Cuando el Congreso de Estados Unidos descubrió en 2023 que las grúas portuarias fabricadas por la empresa china ZPMC incluían componentes con capacidad de transmitir datos a servidores en China, la reacción fue inmediata, con auditorías, restricciones y un debate urgente sobre infraestructura crítica. Las grúas movían contenedores, sin embargo, lo que preocupó no fue la carga, sino el sensor.
Un problema similar empieza toma forma en otro sector, con menos atención pública.
CATL, Contemporary Amperex Technology Co. Limited, es el mayor fabricante de baterías del mundo. Tiene su sede en Fujian, China, y controla cerca del 39% del mercado global de baterías para vehículos eléctricos. Entre tanto, la compañía expande su división de almacenamiento energético. Así, esta semana reportó ganancias anuales de $10.400 millones de dólares, un 42% por encima del año anterior. Sus acciones subieron casi un 10%, al tiempo que los analistas celebran y la prensa financiera acompaña.
El cálculo que no aparece en esos análisis empieza después de la firma del contrato.
Las baterías industriales de gran escala que CATL vende para centros de datos no son componentes pasivos. Cada sistema incluye un BMS, Battery Management System, un sistema electrónico que monitorea temperatura, carga, ciclos de descarga y gestiona la distribución de energía en tiempo real. Ese BMS funciona con un firmware que puede actualizarse de forma remota. Y ese sistema está conectado a la infraestructura energética del centro de datos al que sirve de respaldo eléctrico.
Un centro de datos que aloja infraestructura de inteligencia artificial, modelos de lenguaje, sistemas de defensa, redes financieras o comunicaciones gubernamentales, y que depende de baterías CATL para mantener la energía ante un corte de red, entrega a un proveedor sujeto a las leyes de inteligencia nacional de la República Popular China la capacidad técnica de intervenir sobre ese respaldo energético en el momento más crítico.
No es una hipótesis abstracta, sino el mismo tipo de preocupación que llevó a la prohibición de routers Huawei en redes gubernamentales occidentales. Este mismo razonamiento impulsó revisiones regulatorias sobre inversores solares de fabricación china instalados en redes eléctricas europeas, equipos que también incluyen conectividad remota. La lógica es la misma, solo cambia el hardware.
La pregunta relevante no es si CATL tiene hoy la intención de explotar esa capacidad. La cuestión es si las economías occidentales pueden construir infraestructura estratégica de inteligencia artificial sobre un componente crítico cuyo fabricante está legalmente obligado a cooperar con el Estado chino si se lo requiere.
Para CATL, que hoy crece a tasas extraordinarias y planea nuevas fábricas en Alemania, Hungría, España e Indonesia, este es un riesgo estructural que todavía no aparece en los modelos de valoración de mercado. El negocio de centros de datos que hoy impulsa sus resultados se transformará, en cuanto los reguladores occidentales planteen esta pregunta, en el motivo de su exclusión del mercado más lucrativo del mundo.
Las grúas tardaron años en generar alarma, ahora las baterías entran silenciosamente en los edificios donde funciona la inteligencia artificial de Occidente.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.