Cuando hace 200 años una fresa de Chile y una de Estados Unidos se encontraron en un elegante jardín francés, en una cita a ciegas arreglada por jardineros que querían crear una baya mejor, fue amor a primera vista, comenta Bob Berwyn en un artículo publicado por Deutsche Welle recientemente.

Hasta entonces, comenta Berwyn, las especies importadas del estado estadounidense de Virginia no producían mucho, mientras que los frutos de las variedades europeas eran muy pequeños. Resultó que los genes chilenos contenían el ingrediente mágico y casi todas las fresas que se compran en el mercado hoy en día provienen de esa cepa.

Las deliciosas fresas pueden ser el resultado más sabroso de la manipulación genética, pero no son el único. Hace 10.000 años, los mesopotámicos comenzaron a propagar hierbas silvestres con las semillas más grandes, convirtiéndolas en las plantas que ahora llamamos arroz, trigo, cebada, avena, mijo o centeno.

En la fértil llanura del Danubio, al oeste de Viena, los agricultores han cultivado plantas durante al menos 5.000 años. Aquí, los científicos del Departamento Interuniversitario de Agrobiotecnología en Tulln, Austria, están rastreando alrededor de 80 variedades de granos en parcelas al aire libre e invernaderos, en algunos casos hasta el nivel molecular.

El trabajo es importante porque alrededor de mil millones de personas están desnutridas en todo el mundo. Garantizar alimento suficiente para la población mundial en rápido crecimiento de aquí al año 2100 es un gran desafío, según el ecologista de plantas Hermann Bürstmayer, de pie en medio de las parcelas de prueba de granos, que le llegan hasta la cintura, asegura el artículo de Deutsche Welle.

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<p>Laboratorio de trigo: en invernaderos, los cient&iacute;ficos polinizan cuidadosamente cepas concretas de trigo para crear un semillero puro. Otros investigadores est&aacute;n decodificando y catalogando un registro gen&eacute;tico detallado de las plantas.</p>

Laboratorio de trigo: en invernaderos, los científicos polinizan cuidadosamente cepas concretas de trigo para crear un semillero puro. Otros investigadores están decodificando y catalogando un registro genético detallado de las plantas.

En los invernaderos, los investigadores polinizan cuidadosamente cepas determinadas de grano utilizando una especie de vaina de plástico para aislar las flores. En laboratorios cercanos, las semillas y las plantas se cortan en rodajas y dados y se analizan químicamente hasta el nivel celular.

"Estoy preocupado. La población mundial está aumentando, pero la cantidad de tierra para la agricultura no”, dice Bürstmayr a DW. "No hay una sola herramienta, pero sí muchos ajustes que podemos aplicar a los sistemas agrícolas para asegurar el suministro de alimentos”, explica. "Estamos descifrando los genomas, ¿pero entendemos lo que nos dicen?”, se pregunta.

Salto cuántico

Trabajando con otros equipos internacionales, los científicos pueden "editar” o "corregir” el genoma de cualquier célula, en este caso procedentes de plantas. Sería algo así como unas tijeras moleculares capaces de cortar cualquier molécula de ADN de una manera muy precisa y controlada. A esta nueva técnica genética se le conoce como CRISPR, o coloquialmente el "cortar y pegar” de la genética.

Sin embargo, los últimos avances en tecnología genética han reavivado los debates éticos fundamentales sobre la manipulación humana del material genético en plantas y animales. Especialmente porque la disciplina se dirige hacia territorios inexplorados, modificando animales para hacerlos más compatibles con el engorde de corral, así como algas y levaduras para crear productos de laboratorio, que podrían reemplazar a los alimentos cultivados en granjas.

Los inversionistas están muy entusiasmados con los alimentos que se pueden patentar, según Stacy Caldwell, directora de Right to Know, un grupo de control de organismos modificados genéticamente (OGM) con sede en California. Los productos hechos con las últimas tecnologías de modificación genética son fundamentalmente diferentes y pueden ser patentados con ánimo de lucro, según critica Caldwell.

