Al principio costó procesar la información como cierta. ¿Acaso le habían hackeado la cuenta de Twitter al secretario general de la OEA, Luis Almagro? ¿Cómo puede ser verdad que haya mantenido una reunión para conversar sobre temas “políticos e institucionales” con uno de los protagonistas de la violación más reciente a nuestra Constitución? El sujeto en cuestión es Luis Parra, miembro de la llamada fracción CLAP, comprobado representante de Alex Saab, testaferro de Nicolás Maduro, actual huésped de Cabo Verde donde lo mantienen en una prisión esperando juicio ante una solicitud de extradición de Estados Unidos.

Me detengo a recordar que Parra ha destacado por su amoralidad. Quiero referir acciones recientes como la Operación Alacrán, plan llevado a cabo el año pasado desde el Poder Ejecutivo para tratar de impedir la reelección de Juan Guaidó como presidente de la Asamblea Nacional. El proyecto ramplón se reducía a la compra de conciencias al cálculo de un millón de dólares por voto. Algunos hicieron rebaja, pero en estricto sentido de la justicia hay que reconocer que la gran mayoría de los parlamentarios se mantuvo firme –a pesar de estar transitando por severos problemas económicos– y asistió a la votación en favor de Guaidó y ha continuado cumpliendo con sus funciones a pesar de amenazas, ataques, chantaje y persecución.

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Parra es entonces –y no hay posibilidad de que Almagro lo ignore– un crápula que en el clímax de la Operación Alacrán confabuló con la Guardia Nacional y la Policía Nacional Bolivariana para evitar que el presidente Guaidó pudiera acceder al salón de sesiones del Palacio Legislativo, lo que obligó a que la mayoría de los diputados tuviera que sesionar fuera del Parlamento. Aun así, el 5 de enero de 2020 Guaidó fue ratificado con 111 votos, mientras Parra y sus compinches, ni siquiera se contaron como parte de la prolongada violación del reglamento de interior y debates de la Asamblea Nacional.

Con ese prontuario, el diputado Luis Parra ha anexado a su equipo a Leocenis García para que cumpla funciones de lobby con énfasis en Estados Unidos. Quizás Almagro pasó por alto el sentido homenaje de García a Pablo Escobar Gaviria en su tumba. Ustedes me dirán qué interés pueden tener estos empleados de Alex Saab y Diosdado Cabello, en conversar con el secretario general de la OEA.

No exagero al decir que Luis Almagro ha herido a los venezolanos de bien. Estoy sentada en la primera fila de quienes más lloran esta puñalada infligida. Primero, no entiendo. Aunque debe quedar claro que por muy afectados que estemos, jamás debemos olvidar todo lo que Almagro ha hecho en favor de la lucha democrática venezolana. Tal vez por eso, esta acción duele más. Se trata del hombre que, desde mayo de 2015, cuando ascendió a la secretaría general de la OEA, hizo de Venezuela su causa. Nosotros, ya acostumbrados al desprecio de José Miguel Insulza, no dábamos crédito a la pasión, al amor, a la solidaridad y entrega de Almagro.

También se agradece su amplitud política y sensatez. Almagro escucha voces diversas, en ocasiones enfrentadas, de la oposición venezolana. Esa es una virtud imprescindible. También es de respetar que él decida conversar con quienes, desde el pensamiento chavista, procuran una salida democrática. Pero hablar con quien encabeza el andamiaje que bombardea la institucionalidad, es difícil de comprender. ¿Qué lectura damos a esta decisión? Una de ellas podría suponer que ha disparado a la legitimidad de Juan Guaidó, no sólo como presidente interino, si no peor aún, como presidente de la Asamblea Nacional. Y aunque la versión extraoficial indica que el encuentro fue el resultado de una especie de celada de Leocenis García quien, sorpresivamente, habría incorporado a la reunión a Luis Parra, la pregunta lógica –de ser cierta esta versión– es ¿qué más iba a esperar de ese interlocutor?

Para sorpresa de algunos, Almagro registró el evento en Twitter. Eso estuvo bien porque se adelantó a la segura manipulación que sus interlocutores iban a pretender, pero igual fue duro. Quedó retumbando en la cabeza la idea de imaginar qué ángulo de la institucionalidad se puede conversar con Luis Parra.

Almagro se equivocó. Tampoco por eso lo vamos a crucificar. Lo que sucede es que estamos en tiempos en los que los venezolanos nos vamos sintiendo cada vez más desamparados. En los que la bondad es leída con escepticismo y a la solidaridad la saludamos con sospechas.

Esto no borra para nada la epopeya de Almagro por Venezuela. Pero una grieta sí deja.

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