viernes 24  de  julio 2026
HISTORIAS DE VIDA

"Marcados para siempre", testimonio de quienes asistieron tras terremotos en Venezuela

Dos voluntarios de Enfermería reconstruyen para DIARIO LAS AMÉRICAS los cuatro días que enfrentaron tras los terremotos y que marcaron sus vidas

Diario las Américas | CARLOS ARMANDO CABRERA
Por CARLOS ARMANDO CABRERA

MIAMI.- Un mes después de los terremotos que sacudieron Venezuela, las heridas siguen abiertas. La Guaira, el estado más golpeado por el desastre, continúa siendo el símbolo de una catástrofe que redujo edificios a escombros, dejó comunidades enteras incomunicadas y obligó a miles de familias a comenzar de nuevo. Mientras brigadas de rescate, bomberos, voluntarios y personal sanitario trabajaban contra el reloj para encontrar sobrevivientes, el país enfrentaba una de las emergencias más devastadoras de su historia reciente.

El balance oficial refleja la magnitud de la tragedia: 5.398 personas fallecidas, 16.740 heridas, 17.907 desplazadas y más de 6.400 rescatadas, mientras las labores de recuperación continúan en las zonas afectadas. Sin embargo, detrás de cada cifra hay una historia de pérdida, solidaridad y esperanza.

En medio de ese escenario, cuando muchos intentaban ponerse a salvo, Michel Torres, licenciada en Enfermería, y Michael Pérez, estudiante de sexto año de la carrera, sintieron que no podían permanecer inmóviles.

Un mes después, ambos reconstruyen para DIARIO LAS AMÉRICAS aquellos cuatro días que aún permanecen intactos en su memoria.

Su destino era el Hospital Miguel Pérez Carreño, uno de los centros asistenciales que comenzó a recibir un flujo incesante de pacientes procedentes de La Guaira y otras regiones golpeadas por los sismos.

No sabían lo que encontrarían al llegar.

Tampoco imaginaban que los días siguientes cambiarían para siempre su manera de entender la vida y la profesión que habían decidido abrazar.

Ni siquiera la escasez de combustible logró detenerlos.

“Nos quedamos sin gasolina en el camino y unos motorizados de Yummy nos regalaron combustible para que pudiéramos llegar al hospital”, recuerda Michel.

Aquel gesto solidario fue apenas el primero de muchos que encontrarían durante la emergencia.

Al cruzar las puertas del centro asistencial comprendieron que ninguna imagen vista por televisión o en las redes sociales alcanzaba a reflejar la realidad que tenían frente a ellos.

"Los pasillos permanecían abarrotados. Las ambulancias llegaban una tras otra. Médicos, enfermeros y rescatistas corrían de un paciente a otro mientras decenas de familias aguardaban noticias con la esperanza de volver a abrazar a un ser querido", relatan.

Durante más de 24 horas permanecieron sin dormir. Atendieron a cientos de personas, improvisaron soluciones ante la escasez de recursos y aprendieron a controlar sus propias emociones mientras intentaban transmitir tranquilidad a quienes luchaban por sobrevivir.

“Las ganas de ayudar a mi país y a la cantidad de personas que sabíamos que iban a llegar heridas fueron las que me llevaron al hospital”, cuenta Torres.

El agotamiento físico pasó rápidamente a un segundo plano. Lo verdaderamente difícil era enfrentarse, una y otra vez, al sufrimiento humano.

“Sentimos miedo en todo momento, pero más que miedo fue el dolor de ver tanto desastre”, confiesan

Cada paciente dejaba una huella. Pero hubo una historia que la enfermera ha conseguido borrar de su memoria: la de Samuel Brito, un niño de apenas 12 años que perdió a sus padres durante los terremotos.

Antes del desastre era considerado una de las grandes promesas del béisbol infantil venezolano. Había sido elegido Jugador Más Valioso (MVP) y se preparaba para viajar a Japón en septiembre con el fin de continuar desarrollando su talento deportivo. En cuestión de segundos, el desastre natural transformó ese futuro prometedor en una batalla completamente distinta: la de seguir adelante sin las dos personas que más necesitaba.

