Vengo de visitar un castillo del siglo XVI y comprendo perfectamente que nuestros antepasados estuvieran todo el día de guerra en guerra. A fin de cuentas, si vigilas un mar y tienes noventa cañones enfocando hacia la entrada de la ría, a menos que seas un sieso, la tentación es hundir la flota haciendo saltar por los aires a todos los piratas, como en uno de esos videojuegos de ahora para niños de dos años. Pero no es solo eso. En esos viejos castillos, todo invita a mantener el orden y a hacer las cosas con la nobleza del que tiene algo más que un tesoro material a sus espaldas. No defiendes con un monstruo así tu ciudad si no estás convencido de que lo que guardas a tus espaldas son cosas que están llamadas a eternidad, como el amor a los tuyos, la fidelidad a tus mayores y sus conquistas, y la defensa de tus valores. Crees con firmeza en lo que defiendes y en su valor inmaterial.

Esta fortaleza militar ferrolana, en su versión reformada del siglo XVIII, está inspirada en el ingenio del Marqués de Vauban, el mismo que ideó novedosas formas de defender mejor las propias fronteras; un tipo de la Borgoña francesa de 1633, que supongo que hoy estaría convenientemente proscrito por el belicismo inherente a su ingeniería militar, pero que en su tiempo recibió el título de Mariscal de Francia por la pericia con la que desarrolló tácticas infalibles para asaltos, en su condición de director técnico de masacrar enemigos, que es algo parecido a lo que hace ahora la defensa del Real Madrid pero al revés.

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Siglos atrás, una gruesa cadena cruzaba el mar desde este castillo hasta los pies del que hay en la costa de en frente, impidiendo el paso a los barcos enemigos. Todos estos esfuerzos por proteger un puerto clave en la costa norte de España, son fruto de un tiempo en que, con frecuencia, la diplomacia era un asunto que se dirimía en función de la trayectoria de las bolas de hierro fundido de 36 libras.

Comprendo que es difícil asumir este asunto de los cañones en los castillos para los nietos de la generación que acabó con las guerras del mundo poniéndose hasta el culo de LSD y coreando Imagine, pero puestos a hacer temblar los cimientos de la puerilidad de nuestro tiempo, prefiero ahondar en la herida: si no existieran conceptos como el honor o la dignidad, si defender un territorio fuera solo un asunto geoeconómico, sería suficiente con disuadir al invasor hirviendo unas cuantas toneladas de coliflor, sin necesidad de alzar un imponente castillo a la entrada de cualquier ciudad. Quizá por eso hoy sea tan común encontrarse a líderes tuiteros proponiendo hacer frente a los yihadistas lanzándoles lonchas de jamón ibérico. Personalmente, me parece un despropósito malgastarlo así pudiendo lanzarles granadas, que son mucho más nutritivas.

En realidad, alzar un castillo es también una manera de respetar a tus enemigos. No te esfuerzas tanto para defenderte de un incompetente. Y en todo caso, si mueres asaltando una fortaleza así, tienes una buena historia que contar a tus nietos. De acuerdo, tal vez no puedas hacerlo porque embalsamado y bajo cien paladas de tierra pierdes parte de tu vieja locuacidad, pero estoy seguro de que alguien podrá hacerlo por ti y de que un montón de nostálgicos de la pólvora darán likes a tu gesta en las redes, como lo habríamos hecho los adolescentes de los 90 sobre una foto de Nicole Kidman si nos hubieran dado la oportunidad de opinar.

Más allá de lo épico, tiene algo además este castillo que ha terminado de cautivar mi corazón, y es que exige un cierto respeto a esos visitantes que tratan de conquistarlo ataviados con riñoneras fosforitas, gruesos dedos al aire y camisetas con mensaje. A saber. La caída libre desde cualquiera de sus almenas es incompatible con toda esperanza de supervivencia, las escaleras de caracol de sus pasadizos son una trampa natural para mantener a raya la población de turistas en chancletas de la zona, y dispone de un foso que debió funcionar bien años atrás, al que hoy solo se le echa en falta una docena de cocodrilos hambrientos a los que poder arrojar a millennials como los que he llevado al lado durante toda la visita. Él estaba aturdido por algo relacionado con el “impacto de género” de la edificación –lo juro por las 36 libras del cañón– y ella gemía y amenazaba llanto pensando en “la cantidad de vidas inocentes” que se habrán truncado por la instalación de aquel “instrumento asesino de guerra”. Yo he salido del castillo dándome golpes de pecho, pensando en lo injusto que resulta que haya tantos cocodrilos muertos de hambre en el mundo y tan pocos devorando idiotas en este foso.

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DLA Clasificados

 

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