La Habana, 5 de junio de 2025. “No vinimos a la universidad para aplaudir tarifas impagables”; “¡Queremos respeto, no consignas vacías!”; “La FEU no puede ser vocera del poder, tiene que ser vocera del estudiante”. Estas frases lanzadas con voz temblorosa pero decidida, recorrieron las aulas y pasillos durante las asambleas que en los últimos días sacudieron en Cuba a la Universidad de La Habana y se extendieron a diversos centros de altos estudios del país. No es solo el rumor del descontento, sino la palabra organizada contra las grietas del relato oficial.
El “tarifazo” – así se bautizó - fue implementado por la empresa estatal ETECSA (Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A.): monopolio estatal de las comunicaciones. La reacción de protesta, sin precedentes en el sector universitario, reafirma una crisis que superó hace décadas las dimensiones estructurales para convertirse en una crisis de sentido. Las nuevas tarifas de internet devinieron punto de saturación simbólica de la injusticia social; resumidas en un plan básico de 6 GB por 360 CUP (pesos cubanos) y recargas adicionales de 3 GB por 3.360 CUP – pensemos que según la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba el salario medio mensual fue de 5.839 CUP al cierre de 2024 -. Aunque ETECSA ofreció a los universitarios la posibilidad de adquirir un segundo paquete de 6 GB por el mismo precio, totalizando 12 GB por 720 CUP, los estudiantes argumentaron que las rebajas deben abarcar a toda la población, no solo a un sector específico.
La actitud de los universitarios devino tránsito desde una conciencia aislada a acto colectivo. Ellos rompieron socialmente el cerco del miedo al articular voluntades dispersas y construir un importante espacio de acción ciudadana que interpela al poder, desafía la norma impuesta y funda un “nosotros” que reclama existencia, memoria y porvenir. Aun cuando la postura de los estudiantes cubanos como sujetos de juicio, disenso y transformación, los sitúa en el punto rojo del colimador de los funcionarios del miedo o verdugos políticos del castrismo.
Pero existen momentos donde ni el silencio es vacío, sino acumulación. Desde este instante, pretenderán que el saber universitario haga silencio, pero ese silencio se arrastrará por los pasillos como una bruma densa. No siendo resignación, sino el compás contenido de una sociedad que intuye que el límite fue traspasado. No habrá en el murmullo del aula, ni en la solemnidad del claustro un consenso, sino una pregunta radical que cada joven se formulará sin poder articular del todo: ¿qué significa obedecer cuando la obediencia ya no responde a ningún principio moral?
La FEU oficialista y la representación disuelta
En el “tarifazo” percibimos otro capítulo de la crisis de legitimidad cubana. La dirigencia nacional de la FEU, al alinearse con el poder, hizo explícita la paradoja de toda representación bajo el autoritarismo: quien dice hablar en nombre del pueblo termina hablándole al poder. El dirigente deja de ser mediador y se convierte en custodio de una hegemonía, no en portavoz de una comunidad viva.
Varios estudiantes lo han expresado con inusual claridad filosófica: “Nosotros no buscamos privilegios, sino justicia”; “No nos representan”; “Nuestra voz no está financiada, es crítica y legítima”. En estos enunciados se halla un núcleo ético: la recuperación del juicio propio, la afirmación de la autonomía moral frente a las estructuras vacías. El pensamiento universitario, en su versión más pura, ha comenzado a reaparecer como praxis transformadora.
Uno de los pilares sobre los que se erige el poder en Cuba es el uso sistemático de falacias de autoridad. Estas operan no solo como errores lógicos, sino como dispositivos simbólicos que impiden el pensamiento crítico. Se presenta como “revolucionario” todo lo que viene del Estado, y como “traidor” aquello que no lo obedece. Esta lógica binaria genera una cultura de la simulación, donde el decir verdadero se penaliza y el simulacro se premia.
Pero lo ocurrido en las universidades muestra que esta estructura está agrietada. Cuando un estudiante cuestiona a la FEU, desmonta no solo una jerarquía, sino una idea. Cuando una facultad universitaria pide la renuncia de su dirigente está desmantelando la noción de autoridad como obediencia pasiva. En este proceso, lo importante no es solo el contenido de la crítica sino su forma; convirtiéndose el acto mismo de pensar por cuenta propia en un gesto subversivo.
Autonomía y resistencia en contextos cerrados
En el marco de una dictadura, la autonomía no puede institucionalizarse. Es decir, no puede consolidarse en estructuras protegidas por la ley, ni en espacios garantizados. Pero sí puede ejercerse. Y eso es lo que está ocurriendo. Cada asamblea crítica, comunicado rebelde o declaración desde una facultad universitaria es un ejercicio de autonomía real, aunque precario.
