David Alandete: Creo que continúa, aunque ha cambiado de forma. La trama rusa no trataba solamente de Rusia ni de una serie de contactos concretos. Trataba de un método: aprovechar las fracturas internas de las democracias, alimentar los extremos, degradar la confianza en las instituciones y convertir la desinformación en un instrumento de poder.
Durante demasiado tiempo se presentó todo aquello como una exageración o como una disputa partidista. Hoy sabemos que la guerra híbrida existe, que precede muchas veces a la confrontación abierta y que no necesita convencer a toda una sociedad. Le basta con confundirla, dividirla y conseguir que deje de distinguir entre los hechos y la propaganda.
Lo más inquietante es que Rusia no inventó todas esas divisiones. Supo encontrarlas, explotarlas y amplificarlas. Y ese modelo ya no pertenece únicamente al Kremlin. Lo utilizan gobiernos, partidos, grupos económicos y movimientos ideológicos de signos muy distintos. La amenaza sigue ahí porque muchas democracias todavía no han aprendido a defenderse sin poner en peligro las libertades que pretenden proteger.
ZV: Cataluña pudo haberse convertido en un conflicto semejante al de Ucrania. Aunque la crisis continúa latente, ¿qué nos enseña Ucrania sobre lo en ese país?
DA: Cataluña no era Ucrania y sería un error establecer una equivalencia directa. España es una democracia, forma parte de la Unión Europea y de la OTAN, y el conflicto catalán no llegó a una dimensión militar. Pero sí hubo elementos propios de una operación de desestabilización: propaganda exterior, manipulación informativa, contactos políticos opacos y un intento de presentar una crisis interna de una democracia europea como un proceso de liberación frente a un Estado autoritario.
Ucrania demuestra hasta dónde puede llegar una estrategia que comienza negando la legitimidad de un país, fabricando agravios y utilizando identidades nacionales como arma política. Primero se debilita la realidad compartida; después se cuestionan las instituciones; finalmente, si las circunstancias lo permiten, llega la fuerza.
En Cataluña había dirigentes dispuestos a utilizar el apoyo de actores extranjeros sin medir sus consecuencias. Probablemente creían que podían servirse de ellos para alcanzar sus objetivos. La experiencia demuestra que las potencias autoritarias no ayudan gratuitamente a ningún movimiento: lo instrumentalizan para debilitar al adversario. El problema sigue latente mientras no se expliquen por completo aquellos contactos y no se asuman responsabilidades políticas.
ZV: Existe la sensación de que una gran humareda impide ver con claridad cualquier intento de liberación completa (Venezuela, Irán, Cuba demorada) bajo esta Administración norteamericana. No me cabe duda de que Marco Rubio está comprometido, pero ¿lo está todo el Gobierno?
DA: No creo que exista una sola política ni una única sensibilidad dentro del Gobierno. Marco Rubio conoce profundamente Cuba y Venezuela, entiende la naturaleza de esos regímenes y mantiene un compromiso personal con quienes han sufrido la represión. Pero una Administración es una coalición de intereses, instituciones y prioridades que no siempre coinciden.
Hay un sector que considera que la prioridad debe ser la transición democrática y que cualquier acuerdo con las estructuras del régimen solo sirve para prolongarlas. Otro piensa antes en la estabilidad, la seguridad, el petróleo, la inmigración o la necesidad de evitar el caos. Esa división se aprecia con claridad en Venezuela: unos quieren apoyar a quienes ganaron legitimidad en las urnas; otros prefieren negociar con quienes conservan el control efectivo del aparato del estado.
La política exterior rara vez se mueve únicamente por principios. El riesgo aparece cuando el pragmatismo deja de ser un instrumento y se convierte en una coartada. Se puede hablar con una dictadura, especialmente durante una emergencia, pero no se debe confundir la interlocución con la legitimación ni la estabilidad con la continuidad indefinida del régimen. Rubio tiene influencia, pero no decide solo. La cuestión es qué corriente terminará imponiéndose cuando haya que pasar de las declaraciones a las decisiones.
