Hace apenas seis meses el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ) publicaba el informe titulado Conectar a Cuba, en el que calificaba de positivo el nuevo panorama de la prensa independiente en la isla, desde la perspectiva de reporteros y blogueros que mencionaban estar probando oportunidades que cinco años atrás eran simplemente “inconcebibles”.
Hay quien se adelantó a decir que, tras el llamado a la prensa oficial del propio gobernante cubano Raúl Castro a ser más crítica, se percibía un proceso de “apertura” que comenzaba a dejar atrás el modelo de la propaganda.
No obstante, los recientes informes procedentes de Cuba dictan lo contrario: insultos, negación de acceso a la información, arrestos y encarcelamientos confirman que la supuesta apertura periodística no está sucediendo y que la abnegada profesión de recogida, clasificación y elaboración de la información sigue siendo tan vigilada como antes.
La nación caribeña no logra dejar atrás la condición de fidelidad política y el oficialismo como únicas vías seguras para practicar la profesión, aunque esto signifique claudicar, dejar atrás el pensamiento para sobrevivir, como si se tratara de un régimen feudal o fascista.
Atrás quedaron las reformas mínimas prometidas. Ni el llamado deshielo con EEUU, plagado de propuestas y concesiones, ha sido capaz de suavizar el totalitarismo político de los Castro y su equipo de seguidores comprometidos con la supervivencia.
Raúl Castro, que se mantuvo a la sombra de su hermano Fidel por más de 50 años, asumió el mando del castrismo sin modificar el eslogan “aquí ordeno y mando”.
Los dictadores no acostumbran a cambiar si no son presionados a hacerlo. Y por ello es necesario convocar a la solidaridad internacional para conseguir la libre práctica de la profesión del periodismo que sólo quiere proveer información.