Varios informes de prensa indican que, por la carestía de alimentos, por los apagones, los brotes de dengue y las continuas protestas, Cuba está alentando a extranjeros a invertir en lo que Cuba llama “empresas privadas” en la isla. No se sabe cuándo entrarán en vigor esas medidas, o si la administración de Biden estará de acuerdo con ellas.

Si al hablar de “inversiones” el régimen espera que compañías extranjeras envíen dólares, eso no va a ocurrir. Las cadenas hoteleras, por ejemplo, firman acuerdos de administración y cooperación, pero los recursos para la construcción de los hoteles son del gobierno cubano, provenientes, tal vez, del lavado de dinero o del narcotráfico.

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Algunos culpan la crisis cubana al bajón del turismo, a la disminución de remesas de la comunidad exiliada, y al número cada vez menor de cubano-americanos que viajan a la isla. La reducción en el número de viajeros dio lugar a que La Habana rifara boletos de viaje en Miami.

Las aerolíneas americanas que vuelan a Cuba están obligadas a ser cómplices de los abusos de discriminación que comete el régimen. A ciudadanos cubanos que no son residentes de otro país, que tienen sus documentos en orden y sus boletos en la mano, se les niega abordar el vuelo de regreso a Cuba y a su familia por órdenes del régimen. ¿Es responsabilidad de las aerolíneas de EE.UU. acatar dichos abusos en contra de ciudadanos cubanos, en violación de las leyes cubanas e internacionales? ¿Es que ahora se supone que las aerolíneas traten a otras personas –digamos, a personas gay, negras o judías- de la misma manera, para complacer las exigencias de gobiernos extranjeros? ¿Han planteado este asunto los senadores y representantes de EE.UU. a Raúl Castro?

Quizás el gobierno cubano considere beneficioso a sus intereses el cesar esta práctica antes de que a EE.UU. se le ocurra suspender los permisos de volar a Cuba a las aerolíneas involucradas. Si esos ciudadanos cubanos han violado las leyes de Cuba, donde debe tomarse cartas en el asunto no es en los aeropuertos de la Florida, sino en los tribunales cubanos.

Las causas reales calan más hondo, empezando por los más de sesenta años de dogma comunista que incluye el bloqueo interno, el encarcelamiento de campesinos por vender viandas, pollo y leche a otros cubanos, evadiendo el monopolio oficial sobre la producción de alimentos.

Si el presidente Biden hubiera podido implementar su deseo de que las remesas llegaran a sus beneficiarios y no a lo que él mismo llamó “los opresores”, la situación sería diferente. Pero las buenas intenciones del presidente, al igual que las esperanzas de reformas en Cuba que tuvo Obama, han fracasado.

Los apagones no tienen nada que ver con las remesas o con el turismo. Por el contrario, son el resultado de la falta de mantenimiento de las plantas termoeléctricas durante más de medio siglo; de la reducción de envíos de petróleo por parte de Rusia y Venezuela; y del uso de petróleo cubano, con todas sus impurezas, lo que trae el pronosticable fallo de la producción eléctrica. Esto nos recuerda la destrucción de la industria azucarera, que fuese otrora el motor del progreso en Cuba.

Es de entender que el régimen se sienta atemorizado. Los cubanos gritan a los policías en la calle: “No tenemos miedo”. Hace varias semanas, un grupo de sacerdotes circuló repetidas veces un video donde se urgía a los cubanos a “no levantar una mano contra otro cubano”. Monseñor Dionisio García, arzobispo de Santiago de Cuba, la segunda ciudad más grande del país, rezó públicamente hace poco porque se re-examinen las largas condenas impuestas a los participantes en las protestas pacíficas del verano pasado.

Mientras esto está pasando, Amnistía Internacional, Human Rights Watch, la Unión Europea, los Estados Unidos y otras naciones continúan pidiendo la liberación de los presos políticos y el cese de la represión.

Las autoridades temen otra explosión popular masiva en el país. En estos días, ha habido numerosas multitudes en la calle durante los apagones, gritando consignas antigubernamentales, y golpeando cazuelas vacías en la oscuridad. Aunque ha reconocido que hay epidemia de dengue, el gobierno anunció que solo fumigará aquellas casas donde hay casos confirmados de dengue. Las protestas del verano pasado no denunciaron ni la escasez, ni el embargo americano. Fidel está muerto. Raúl prometió a cada cubano un vaso de leche, promesa hasta hoy incumplida.

El mes de agosto, con su agobiante calor, está a la vuelta de la esquina.

Frank Calzón es un politólogo cubano y activista de derechos humanos. A través de los años ha publicado artículos en The New York Times, Wall Street Journal, Washington Post, Chicago Tribune, USAToday y otros.

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