El populismo, como lo define el diccionario, es el u201crégimen político que intenta buscar apoyo en las masas populares y que desea (y agrego yo, promete) defender a éstas u201d. n
Dos acontecimientos recientes en América Hispana nos hacen reflexionar sobre la anterior definición: la derrota electoral del gobierno de Correa, en Ecuador, al perder el favor popular en las elecciones para cargos importantes en la estructura del Estado, y el movimiento estudiantil y demás sectores populares de oposición activa en Venezuela, que al tiempo que se escribe este artículo no sabemos su desenlace, pero sí es ya un vuelco en la actitud de amplios sectores del pueblo en contra de la forma o régimen del gobierno de dicho país. (Recuérdese que Nicolás Maduro, en elecciones de dudosa honestidad, se adjudicó el triunfo por un margen muy estrecho frente a la oposición). n Es cierto que bajo el emblema populista, hubo en la historia política de América Hispana gobiernos de veraz demagogia, que utilizaron sus consignas populistas para llegar al poder dentro de las vías de democracia formal, y que al cabo pasaron sin pena ni gloria por sus países. nPero esa consigna y mecánica populista, con la promesa de defender a las masas populares, apoyándose en ellas para escalar al poder, ha sido también la consigna y la acción política en gobiernos de dictaduras y conclusión totalitaria. nLuego todos caen en la misma calificación.
Mussolini, primero socialista y después fundador del Partido Fascista, llegó al poder en Italia apoyándose en las masas. Adolfo Hitler, al frente del Partido Nacional Socialista, con arraigo en las masas, llegó al poder, imponiendo después una férrea dictadura totalitaria. Lenin. y su sucesor Stalin, al frente del Partido Comunista de la Unión Soviética, con su primera fase conceptual nominada como socialista, crearon la dictadura más funcional y terrible en la historia moderna, con el manejo de las u201cmasas populares u201d. n
Qué bien vienen al caso, como anticipo visionario, estas palabras de José Martí, al señalar entre los u201cpeligros que tiene la idea socialista u2026 el de la soberbia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados u201d. n
Dentro de este esquema, acaso en menos dimensión, tuvimos en América Hispana del siglo XX, el gobierno autotitulado del Estado Nuevo, de Jetulio Vargas, en Brasil (1930 a 1955), y más típico aún el régimen nominado Justicialista, de Juan Domingo Perón (1946 a l955), en Argentina. Ambos modelos más inclinados al fascismo populista. n
El comunismo soviético puso su u201cpica en Flandes u201d con la traidora importación de aquel sistema en Cuba, por Fidel Castro y su grupo, tras el triunfo insurreccional en 1959, a poco de controlar el poder, y con manejo de las u201cmasas populares u201d, en las circunstancias bipolares de aquella hora del mundo. n
Fracasada la penetración ideológica por vías de la subversión guerrillera castrocomunista en el continente, y desmantelada la Unión Soviética, quedaba, al menos, con una variante, el sendero, de hecho populista, con su nuevo andamiaje, mientras se mantiene el bastión ortodoxo en la Cuba castrista. n
Chávez fracasa en el intento de golpe de Estado, fórmula ya gastada. Pero carena sus naves en La Habana, para un nuevo viaje, y triunfa en la aventura electoral, bajo las banderas populistas. Y a su paso bajo las espadas de triunfo, desde se retablo nacional venezolano salta al plano continental justificándose en la gloriosa imagen de Simón Bolívar, para el paso de fronteras y, al cabo, se revela la misión perseguida, que culmina con el Socialismo del Siglo XXI, con la concentración de poderes y las transformaciones revolucionarias por vías institucionales. n Desde ahí, como en el llamado u201cefecto dominó u201d van cayendo las fichas: Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Argentina acaso. Pero el camino de esa marcha triunfal chavista-castrista, como dijimos al comienzo de este artículo, dos acontecimientos recientes nos hacen reflexionar: la derrota electoral del Gobierno de Correa, en Ecuador, y el movimiento masivo de sectores del pueblo, con decenas de miles de venezolanos en las calles y ciudades del país. n
Cabe entonces aventurarnos en dejar abiertas estas interrogantes de impredecibles respuestas: u00bfEs que el populismo, en esta crucial coyuntura, estará librando su última batalla en este continente? Y de ser así, u00bfel castrocomunismo entonces estaría compulsado a entonar su canto final del cisne, desde su bastión de La Habana?