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Dicen que lo único bueno de las despedidas es el reencuentro. Y que, en ese solo segundo, nuestra mente rescata con toda la intensidad, los sentimientos. La vida es como un carrusel de emociones y en su continuo girar se encapricha en construir historias como esta. Rigoberto Varona se considera un hombre de pocas palabras, refugiado en sí mismo, pero con una sonrisa persistente que, en ocasiones, utiliza como escudo para protegerse del dolor. Miembro de la Brigada de Asalto 2506, del grupo de paracaidistas, casi enviados al suicidio, en una acción temeraria mantiene clara una convicción: “Regresaría ahora mismo, con mi edad, sin titubear”.

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Natural de Cienfuegos, al no estar de acuerdo con el sistema que asumía el poder en la isla, se lanzó al mar con unos amigos: “Nos llevamos un bote de Varadero y la marina nos recogió a la mitad del camino”.

Desde que llegó a Miami, algo latía por dentro, unas ansias: “Escuché que había grupos que iban a ir a Cuba y me inscribí, al otro día ya estaba reclutado. Fui de los primeros en llegar a Guatemala, recuerdo que éramos poco más de 100. Imagínate, La brigada comenzó en 2.500 y yo soy el 2.618, del primer grupo.

Varona asegura haber conocido la muerte de cerca, incluso antes del combate: “En uno de los saltos perdí el aire de mi paracaídas y prácticamente caí…no me mate de milagro”. Su arrojo y decisión estuvieron condicionadas por su preferencia: “Nunca me había tirado en paracaídas, ni lo había pensado, pero no me gusta mucho el mar y por eso elegí el avión”.

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Rigoberto Varona en abril de 1961 desafió el peligro para recuperar su Patria, pero en esa epopeya su tarea más heroica fue sortear el fuego enemigo para salvar la vida de un amigo

Rigoberto Varona en abril de 1961 desafió el peligro para recuperar su Patria, pero en esa epopeya su tarea más heroica fue sortear el fuego enemigo para salvar la vida de un amigo

El temor no existía en ese entonces. Primaba el deseo ineludible de la libertad de la Patria y Varona lo sabía: “Nosotros no teníamos miedo, estábamos excitados, no sentíamos “Superman”, todos muy jóvenes, morir por la patria es vivir era nuestra creencia”.

“Nos habían dicho que era casi imposible sobrevivir”, dice mientras conversa con Carlos León, el hombre que le debe, literalmente, la vida. En este momento, la entrevista se convirtió en un diálogo.

“Yo estaba en el pantano, detrás de una palma y me quedé sin municiones”, recuerda León, “el enemigo se dio cuenta de que no tenía balas y me estaban disparando. De repente, sentí una mano que me agarra por el cuello de la camisa, y era él, disparando y arrastrándome por el fango para sacarme de allí. Yo no soy un héroe, el héroe es él”.

De hecho, fue Carlos León quien se dedicó a buscar al amigo que lo salvó: “Sesenta años más tarde, a través de una herramienta de mi hijo, hicimos una búsqueda, lo encontré y lo fui a buscar, lo cómico es que nos vimos nos saludamos y no nos conocimos”.

Varona, entonces, retoma la batuta y, riendo, justifica: “Es que la última vez que lo vi, él tenía melena, él sigue siendo el cachorro (hace una pausa, traga en seco) la alegría fue tremenda”.

León no tiene palabras para agradecer a Varona: “Cada vez que yo veo a mis hijos, a mis nietos siempre pienso en él, fue gracias a él”, reafirma León.

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Carlos León (Derecha) se dedicó a buscar al amigo que lo salvó: “Sesenta años más tarde, a través de una herramienta de mi hijo, hicimos una búsqueda, lo encontré y lo fui a buscar, lo cómico es que nos vimos nos saludamos y no nos conocimos”.

Carlos León (Derecha) se dedicó a buscar al amigo que lo salvó: “Sesenta años más tarde, a través de una herramienta de mi hijo, hicimos una búsqueda, lo encontré y lo fui a buscar, lo cómico es que nos vimos nos saludamos y no nos conocimos”.

La conversación regresó entonces al escenario de Bahía de Cochinos: “Cuando nos capturaron, algo teníamos claro, nos iban a fusilar”, asegura León mientras trata de recordar cada detalle.

“Mi familia toda estaba en Cuba, no sabían que yo estaba en nada de eso…se enteraron cuando ya estaba preso y me fueron a ver al Príncipe (la prisión que establecieron en ese castillo) lo más duro para mí fue cuando fue mi abuela a verme a la cárcel. Todas las cosas que pasaban allí eran terribles, los registros que se hacían… la pasamos mal y si no fue peor se debe a que los presos comunes nos ayudaban, tiraban mensajes por la cerca etcétera”.

“Estábamos seguros de que nos iban a matar...Fidel castro fue una noche en persona para contar el plan que tenía, y lo dijo. Nosotros no creíamos en eso”. Al final nos liberaron “la guagua [ómnibus] en que yo salí era la última, por el orden alfabético de mi apellido. En el camino nos tiraban lechugas, tomates. Estábamos en el avión y llegaron un montón de carros y nos cercaron - falta un millón de dólares y no pueden irse - dijeron. Dentro del avión, la aeromoza dijo que no nos preocupáramos que estábamos en territorio americano. Cantamos el himno hasta que por fin dieron la salida porque la familia de Kennedy puso el dinero que faltaba”.

Varona prosiguió en la vida militar: “A los dos años, me inscribí al servicio y me fui a Vietnam”.

“Yo no hablo nada de eso, ni a mi familia. Incluso mucha gente que me conoce no sabe que yo pertenecí a la Brigada, como tengo estrés postraumático, siempre piensan que es debido a Vietnam, así que no menciono nada”.

No obstante, mira hacia atrás y se lamenta: “Había muchos cubanos que pudieron ir al combate y no fueron. Eran 40.000 hombres de edad militar en Miami en esa época. Muchos de esos que no fueron se acomodaron y comenzaron a hacer dinero y después paradójicamente nosotros trabajamos para esos que no fueron, algunos amasan verdaderas fortunas hoy en día”.

“También fue una mentira que había 100.000 hombres. Solo nos apuntamos 1.200, jovencitos, a un compañero le decíamos el viejito y tenía treinta y pico años. Hubo quienes dijeron y dicen que aquel no era el momento para la libertad de Cuba y yo pregunto ¿Cuándo es? han pasado ya 60 años…

“Yo regresaría ahora mismo. Con la edad que tengo. Yo sí no quiero que los americanos vayan a morirse por nosotros, eso no es problema de ellos, nos toca a los cubanos”.

En este instante se acomoda en la silla, respira profundo y pierde la mirada en la profundidad de algún recuerdo.

Rigoberto Varona no permanece tranquilo, como nervioso, pero no le tiembla la voz para revelar que extraña el paracaidismo: “Pienso tirarme pronto…yo sueño con tirarme en paracaídas, no me dejan hacerlo solo, por la edad, pero lo voy a hacer”.

Entonces le pregunto: ¿Cuándo fue la última vez que saltaste?

Ríe a carcajadas… “en Girón”.

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