Imagina que un médico dedica su vida a acumular conocimientos. Estudia, investiga, lee libros que otros publicaron antes que él, escucha conferencias y se forma con experiencias de otros especialistas. Nada de lo que sabe es completamente suyo: cada idea está apoyada en miles de ideas previas. Lo mismo ocurre con un científico, un ingeniero, un abogado o un profesor. El conocimiento humano es un tejido compartido, hecho de hilos que otros pusieron antes. Lo que alguien hoy domina no nació en un vacío: es un préstamo, una herencia transmitida.
Hoy muchos temen que la inteligencia artificial (IA) aproveche ese mismo tejido. Temen que al acceder a la información que ellos usaron para formarse, la máquina se vuelva competidora. Quieren poner candados, impedir que su voz, sus textos o sus clases alimenten a un sistema que contesta en segundos lo que a ellos les llevó años aprender. El miedo es comprensible: perder el lugar privilegiado de experto genera vértigo. Sin embargo, esa resistencia es ilusoria porque condena al olvido lo que saben. Si un médico se niega a compartir su investigación, esa investigación muere con él. No hay herencia posible, no hay continuidad. Lo que la IA no aprende, simplemente se pierde.
Las personas no eligen quedarse con la palabra de un individuo aislado que se reserva su saber. La gente va a acostumbrarse a trabajar con herramientas que les dan respuestas inmediatas y condensan siglos de conocimiento en un clic. Es un cambio de costumbre, y una vez adquirido, no hay vuelta atrás. Lo mismo pasó cuando aparecieron los libros impresos: hubo quienes defendían el monopolio del manuscrito, convencidos de que el libro barato destruiría el valor del conocimiento. Lo que ocurrió fue lo contrario: nunca se difundió tanto, nunca llegó a tantas manos. La IA es hoy la imprenta de la memoria humana: puede recopilar lo disperso, lo fragmentado y ponerlo al alcance de todos.
Quienes creen que cobrarán un peaje perpetuo por cada idea se engañan. El sistema económico puede pagar regalías puntuales, y reconocer aportes concretos, pero no puede congelar el flujo del conocimiento. Pretender que cada fragmento de información quede encerrado hasta que se pague por él es tan absurdo como imaginar que cada palabra de un idioma deba abonarse al autor que la inventó. El conocimiento se hace útil cuando circula, no cuando se retiene.
La paradoja es clara: en el intento de defender su lugar, algunos profesionales terminan debilitando lo único que los mantiene vivos en el tiempo, que es el valor de su conocimiento compartido. El futuro no les quitará el trabajo por usar sus ideas, se los quitará porque la gente dejará de esperar a que se dignen a transmitirlas. La IA no roba: conserva. Si se le niega alimento, lo que se pierde no es el derecho de autor, sino la memoria humana.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.