Regreso desde Asunción después de acudir al juramento de “Marito” Abdo como nuevo presidente del Paraguay. Rompe el paradigma de la juventud como promesa. La hace realidad de presente.

Frisa 46 años, con estudios universitarios sobre mercadeo en USA, de amplia actividad en el sector privado de asfalto viene de ejercer como presidente del Congreso de su país, con votos de propios y adversarios en la arena de la política. Y al paso, cosa que mucho importa en repúblicas con añeja tradición militarista como la nuestra, Venezuela, conoce desde adentro al mundo castrense. Sin ser militar recibe formación como oficial de reserva.

Le agradezco de modo personal, en presencia del expresidente uruguayo Luis Alberto Lacalle a quien acompaño como integrantes de Iniciativa Democrática de España y las Américas (IDEA), su firme solidaridad con el pueblo venezolano. Sobre todo, en esta hora agonal de sufrimiento y vejaciones sin límite. Le hago énfasis en la pertinencia crucial de su discurso, por referirse a la razón y el sentido de la política: “Entiendo que la política pide conciliar conveniencias e intereses, pero en mi caso – afirma Abdo – jamás lo haré enterrando los principios”.

Ante distintos mandatarios, sobre todo de su vecino, Evo Morales, gobernante de Bolivia – uno y otro, dirigentes de pueblos que en el pasado sufrieron las rasgaduras de la guerra, la más importante ocurrida en Suramérica durante el siglo XX y a propósito de la soberanía sobre El Chaco – pero sin desplantes ni arrestos demagógicos, ajeno a lo épico, contradictor del populismo, con sereno criterio civilista traza ante el auditorio lo que es criterio para el gobierno que ahora preside.

“Seamos conscientes que los procesos de integración no han avanzado cuando se ha priorizado la ideología... Y si no hay fronteras para la integración tampoco debe haber fronteras para ser solidarios con los pueblos que sufren violaciones graves y sistemáticas a sus derechos humanos”, son sus palabras.

Consistente con la premisa, expresa su “solidaridad con el pueblo de Venezuela y de Nicaragua…”. Sin aspavientos agrega que: “Nuestras voces libertarías no callarán. Paraguay no va a mantenerse indiferente ante el sufrimiento de pueblos hermanos. Es hora de dejar de lado la hipocresía y levantar la voz ante estas injusticias”.

No quiere el presidente Abdo repetir la historia, la conocida, la que sigue provocando desencantos y frustraciones. Opta, aspirando a construir una sociedad fundada en el trabajo, distante del tráfico de las ilusiones, por mirar hacia el porvenir. Es consciente de que “el perdón sana el alma y trae la reconciliación entre hermanos”. Pero lo afirma convencido de que la unión sólo es posible alcanzarla “alrededor de valores”, negándole espacios a la uniformidad del pensamiento, abiertos al disenso, encontrando entre todos los puntos que unen para avanzar. Así entiende a la democracia.

En el pórtico de sus palabras pone el dedo sobre la llaga. Declara que la paz es obra de la justicia, pero que su “pueblo no va a aguantar más una justicia implacable y rígida como el acero para los ciudadanos más humildes, y complaciente y cómplice para aquellos que tienen influencia en nuestro país”.

Desde la fuerza de la esperanza, interpretando lo que reclama y le fija como norte la ciudadanía, guiado por su lema de campaña: “Un Paraguay de la gente”, reconoce que desde el poder se ha tratado de construir una justicia amiga, un juez amigo. Se compromete a arbitrar consensos, mediando una clara petición de principio: “Yo no quiero un juez amigo. Un juez amigo hoy del poder va a ser amigo del poder de mañana y nunca de la Justicia”. La lucha contra el morbo de la corrupción y la impunidad, que es el reclamo general de la gente, señala; la considera oportunidad para “transformar la indignación en esperanza”.

En suma, por hacer parte de las generaciones emergentes, demanda permitir al ciudadano ser “el principal motor de su transformación” y poner de lado la plañidera de los políticos del pasado quienes sólo subrayan la incomprensión de la que se sienten víctimas y se expresa, sobre todo hoy, en el mundo de las redes y en los votos.

Hay una obligación por parte de aquéllos, dice. Deben recuperar la confianza de la gente. Advierte que hay una ciudadanía dispuesta a transitar ese camino, a ser parte de la historia, si es escuchada con respeto e inclusión. Se trata de que sean la política y las instituciones las que se reconcilien con la gente y la ayuden a vencer su escepticismo, no a la inversa.

“No seré juez de nadie, agrega Mario Abdo, Marito. Mas no seré complaciente con las inconductas. “Prefiero los aplausos de salida y no los de entrada”, son sus palabras conclusivas.

Confieso que ha sido, para mí, una experiencia inolvidable, aliñada con los relatos que acerca del Paraguay me hace uno de sus más agudos conocedores, el presidente Lacalle. Descubro que, sobre la visual reduccionista dominante, el Cono Sur debe la dinámica de su existencia a Asunción, como Europa y los romanos la deben a los griegos.

Mientras aquí, en Venezuela, apenas avanzamos nuestros pasos centenarios hacia la forja de la república y entrado el siglo XX alcanzamos el derecho de elegir a nuestros gobernantes, los paraguayos eligen su autoridad en el siglo XVI. Un hombre de escribanía, Domingo de Irala, es el elegido, mientras deponen al adelantado español Cabeza de Vaca al grito de ¡libertad, libertad!, por intentar querer hacerse rey de la tierra.

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