“Escribe las cosas que has visto y las que son y las que han de ser después de estas” – Apocalipsis 1:19
Que lo determinen los tribunales, con pruebas, no con los gritos de las turbas. Cuando eso suceda, estaremos seguros de que será el comienzo de una nueva Cuba
“Escribe las cosas que has visto y las que son y las que han de ser después de estas” – Apocalipsis 1:19
Es una tarde gris y fría. En mi aula de séptimo grado irrumpe un pájaro herido. Aturdido, se da golpes contra todo lo que impide su agónico aletear. Una estela de sangre es la huella que deja hasta caer vencido. Hay gritos, risas y algarabía. Comienzo a llorar; ni la firmeza en la voz de la maestra logra detener mi llanto. Con su ríspido acento irlandés, la monja me dice que no tenga miedo; se trata solo de un pájaro. Un pájaro herido. Pero mi llanto nada tiene que ver con él. Yo he regresado a Cuba en el mes de marzo de 1959. La imagen que viene a mi mente es una que había logrado borrar por varios años.
Veo a una joven mujer, Margot, esposa de un primo de mi padre, a la que acaban de dar la noticia de que a su hermano le piden pena de muerte. La veo correr, luego zigzaguear, dando tumbos contra los ventanales de mi casa. Golpeándose contra todo lo que tropieza, ella también va dejando su estela de sangre hasta caer al suelo inconsciente.
Este año se cumplen 67 años del asesinato de Rafael García Muniz. A pesar de existir pruebas de su inocencia, fue fusilado ante el paredón de La Cabaña en la madrugada del 18 de marzo de 1959. Murió a los 26 años. Era miembro de la Policía Nacional de Cuba. Leo las cartas que dejó antes de morir. Me dice mi madre: “Dalas a conocer; sus palabras no llevan odio”.
Visité La Cabaña en una sola ocasión siendo una niña, acompañando a mi abuela a visitar a su hijo, mi tío materno. Los familiares de los condenados tenían que pasar frente al paredón de fusilamiento. Ahí estaban las imborrables manchas de sangre. Por si lo he olvidado, mi madre me recuerda: “Una pared pintada de sangre, como anunciando la entrada al infierno.”
Los últimos instantes de la vida de un hombre que se prepara para morir son hoy páginas manchadas por el tiempo y el llanto. Leo la carta a su madre y hermanos: "No abuse nunca de nadie; más aún, no golpee nunca a nadie. Nunca mentí y en estos momentos que son los últimos de mi vida no lo voy a hacer. Cuando pase el tiempo, si pueden, publiquen esta carta para que el pueblo sepa la justicia que nos implantaron a nosotros. Llegó el padre Javier, así que hasta el otro mundo.”
“Adorada esposa mía, te hago esta y son las últimas letras que haga en mi vida. Te adoré como a ninguna otra se puede adorar. Muero contento porque soy inocente. Te amaré mucho más desde allá arriba, donde las almas tienen que ser puras. Los cuatro meses que pasamos juntos fueron los más lindos del mundo. Creo que me vienen a buscar. Me voy orgulloso de mi familia; los quiero a todos con locura. Soy inocente. Esa es la justicia de Fidel Castro. Dios los perdone a todos, no saben lo que hacen. Hasta la otra vida en que nos volveremos a juntar. Tuyo hasta la muerte”, Felo.
Quienes buscaban poner fin al régimen de Fulgencio Batista, optaron por la violencia. La Habana de los 50 era un hervidero de secuestros, atentados y bombas en sitios públicos poblados de víctimas. A Rafael se le acusó injustamente de matar a tres miembros del 26 de Julio que fueron detenidos tras asaltar una armería; viajaban en un automóvil cargado de armas y explosivos que serían utilizados en un atentado contra el jefe de la policía y su familia. Murieron disparando contra los oficiales. Iban a matar y los mataron.
Al triunfo de la revolución, junto a otros policías, Rafael García Muniz fue arrestado y acusado de aquel hecho en el que no participó. Sus hermanos movieron cielo y tierra hasta lograr que testigos oculares accedieran a testificar a favor de su inocencia. Entre ellos, un policía que se había unido a los rebeldes en la Sierra y se había incorporado a la columna del Che Guevara.
Asqueado por el crimen que se iba a cometer, llevó a Sergio, el hermano de Rafael, a ver al Che Guevara, entonces jefe de La Cabaña y responsable de los fusilamientos que a diario enlutaban al país. No pidieron clemencia, pidieron justicia. Rafael García Muniz no estaba presente el día del hecho en cuestión. La respuesta fue típica del fatídico guerrillero, que llegó a Cuba a matar y sembrar odio. “Será inocente, pero llevaba el uniforme azul y debe morir”.
El fiscal, Pelayo Fernández Rubio, conocido por “charco de sangre”, violando todas las normas jurídicas, relevó al fiscal asignado, alegando que tenía un interés personal en el caso. Se le escuchó cuando dijo a un ayudante en la sala: “Preparen las cajas que estos van de viaje”. Los había condenado antes de escuchar la apelación. Así se explica lo que fue y sigue siendo la justicia revolucionaria.
Unas horas más tarde, se escucharon ocho disparos. Uno partió el corazón de Rafael García Muniz. Al día siguiente, el padre Javier entregó las cartas a sus familiares. Les hablo de la entereza de aquel hombre en los últimos instantes de su vida. Antes de marcharse con tristeza, les dijo: “Pueden estar en paz. He escuchado las confesiones de treinta y tantos fusilados y puedo decirles, sin faltar al secreto de confesión, que treinta eran inocentes.
Nunca, a través de los años, he dejado de mencionar el caso de Rafael García Muniz, porque recordándolo le hago justicia a un hombre inocente, víctima de la maldad y el odio. Con ello espero contribuir a que la historia no se repita. Para que en la Cuba futura no se condene jamás a un inocente. Para que jamás un hombre pague por su vida por un crimen que no cometió. Pero una razón mucho más urgente me motiva, como he hecho con anterioridad, al escribir y recordar esta historia. La de que jamás vuelva un pueblo a lanzarse a las calles embriagado de odio a pedir paredón para otro cubano. Es la justicia la que debe prevalecer, con las garantías que merece todo acusado.
Que lo determinen los tribunales, con pruebas, no con los gritos de las turbas. Cuando eso suceda, estaremos seguros de que será el comienzo de una nueva Cuba, donde haya prevalecido la justicia, pero que quede claro, que si ante algo no podremos ceder, es ante la indolencia del olvido.
