BERLÍN- La noticia corrió como un reguero de pólvora en la modernísima Konrad-Adenauer-Haus de Berlín, la sede de la Unión Cristianodemócrata (CDU) de la canciller Angela Merkel.

Horst Seehofer, el presidente de la hermana bávara de la CDU, la Unión Cristianosocial (CSU), abrió el lunes en Múnich, en el otro extremo del país, la sesión de la cúpula partidista cuestionando la alianza con la CDU que existe desde la fundación de la República Federal de Alemania en 1949.

"¿La queremos, la necesitamos, nos va a todos mejor?", preguntó Seehofer a sus socialcristianos, que acababan de sufrir el domingo el peor resultado en una elecciones generales desde 1949.

Los conservadores bávaros perdieron más de diez puntos, del 49.3 en 2013 al 38.8 por ciento para convertirse en el partido alemán más castigado en las urnas en estas elecciones y vieron ascender en su feudo a los ultraderechistas de Alternativa para Alemania (AfD).

En ningún otro "Land" del oeste alemán, los conservadores sufrieron tanto el auge de los xenófobos, que alcanzaron hasta el 20 por ciento en algunos distritos bávaros y que a nivel nacional se alzaron como tercera fuerza, con 13 por ciento de los votos.

Poco después, los ánimos se calmaban y la dirigencia de la CSU resolvía por unanimidad continuar formando bancada con los democristianos de Merkel. Pero la canciller le vio las orejas al lobo.

La CDU obtuvo el peor resultado en los 12 años de la era Merkel, un 32.9 por ciento. Aún así, los conservadores fueron los más votados y Merkel deberá buscar socios fuera de casa para su cuarto mandato.

Por lo pronto no podrá reeditar la gran coalición con el Partido Socialdemócrata (SPD), que avisó que prefiere volver a la oposición después de caer al mínimo histórico de 20.5 por ciento.

Le queda a Merkel la opción de formar por primera vez un tripartito con el Partido Liberal (FDP) y Los Verdes conocido como Jamaica por los colores negro, amarillo y verde de las formaciones. Ambos partidos están dispuestos a hablar, pero antes la canciller tendrá que lidiar con su enemigo interior, la CSU.

"Vamos a conversar con la CSU para encontrar una propuesta conjunta" y después poder hablar con otros partidos, dijo Merkel tratando de apaciguar al "hermano" bávaro en un intento de llegar a una solución.

Merkel ya tiene experiencia en las lides con el bávaro, que suele seguir siempre el mismo guión: ladra, amenaza y al final termina dando el brazo a torcer.

Esta vez, sin embargo, Seehofer no parece estar dispuesto a ceder. Su futuro pende de un hilo. La CSU afronta en un año comicios regionales en los que el imperativo es defender la mayoría absoluta que ostenta en la católica Baviera desde 1962 con un corto interregno entre 2008 y 2013, cuando tuvo que aliarse con los liberales.

"No podemos seguir como si nada", lanzó Seehofer y demandó que la CDU y la CSU se sienten a aclarar temas centrales como la cuota máxima para el ingreso de refugiados que el bávaro ha repetido como un mantra desde que Merkel dejó entrar al país a casi 900.000 solicitantes de asilo del Cercano Oriente y África en 2015.

"No se puede entrar en conversaciones con otros si la CDU y la CSU no han llegado a una posición en estos asuntos", sostuvo Seehofer y se ofreció a hablar sobre el futuro rumbo político "en un clima de amistad fraternal".

El primer ministro de Baviera, el estado al que llegaron la mayoría de los refugiados, se convirtió en un aliado sumamente incómodo para Merkel hasta el punto de criticarla en público de una manera humillante en presencia de la mandataria.

"El trato con Merkel dentro del Gobierno siempre fue muy agradable. El problema era que tenía más dificultades con su propia gente que con nosotros", confirmó la tortuosa relación el ministro alemán del Exterior, el socialdemócrata Sigmar Gabriel.

Los socialcristianos han sido con frecuencia una piedra en el zapato de la CDU. Por ejemplo en política europea, un campo en el que han irritado a Merkel con sus demandas de más participación de ciudadanos a través de plebiscitos y del Parlamento alemán en las decisiones de Bruselas.

Con la debacle electoral dibujada en la cara, Seehofer desenterró la demanda del tope de 200.000 refugiados por año que había dejado de lado durante la campaña, también presionado por los suyos.

"Sin cuota máxima, la CSU tendría que ir a la oposición", reclamó el presidente de la Juventud Socialcristiana, Hans Reichhart. "Y habrá que convocar entonces nuevas elecciones".

Seehofer anticipó que su partido celebrará "por lo menos" un congreso o un referéndum entre los afiliados antes de dar el sí a un acuerdo de coalición. Previamente a eso deberá defender su puesto de presidente en un congreso previsto para el 17 y 18 de noviembre.

Y ya hay quien se está frotando las manos: uno de sus ministros más mediáticos, el titular de Finanzas Markus Söder, su mayor rival interno, que busca desbancarlo.

FUENTE: dpa/María Laura Aráoz

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