ZV: Desde Europa y América se aprecia mucho su trabajo periodístico, aunque también despierte envidias, algo inevitable en este oficio. ¿Qué cambió en usted después de La trama rusa para regresar con Objetivo Venganza, sobre la vuelta de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos?
DA: Cambió sobre todo mi manera de observar el poder. Con La trama rusa investigué cómo una operación exterior podía penetrar en una crisis política nacional. Con Objetivo Venganza intenté explicar algo distinto: cómo una persona que había perdido la Presidencia, había sido procesada, expulsada de muchas instituciones y dada políticamente por acabada consiguió regresar a la Casa Blanca.
Trump entendió antes que muchos de sus adversarios que los procesos judiciales, la hostilidad de buena parte de los medios y el rechazo de las élites podían reforzar el relato que lo sostenía: que el sistema quería impedir que sus votantes recuperaran el poder. Sus adversarios creyeron que estaban reduciendo su espacio político y, en muchos casos, contribuyeron a ampliarlo.
Como periodista, me hice más escéptico ante los relatos cerrados. Aprendí a desconfiar tanto de la versión oficial como de la explicación alternativa que pretende sustituirla. También entendí que cubrir a Trump exige separar tres cosas: lo que dice, lo que pretende hacer y lo que finalmente hace. No siempre coinciden.
Objetivo Venganza no es una defensa ni una condena. Es el intento de explicar sin prejuicios un regreso político que buena parte de la prensa consideraba imposible porque observaba a Trump desde el rechazo, no desde la comprensión. El deber del periodista no consiste en decirle al lector lo que debe pensar, sino en ofrecerle los hechos y las claves necesarias para que pueda entender lo que ocurre.
ZV: Los cubanos no podemos dejar de preguntarnos qué sucederá próximamente en la isla. Después de tantas promesas incumplidas por sucesivos gobiernos estadounidenses, y ante las crisis de Ucrania, Venezuela e Irán, ¿puede ofrecer alguna esperanza desde su posición como corresponsal en la Casa Blanca?
DA: Cuba es, ante todo, víctima de una dictadura que durante más de seis décadas ha destruido su economía, reprimido a su población y expulsado a millones de ciudadanos. Por eso es positivo que la Administración de Trump haya elevado la presión y que tanto el presidente como Marco Rubio hablen abiertamente de un cambio político. Por primera vez en mucho tiempo, Washington parece menos dispuesto a aceptar la continuidad del régimen como un hecho inevitable.
Estados Unidos puede cortar fuentes de financiación, perseguir las redes económicas del castrismo, aumentar su aislamiento y apoyar a la sociedad civil. El régimen atraviesa una crisis económica, energética y demográfica profunda y tiene cada vez menos capacidad para ofrecer un futuro, incluso a quienes todavía lo sostienen. Hay una oportunidad real, pero sería un error creer que basta con aumentar la presión. Hay que hacerlo bien, con un objetivo claro y una estrategia que evite que el colapso de la dictadura agrave todavía más el sufrimiento de los cubanos.
En mi opinión, la verdadera vergüenza ha sido la actitud de España y de otros socios europeos, que durante años han cerrado los ojos ante la represión mientras empresas españolas y europeas hacían negocios con un régimen brutal. Esa normalización económica y diplomática ha contribuido a prolongar la vida de la dictadura. Ha sido precisamente Trump quien ha empezado a expulsar y sancionar a algunas de esas empresas vinculadas a sectores estratégicos controlados por el castrismo.
También existe el riesgo de que Washington vuelva a sacrificar la democratización a cambio de estabilidad, control migratorio o acuerdos puntuales, como parece estar ocurriendo a corto plazo en Venezuela. En Cuba, sin embargo, la emergencia es aún más profunda y los estragos de una dictadura sangrienta y represora han sido mucho mayores.
