Estoy terriblemente asustado. Todavía no sé cómo ha podido ocurrir. Estaba leyendo el periódico en un café intentado no pensar en nada y asumirlo todo fielmente como mandan los cánones de nuestro tiempo. Me había jurado que no volvería a hacerlo. Ni mucho menos a confesarlo. Pero ocurrió. Medité un instante, puse en duda una información y ocurrió: he tenido una idea propia. Peor aún: he tenido una idea propia y no me atrevería a tuitearla.

Pensé que estaba curado. Pero no. Toda esa basura de libros viejos que tengo en casa me acabarán llevando a la ruina. Toda la formación recibida durante años, ese veneno que tuve que sufrir en la escuela, donde me enseñaron perniciosamente a pensar en libertad y desarrollar un dañino espíritu crítico, vuelven a situarme fuera de la sociedad. Soy un despojo incapaz de vivir en armonía con lo que mandan las camisetas reivindicativas de las actrices de Hollywood, un yonki de la filosofía clásica que cae una y otra vez en el peligro de poner en duda los lemas que esgrime todo el planeta en forma de hashtag en las redes. Soy un peligro público. La oveja negra. Un cabrón con pintas.

Soy un enfermo al que inocularon de joven el virus de la libertad. Los críticos, los que por patología no aceptamos el primer argumento dado, por muy sentimental que sea, los que en nuestra osadía y locura aún leemos libros viejos pensando que tal vez la sabiduría acumulada durante siglos tenga algo que decir a la soberbia intelectual de nuestro tiempo, somos exlcuidos al planeta del ostracismo, si somos simpáticos, y al infierno en vida, si no lo somos. Debería haberlo aprendido en Twitter.

Además, no es tan malo vivir de eslóganes y cartelitos. Nunca había sido tan fácil envejecer sin pensar. Hoy puedes pasar de los 8 años a los 60 sin elaborar una sola idea propia. Puedes dirigir países, empresas, partidos políticos, lobbys y algún que otro púlpito, sin haberte hecho jamás alguna pregunta realmente importante; siempre y cuando aceptes que todo el mundo bueno tiene derechos y que todo el mundo malo no los tiene. Solo necesitas saber quiénes son los buenos, y es sencillo: los que diga el hashtag del trending topic -para los analfabetos tecnológicos, esto es algo así como el libro de Mao-, los que señale la camiseta de algún influencer y los que decidan los editorialistas del New York Times.

Antes de todo esto, aquí se alzó un imperio, Occidente. Había derechos y obligaciones para la convivencia, había razones morales y éticas, había luchas por la libertad y la justicia, y había ideologías contrapuestas en enriquecedor y a veces acalorado debate. Es decir, esto era una dictadura de corte reaccionario. Hoy ese Occidente es un títere que se sabe culpable de todos los males de la Historia, se avergüenza de su pasado y asume felizmente convertirse en un páramo intelectual. Todo, menos alumbrar una idea propia que pudiera contradecir al dios hashtag.

Y yo he vuelto a olvidar que estamos en 2018, he vuelto a saltarme la norma. He vuelto a dudar de las consignas del griterío mediático. Eso me pasa por leer a Gómez Dávila, aquel que dejó escrito -vayan prendiendo la hoguera, puritanos, una para mí y otra para el colombiano- que "la educación moderna entrega mentes intactas a la propaganda".

La propaganda hoy ni siquiera es el folleto, es un cartelito en Facebook, una imagen que remueva suficientes pasiones primarias, o un lema lo bastante breve como para poder recortarse en papel y poner a los niños de la guardería a colorearlo y memorizarlo. A esos enanos hay que atarles bien pronto el cerebro. Que luego a los niños les da por evocar al diablo contemporáneo, es decir, por hacer uso del sentido común, y eso pone en peligro el mantra de tuiteros buenistas y de los nuevos puritanos, y podría dejar en ridiculo el irrebatible argumento de agitar en la vía pública tetas y porongas pintados con alguna breve e irrebatible consigna.

Así que vuelvo a mi caverna. Vuelvo a adherirme a cualquier cosa que reivindiquen sobre sus cuerpos desnudos los sabios de nuestro tiempo. Tal vez así logre evitar la lapidación, esa pintoresca y bella práctica correctiva multicultural que con tanta amabilidad siguen practicando los adalides de la modernidad. Esa que permite al dios hashtag seguir engullendo cerebros para su prisión, tan bella, perfumada, integradora y monocolor.

Esta tarde quemaré mi biblioteca. No puedo arriesgar mi futuro de escritor de éxito por una maldita idea aristotélica. Esta tarde romperé los discos de Sabina y de Loquillo. Majaderos libres, corruptores de preceptos. Esta tarde pasearé en cueros por el centro de la ciudad con el hashtag políticamente correcto del día tatuado en mi barriga cervecera. No por penitencia, esa aberración cristiana, sino por aplicar a mi pescuezo una política de desarrollo sostenible acorde al tiempo que nos ha tocado sobrevivir. Es decir, por salvar los huevos, única idea tradicional e instintiva que el progreso no ha logrado aún desterrar.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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