa independista cubana fueron testigos de la experiencia del “viejo”; como a sus espaldas llamaban al generalísimo Máximo Gómez:
Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión
Justo cuando comenzaba la guerra del 1895 en Cuba, los mambises recién incorporados a la tropa independista cubana fueron testigos de la experiencia del “viejo”; como a sus espaldas llamaban al generalísimo Máximo Gómez:
Boquiabiertos quedaron los novicios cuando el anciano cascarrabias, en medio de los preparativos para una emboscada, desmontó de su caballo, le pasó el sombrero alón a su ayudante y se arrodilló en la línea del tren, acurrucándose, convirtiéndose en un ovillo, hasta conseguir apoyar su oído derecho sobre el rail frio de la vía.
Luego de unos segundos, el general dominicano se incorporó con trabajo, sacudiéndose las rodillas de los pantalones y negándose a que le ayudaran, pero asegurando que al tren le faltaba media hora para llegar, que podrían descarrilarlo si desde ahora comenzaban a destruir los polines.
Adalberto, un camagüeyano contemporáneo, me asegura que Gómez no habría sentido la menor de las vibraciones si en la época actual colocara su oreja sobre la línea central del ferrocarril cubano. “sencillamente no pasa nada por esos rieles, no hay trenes”. Dice que cuando tienes la suerte de ver dos vagones cruzar a paso de cortejo fúnebre debes estar consciente de que eres testigo de un acto extraordinario, puede que hasta de un momento histórico.
Le recuerdo que en otra época los ferrocarriles cubanos eran sinónimo de puntualidad y exactitud, que incluso en Camagüey los vecinos ponían en horas sus relojes con la llegada o partida de los diferentes trenes.
“El país se está desacelerando, perdiendo su capacidad de movimiento, un reflejo físico para ahorrar energía”, me revela Adalberto, “no son solo los trenes, también se van parando los aviones, las guaguas y hasta las personas, que prefieren vegetar sentados en los portales ante la falta de café, frijoles o cualquier otra fuente de energía”.
Adalberto me cuenta que hay una operación policial nacional para perseguir a los que desmontan tramos de líneas ferroviarias en desuso. Reciclando el acero, los pilotes de concreto o madera y hasta los clavos, en casas, cochiqueras o simplemente vendiéndolos en el mercado negro de los materiales de construcción.
En el exilio un grupo de bien intencionados expertos intenta crear proyectos para la recuperación de la isla cuando termine por caer el régimen. Ante el depauperado estado de las carreteras en toda Cuba los expertos apuestan por el ferrocarril como principal medio de transporte.
Con los ruidos que me trae Adalberto empiezo a sospechar que los planes de recuperación deben modificarse hacia la navegación: sin líneas, ni carreteras y con los pocos caballos o bueyes con que cuenta el país, el transporte terrestre parece cosa de fantasía.
Sin ser experto yo voto por el cabotaje, a golpe de barcos es como único consiguen cubrir las distancias, “que no se le ocurra traer barquitos” me rebate Adalberto, “para lo único que van a servir es para escaparse al yuma, un bote para un cubano es una puerta de salida, así se lo tenga que robar”.
Un país devastado, le prometió el generalísimo Gómez a la corona española con la invasión de oriente a occidente. Por donde pasaba el ejército libertador quemaba, desbarataba, destruía. “somos los herederos de la tea incendiaria”, comenta Adalberto, “además de la destrucción ahora le damos candela a los basureros, como si fueran los campos de caña de la colonia”, lo molesto diciéndole que más que a los mambises, los cubanos actuales se parecen a las víctimas de la reconcentración de Valeriano Weyler, el capitán general que inventó los campos de exterminio mucho antes que los nazis de Hitler y los comunistas de Stalin.
“De todo lo peor”, vuelve a la carga mi camagüeyano aspirante a historiador, “famélicos como los reconcentrados, incendiarios como los mambises y deseando el regreso de Teodoro Roossevelt como la clase media del siglo XIX, aunque esta vez los Rough Rider no venga a caballo sino a golpe de aviones”.
Vuelvo a insistirle en la situación del transporte y la necesidad de conseguir un medio alternativo en lo que se reconstruye el país, Adalberto se pone jocoso, “nos quedan los drones que Teherán les vendió a Raúl Castro, si los yumas no los destruyen podemos transformarlos en transportes interprovinciales, de carga... por supuesto... porque no creo que aguanten pasaje”, reímos con su broma, “que si los drones tuvieran asiento ya estarían los militares de aquí escapando a Cayo Hueso a bordo de esos tarecos y ustedes entrevistándolos como héroes”.
Dice que nadie los ha visto, y que sus vecinos insisten en que hay que mostrarlos porque solo así Trump acabará por invadir a la isla. “nuestra esperanza esta ahora a bordo de esos aparatos iraníes”
No me atrevo a contarle la reacción de Davicito, un “coworker “de la MegaTV cuando supo de la amenaza de Trump contra los drones cubanos, “no va a hacer nada, esto es más de lo mismo, no te embulles que esto no llega a ningún lado”.
Me dio pena luego de que Adalberto me contara: “hemos vuelto a calentar motores con la advertencia del presidente yuma, ahora sí parece que van en serio”. Adalberto está ansioso porque Diaz Canel se equivoque y saque al menos uno de los drones de sus refugios antiaéreos, “que se vuelva loco para que veas, o que los ayatolás diga que es verdad que llenaron la isla con sus avioncitos no tripulados, esa será la gota que colme a la Casablanca”.
Insisto con mis teorías, quizás la represión y la crisis lleve a un levantamiento popular y entonces no hará falta que Trump persiga los drones, “¿levantarnos aquí?, ¿con que cuenta la cucaracha?, ¿Dónde están la armas y las municiones?, ¿Quién nos va a dar algo para defendernos?
Le recuerdo otra anécdota independentista pero esta vez con Antonio Maceo como protagonista: Durante el cerco a un cuartel español sus lugartenientes vinieron a reclamarle que se estaban quedando sin municiones, “allí dentro las hay”, les dijo el titán de bronce extendiendo su índice en dirección a la fortaleza enemiga. Cuentan que ante tamaña lección de arrojo y virilidad los subordinados regresaron a la línea de combate y terminaron tomando el cuartel.
“Qué bonito narrarlo de lejos”, contraataca Adalberto, “cuélate aquí adentro, ven a ponerle el cascabel al gato que te voy a hacer un cuento”
No es tensión, es más bien duda lo que genera el silencio que por casi medio minuto nos consume, cada uno con su teléfono en la oreja, esperando el ruido del ferrocarril... como hiciera Gómez, o el encendido de un drone... como prometiera Trump.

video