"La industria alimentaria está gastando enormes cantidades de dinero para convencer a la gente de que necesitamos alimentos de alta tecnología para alimentar al mundo. La industrialización de la producción alimentaria sirve para concentrar el poder y la riqueza en manos de unos pocos, pero no es eso lo que pide la gente”, explica a DW.

El mismo debate

"La preocupación es que la industria siga el camino que siempre ha seguido en el pasado”, dice, explicando cómo la adopción generalizada de cultivos modificados genéticamente para la tolerancia a los plaguicidas ha aumentado la dependencia de los productos químicos agrícolas.

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<p>Más de 6.000 variedades de semillas se almacenan en el banco de semillas y se propagan de forma rotativa a través de una red de varios cientos de cultivadores, todo ello para apoyar la agricultura sostenible adaptada a la región.</p>

Más de 6.000 variedades de semillas se almacenan en el banco de semillas y se propagan de forma rotativa a través de una red de varios cientos de cultivadores, todo ello para apoyar la agricultura sostenible adaptada a la región.

En general, la tecnología supera la capacidad de la sociedad para establecer regulaciones eficaces y, a falta de normas, el mercado se convierte en el principal impulsor. Algunas de las últimas patentes de edición genética están siendo impugnadas en batallas judiciales de gran envergadura.

Todavía hay debate acerca de dónde está el límite en lo que se refiere a ingeniería genética, desde la mejora genética "regular” de plantas hasta la transferencia genética horizontal entre especies, pero para Caldwell, las nuevas técnicas de edición genética deberían regularse de la misma manera que las categorías ya aceptadas de modificación genética.

Incluso si los científicos no añaden nada nuevo, la extracción de material genético podría desencadenar cambios no deseados, incluyendo la pérdida potencial de los valores nutricionales sugeridos por algunos estudios previos.

"Los genes encajan dentro del ecosistema de un organismo, y cambiar una parte de ello puede tener consecuencias inesperadas. Aplicarlo en nuestro suministro de alimentos antes de comprenderlo completamente, es lo último que deberíamos hacer”, subraya.

¿Es realmente necesario?

Cuando se analiza la cuestión de la seguridad alimentaria a nivel mundial a lo largo del tiempo, se obtiene una imagen clara de los patrones observados, según Karlheinz Erb, ecologista social de la Universidad de Viena.

"Hay una historia sorprendente, una respuesta sistémica en el modo de consumo. Tenemos efectos de rebote muy fuertes”, explica a DW. "Cuando la producción alimentaria se hace más eficiente, el aumento de la eficiencia se compensa con el aumento de consumo”, aclara.

Según Erb, no es bueno tratar de abordar el problema relacionado con la alimentación mundial únicamente por medio de la producción. "Tenemos que tener en cuenta el consumo. No podemos combatir la desnutrición aumentando siempre la producción”, señala.

Cuanto más producimos, más comemos, pero el problema es que la producción no se distribuye uniformemente en todo el mundo. En pocas palabras, el norte rico y global tiene un problema de consumo excesivo y despilfarro, que conduce a enfermedades cardíacas, obesidad y diabetes, que muchos científicos de la alimentación también consideran una forma de desnutrición. Eliminar el hambre en el mundo requiere que se reconozca ese desequilibrio, según Erb.

Un estudio dirigido por Erb en 2016, demostró que el suministro mundial de alimentos para la población proyectada puede garantizarse sin una intervención genética radical, e incluso sin deforestación adicional.

Como muchos otros estudios recientes, Erb también encontró que no es necesario realizar un cambio masivo hacia cultivos de alto rendimiento. Reduciendo el consumo mundial de carne, "la población mundial puede alimentarse saludablemente incluso con bajos rendimientos y poca expansión de tierras de cultivo”, afirma el estudio.

Los últimos hallazgos podrían influir en la política agrícola, incluyendo las discusiones en curso de la Unión Europea en este ámbito, según Erb. "Las revisiones clave, incluyendo la eliminación gradual de subsidios para fertilizantes y pesticidas y la promoción de alternativas agroecológicas serían pasos importantes en el camino hacia un futuro alimentario sostenible”, concluye.

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