La caída de tantas celebridades de las grandes carteleras han dejado a las marquesinas de los cines y los anuncios de la política potencialmente huérfanos.
La caída de tantas celebridades de las grandes carteleras han dejado a las marquesinas de los cines y los anuncios de la política potencialmente huérfanos.
El efecto dominó, que ha derribado a tantos nombres de las más poderosas listas, hace sospechar que una intención "malintencionada o justiciera", orquestada desde lo más alto, ha sacudido la mata de una manera asombrosa. Habría que ser muy ingenuo para creer que este movimiento contra los acosadores sexuales en 2017 es absolutamente espontáneo.
Nadie podrá cuestionar la legitimidad de lo que acontece. Se trata de actos aborrecibles desde todos los puntos de vista. Pero la pregunta para la que nadie tiene respuesta es: ¿Por qué ahora y no antes?
Por un lado, mucha gente cree que en el caso de Hollywood, y todo lo que representa, no es más que la respuesta de quienes hacen la politica para quienes la atacan y la cuestionan llamando a una desobediencia desde el arte.
Cada una de las tribunas y las premiaciones artísticas han sido en los últimos años tribunas abiertas en defensa de los desposeídos, los deportados y los soñadores, hasta el extremo de saturar el entorno, logrando el rechazo de muchos en relación con estos temas, que merecen ser discutidos seriamente y no empañados por una excentricidad desbordante.
Por momentos he sufrido ceremonias, hasta hace algún tiempo rigurosas, que emulan con los más mediocres matutinos de las escuelas criticadas por sus programas anclados en el realismo socialista.
Pero no me cabe en la cabeza que sea absolutamente casual el hecho de que pasen de 30 las celebridades abordadas en este destape en el que de repente todos recordaron lo que habian callado durante décadas.
Tampoco se me hace responsable escuchar los testimonios de los padres que dejaron a sus hijos menores a merced de los depredadores, mientras vivian esperanzados en que sus vástagos alguna vez pisaran la alfombra roja o alcanzaran una estrella de la fama sin consecuencias.
Esta vez, la avalancha de descrédito moral ha dejado de un lado el beneficio de la duda. Se habla de dinero, despidos, disculpas, perdones. Apenas se discute la factibilidad de los tribunales y de la justicia ante crímenes de esta magnitud que no prescriben en la memoria de las víctimas.
Me aterra pensar que en medio de tanto pan y de tanto circo, como el que se ha vivido en nuestros últimos años, el tema de los destapes por acoso o violencia sexual se convierta en un modismo.
Sospecho y escribo con miedo de ser mal interpretado. Pero muchas de las personas que hoy aparecen con sus caras tristes, penosamente dieron su consentimiento o propiciaron el exceso, de quienes suciamente, usaron las facultades que nadie les confirió de traficar influencias a cambio de sexo.
Muchos ya eran mayores de edad cuando despertaron en la cama de la habitación de hotel a las que nadie les obligó a asistir, pero terminaron yendo.
Hagan lo que yo digo pero no lo que yo hago, esta es la definición que ha dejado en lo alto una de las más claras definiciones de todos los tiempos: desde que el mundo es mundo, el poder y el abuso han andado de la mano.
Más de una treintena de poderosos, de diferentes ámbitos, han caído, generando una tendencia que ventila historias ocurridas incluso hace 40 años. Una suerte de linchamiento que te desaparece hasta de las enciclopedias.
El movimiento es mundial, aunque su epicentro sea los Estados Unidos. Siempre se ha dicho que una gripe en Estados Unidos es un cáncer de pulmón en cualquier otro lado del mundo. Quizás por primera vez sea al revés. Los proveedores al por mayor de las células malignas están anclados en esta gran nación.
Pero no perdamos la perspectiva. Vivimos días en los que casi todo se ha banalizado, sólo triunfa el periodismo amarillista y simplón, la frivolidad es dueña y señora de los lobbies en los que antes vivía la alta política. Hay un mal mayor. Todo pretende ser un show, un gran espectáculo. No dejemos que esta tendencia arrastre la discusión mundial de un acto legítimo de defensa, o de repente la “Revolución contra el acoso” terminará siendo una nueva distracción en busca de un nuevo fracaso.