Desde una perspectiva filosófica la autonomía no se define solo por el marco legal que la posibilita, sino por la voluntad de actuar conforme a principios racionales y éticos, aunque ello implique enfrentar consecuencias. Por tanto, los actos de desobediencia civil en Cuba, no son errores juveniles ni manipulaciones externas: son manifestaciones de una conciencia moral que no acepta la impostura.
La retórica revolucionaria ha sido durante décadas el soporte semántico del régimen cubano. Pero hoy ese relato perdió su capacidad para nombrar el mundo. ¿Qué significa “revolución” cuando los tribunales castigan al pueblo? ¿Qué sentido tiene la palabra “solidaridad” cuando ETECSA excluye a los más pobres? ¿Cómo puede hablarse de “unidad” cuando la juventud es vigilada, sancionada o expulsada?
Estamos ante una crisis de sentido. Y como toda crisis de esta naturaleza, sus consecuencias son profundas. No se trata solo de un problema económico —aunque lo económico sea el detonante—, sino de un agotamiento epistémico. La verdad oficial ya no convence. Y ese vacío no puede ser llenado con propaganda, sino con nuevas formas de pensamiento, acción y organización.
Pensar libremente en una dictadura es un riesgo. Hablar, actuar u organizarse implica exponerse. Pero como decía Albert Camus, “el hombre rebelde es aquel que dice no, pero al mismo tiempo dice sí a algo”. Ese “sí” en Cuba incluye dignidad, justicia y la posibilidad de vivir sin simulaciones. Es también la conciencia de que el costo de la libertad puede ser alto, pero el precio del sometimiento es insoportable.
Cada joven que se suma al paro, cada facultad que redacta un manifiesto, cada graduado que expresa su solidaridad, está trazando una ética del coraje. Y esa ética no requiere aplausos, sino perseverancia. La autonomía no es un estado, sino un proceso, una práctica cotidiana, una apuesta por la coherencia en medio de la vigilancia.
Hacia una nueva gramática de la lucidez
Como en el 11 de julio de 2021, los estudiantes universitarios devolvieron al pueblo una voz propia, ajena al idioma del régimen. No hubo el 11J una consigna partidista, sino un gesto profundamente filosófico: la afirmación de un “yo” colectivo que se atreve a decir “no” al poder ilegítimo. Ese “no” fue respondido con violencia, cárcel, juicios sumarios y una negación sistemática de los derechos fundamentales (ver https://www.diariolasamericas.com/opinion/cuba-el-ojo-del-huracan-hitos-el-presente-y-futuro-del-11j-n4228723).
La idea moderna de justicia como imparcialidad y reconocimiento del otro fue desechada en favor de la obediencia ciega. El tribunal dejó de ser el lugar donde la ley se aplica con equidad, para convertirse en un escenario de pedagogía del miedo. No se juzgó a los manifestantes por sus actos, sino por su osadía. La toga dejó de ocultar el cuerpo del juez para revelar su subordinación ideológica.
Y en el “tarifazo” no estamos presenciando un mero conflicto entre estudiantes y una empresa estatal. Es el síntoma de la disolución de la política como espacio común. Cuando el poder se cierra sobre sí mismo, cuando los mecanismos de representación devienen de control, cuando la justicia se convierte en castigo, solo queda el ejercicio individual y colectivo de la ética como forma de resistencia.
Frente a la traición de las estructuras que debieron servir al pueblo, nace una nueva posibilidad: reconstruir lo político desde abajo, desde lo real, desde lo vivo. Es en ese sentido que las aulas cubanas están hoy más cerca de Sócrates que de Lenin; más cerca de Hannah Arendt que de Fidel Castro. Porque están interrogando el poder, poniendo en crisis la obediencia y, afirmando, que pensar sigue siendo la forma más radical de la libertad.
La pregunta no es si estos estudiantes cambiarán Cuba de inmediato. La pregunta es si la conciencia que están gestando podrá sobrevivir al intento del poder de aplastarla. Y si lo logra, será porque supieron, como dijera Martí, que “el deber de un hombre está allí donde es más útil”. Hoy, esa utilidad se llama verdad. Y la verdad, en Cuba, ya no cabe en los noticieros. Vive en las asambleas. Vive en las renuncias. Vive en el silencio que antecede a la historia.
Apelando a los argumentos del politólogo estadounidense Barrington Moore Jr. sobre los cambios sociales, el pueblo cubano está, no solo convencido de que no merece su actual situación, sino ya comienza a invadir los espacios de la vida pública con expresiones de rechazo. Por tanto, el conflicto entre la sociedad civil y el régimen escalará de forma progresiva, suscitándose constantes brotes de rebelión provocados por la incapacidad en la búsqueda de soluciones y la presencia de un pueblo que desde hace décadas vive sumido en un deterioro constante de su situación social.