La presión internacional es necesaria, pero también lo es una alternativa política reconocible, organizada y capaz de garantizar que el final de la dictadura no desemboque en el caos. En ese sentido, considero importante que Rubio haya empezado a explorar contactos con sectores del propio castrismo para determinar si existe una vía reformista que facilite una transición. Estados Unidos puede contribuir a crear las condiciones, pero la libertad de Cuba tendrá que ser protagonizada por los propios cubanos.
ZV: Respecto a Oriente Medio, ¿no cree que se ha cometido un error grave al tratar a Israel con ligereza mientras se concedía más margen de poder a Irán, que continúa siendo una tiranía?
DA: Durante años se cometió el error de tratar a Irán como si fuera simplemente un estado con intereses negociables, cuando es una teocracia revolucionaria y homicida que ha convertido la expansión regional y la destrucción de Israel en elementos de su identidad política. Negociar con Irán podía ser necesario, pero hacerlo sin mecanismos eficaces de verificación y sin consecuencias claras por los incumplimientos permitió que Teherán ganara tiempo, recursos e influencia.
También sería un error pensar que apoyar a Israel exige aprobar todas las decisiones de sus gobiernos. Israel es una democracia y debe responder por sus actos, precisamente porque comparte un sistema de valores y unas obligaciones jurídicas que Irán desprecia y niega a sus ciudadanos. La crítica a una operación concreta de Israel puede ser legítima; lo que no lo es es establecer una equivalencia moral entre una democracia amenazada y una dictadura que financia grupos armados, reprime a su población, apedrea a mujeres, ahorca a homosexuales y utiliza la desestabilización como política de Estado.
El problema de la política occidental ha sido con frecuencia la falta de continuidad: se presiona a Irán, después se negocia; se levantan sanciones, luego se restablecen; se proclaman líneas rojas que finalmente no se cumplen. Esa oscilación ha debilitado la disuasión. Una estrategia seria debe impedir que Irán pueda amenazar a Israel y a sus vecinos, pero también evitar que una guerra sin objetivos políticos claros termine fortaleciendo a los sectores más radicales del régimen.
ZV: Desde la perspectiva que le ofrece su trabajo, ¿cómo ve la posición del Partido Republicano ante las elecciones de noviembre?
DA: Los republicanos llegan con una exposición considerable. Controlan las dos cámaras y la Casa Blanca, de modo que ya no pueden atribuir los problemas del país únicamente a sus adversarios. Las elecciones legislativas suelen castigar al partido del presidente, y una mayoría estrecha en la Cámara de Representantes puede desaparecer con un movimiento relativamente pequeño del electorado.
El Senado ofrece un mapa algo más favorable, aunque los republicanos deben defender 23 de los 35 escaños sometidos a elección y los demócratas necesitan una ganancia neta de cuatro para recuperar la mayoría. La Cámara está mucho más abierta, y los primeros análisis consideran que el control del Congreso está en disputa.
Trump mantiene una capacidad extraordinaria para movilizar a sus bases, pero no estará personalmente en la papeleta. Ese es siempre un problema para el trumpismo: sus candidatos no reproducen necesariamente su participación electoral. Además, la guerra con Irán, el precio de la energía, el coste de la vida y la percepción de desorden pueden pesar más que cualquier debate ideológico.
No veo una derrota republicana inevitable ni una ola demócrata asegurada. Los demócratas siguen teniendo dificultades para articular un proyecto reconocible más allá de su oposición a Trump. Pero los republicanos corren el riesgo de que estas elecciones se conviertan en un referéndum sobre la acumulación de poder, los conflictos exteriores y la vida cotidiana de los estadounidenses. Hoy el Senado parece más defendible; la Cámara de Representantes, mucho más vulnerable. Aunque he de decir que el efecto Trump es impredecible, y ya nos ha dado muchas sorpresas estos pasados años.
ZV: Muchas gracias.