“Jamás olvidaré la historia de Samuel Brito. Aun sin sus padres, sigue luchando para salir adelante. Es un verdadero campeón”, afirma.

La fortaleza del niño terminó convirtiéndose también en una lección para quienes intentaban asistirlo, reafirmando la vocación que ambos habían elegido.

Para Michel, la experiencia confirmó que ejercer la enfermería implica mucho más que aplicar un tratamiento o administrar un medicamento.

“Nací para esto, para salvar vidas”, asegura.

Durante aquellos cuatro días ambos entendieron que, en medio de una tragedia de semejante magnitud, el trabajo de un enfermero trasciende los procedimientos clínicos. También consiste en ofrecer una palabra de aliento, tomar una mano en medio de la incertidumbre o transmitir calma cuando el miedo parece imponerse.

Descubrieron que la profesión adquiere su verdadero significado precisamente cuando las circunstancias ponen a prueba la capacidad de servir.

“Somos un pilar fundamental. Sin los enfermeros, el funcionamiento de un hospital simplemente no sería el mismo”, subrayan.

Aquellas jornadas le permitieron comprobar que el personal de Enfermería permanece junto al paciente desde su ingreso hasta el momento del alta o, en muchos casos, durante sus horas más difíciles.

Antes de partir hacia el Hospital Miguel Pérez Carreño, ambos conversaron con sus familias.

Sabían que enfrentarían jornadas extenuantes, un escenario impredecible y el riesgo que implicaba permanecer durante horas en una zona afectada por los terremotos.

Aun así, recibieron un respaldo absoluto.

Ese apoyo terminó convirtiéndose en el impulso que necesitaban para permanecer allí hasta el final.

Los días transcurrían casi sin que pudieran percibir el paso del tiempo.

Las horas se medían por la llegada de nuevas ambulancias, el ingreso constante de damnificados y la necesidad de responder a cada emergencia sin margen para el cansancio.

Dormir dejó de ser una prioridad. Comer pasó a un segundo plano. Lo único importante era atender a quienes seguían llegando a la sala de emergencias.

Cuando concluyeron como voluntariados y finalmente regresaron a casa, comprendieron que ya no eran las mismas personas.

“Fue algo raro… indescriptible”, resumieron.

El cuerpo acusaba el agotamiento. La mente, sin embargo, seguía recorriendo los pasillos del hospital. Las horas de trabajo quedaron atrás, pero las desgarradoras imágenes, no.

Un mes después todavía vuelven a su memoria los rostros de quienes luchaban por sobrevivir, el sonido incesante de las ambulancias, las noches sin descanso y el silencio que quedaba al terminar cada jornada.

Hay escenas que, admiten, continúan apareciendo una y otra vez. Y entre todas ellas siempre vuelve la historia de Samuel. Su fortaleza terminó convirtiéndose en un recordatorio de que incluso en medio de la pérdida más profunda es posible encontrar motivos para seguir adelante.

Cuando se les pregunta si aceptarían nuevamente una misión como aquella, ninguno necesita pensarlo.

La respuesta llega de inmediato: “sí”.

No porque deseen volver a enfrentarse a una situación como esa. Sino porque comprendieron que la vocación de servir adquiere su verdadero significado precisamente cuando alguien más atraviesa el momento más difícil de su vida.

Los terremotos dejaron miles de víctimas, comunidades destruidas y familias marcadas para siempre. También dejaron huellas imborrables en quienes decidieron correr hacia la emergencia cuando la mayoría buscaba alejarse de ella tanto desde dentro como a miles de distancia de longitud.

Michel Torres y Michael Pérez fueron dos de esas personas. Llegaron con la intención de ayudar. Y hoy aunque ya han vuelto a sonreír, regresaron convencidos de que con aquella experiencia no solo reafirmaron su compromiso con la enfermería. También les recordó que la solidaridad, la empatía y la voluntad de servir pueden convertirse en el primer paso para comenzar a reconstruir vidas cuando todo parece perdido.

Ninguno buscó reconocimiento. Ambos simplemente respondieron al llamado de una profesión que, en medio del desastre, les confirmó por qué un día decidieron dedicar su vida a cuidar la de los demás.

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