Cuando era joven, apenas dieciocho años, Barclays, que soñaba con ser un escritor, pero no se atrevía a decírselo a nadie, entrevistó, como reportero de televisión, a un escritor al que admiraba, un novelista consagrado, Bryce Echenique, que vivía en Francia y se ganaba la vida como profesor universitario en Montpellier. Notoriamente borracho, Bryce Echenique respondió con ingenio y agudeza, con gran sentido del humor, y Barclays le celebró las humoradas. No se hicieron amigos: Barclays lo admiraba demasiado para ser su amigo y lo veía como un arquetipo, un modelo literario a seguir.

Pasaron quince años sin verse. Bryce Echenique publicó unas novelas geniales, traspasadas de ternura y humor, en las que contaba, desde la ficción, su vida exagerada, desmesurada, caótica, hilarante. Barclays lo leyó con devoción, entre grandes risotadas. La hermana mayor de Barclays, que era poeta y mitad mujer mitad gato, se enamoró del gran escritor y salió románticamente con él. Barclays cumplió su sueño escondido, indecible: se largó de su país de origen, renunció a la televisión que le devoraba el alma, vivió dos años de sus ahorros y publicó una novela en la que contaba, agazapado tras un conveniente alter ego, su afición erótica por los hombres y su afición narcótica por las drogas. La novela tuvo éxito de ventas y de crítica en España. Debido a ello, la editorial lo presionó y Barclays se apuró en publicar otra novela desgarrada de pura angustia gay. Pero ganó poco dinero con esos libros, o menos del que esperaba ganar, y se quedó casi sin ahorros, y debió volver a la televisión, ya no en Lima, donde nació, sino en Miami, la ciudad que eligió para ser un hombre libre.

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Desde Miami, fichado por la división de noticias en español de CBS News de Nueva York, conduciendo un programa de entrevistas por el cual CBS News le pagaba mucho dinero, Barclays se propuso hacerle una segunda entrevista a Bryce Echenique, tantos años después. Como disponía de un copioso salario que le pagaba CBS News, Barclays le escribió un fax manuscrito a Bryce Echenique, invitándolo a su programa de entrevistas en Miami, que se veía en toda América, desde Canadá hasta la Patagonia. Bryce Echenique estaba en Toulouse, Francia, dando clases como profesor universitario. Dispuesto a gastar todo lo que fuera necesario para persuadir al escritor a quien admiraba tanto, Barclays le ofreció a Bryce Echenique un boleto en primera clase de Toulouse a Miami, con escala en París, y luego un billete en ejecutiva de Miami a Lima, y finalmente el regreso desde Lima a Toulouse en primera. Al mismo tiempo, le ofreció un hotel cinco estrellas en Miami y una limosina con chofer para sus desplazamientos. Bryce Echenique preguntó si había viáticos en efectivo. Barclays respondió que sí, los que Bryce Echenique considerase convenientes.

Así las cosas, Bryce Echenique viajó desde Toulouse hasta Miami y se hospedó en un hotel cinco estrellas, en el centro de la ciudad, el Intercontinental. Al parecer nervioso antes de la entrevista, le pidió a Barclays un encuentro privado, a solas, para ponerse de acuerdo en el tono, el clima y hasta las preguntas o los temas de la entrevista. Barclays aceptó, algo desconfiado. Bryce Echenique lo citó en la casa de una amiga en Key Biscayne, a las tres de la tarde. Barclays acudió puntualmente. Como era previsible, ya Bryce Echenique estaba borracho, aunque borracho con elegancia, con parsimonia, tomando vodka, su bebida preferida. Bryce Echenique trató de convencer a Barclays para que tomase vodka y se emborrachase con él, unas horas antes de la entrevista. Barclays se negó cortésmente. No tomaba alcohol, nada de alcohol. No podía darse el lujo de salir borracho en el programa. Sus jefes de CBS News lo despedirían.

Pero Bryce Echenique sí se permitió salir borracho, aunque con elegancia, con parsimonia, en la entrevista aquella noche. Estando ebrio, no dejó de ser ingenioso, ocurrente, divertido. Sus respuestas fueron tan impredecibles como hilarantes. Era un hombre culto, que había leído mucho, pero no estaba envanecido, no se tomaba tan en serio a sí mismo. Barclays lo elogió sin mesura, genuinamente, con profunda admiración. Bryce Echenique agradeció los elogios y dijo que había leído la primera novela de Barclays y le había parecido un libro formidable, extraordinario. De pronto eran amigos, colegas escritores que se leían y elogiaban mutuamente, o al simulaban ser amigos. Quizás Bryce Echenique no había leído a Barclays, pero lo elogiaba para agradecer las cortesías y los privilegios del viaje. Tratándose de Bryce Echenique, todo era posible: era un consumado humorista, un improvisador, un genio del escarnio a sí mismo y a los demás.

Dos años después, Barclays publicó en España una novela sobre su infancia. En todas las entrevistas que dio a la prensa española, promocionando aquella novela, dijo que era un homenaje a la primera novela de Bryce Echenique y elogió sin reservas a su amigo y colega. Bryce Echenique no dio señales de vida, no agradeció.

Allí terminó la parte feliz de la historia. Allí concluyó la amistad entre Barclays y Bryce Echenique, o la admiración que aquél sentía por éste.

Unos años después, Bryce Echenique fue pillado en falta por el director de un periódico, quien lo acusó de plagiar decenas, centenas de artículos de revistas académicas españolas y publicarlos, bajo su firma, como si fueran de su autoría original, en el diario más influyente y conservador de Lima, que le pagaba semana a semana por esos artículos. Como aquellos textos parecían demasiado sesudos o intelectuales para ser de la autoría del disoluto Bryce Echenique, el director del periódico los sometió a un escrutinio con un programa de computadoras diseñado para detectar plagios y encontró que todos los artículos que Bryce Echenique había publicado bajo su firma, y por los que había cobrado como si los hubiese escrito él mismo, habían sido pirateado de publicaciones académicas, intelectuales, de élite cultural en España, unas revistas que, desde luego, no llegaban a Lima, no se leían en Lima.

La acusación con pruebas irrefutables de que el gran novelista Bryce Echenique era un plagiario de artículos intelectuales más o menos infumables que él no podía haber escrito y casi nadie podía entender dañó gravemente la reputación del escritor. Su defensa fue una humorada más, una chanza inverosímil, una chirigota de cantina: Bryce Echenique dijo que era inocente, que no había plagiado nada, y que los centenares de artículos copiados y pegados bajo su firma constituían un grueso error de su secretaria, una imperdonable chapucería de su asistenta personal. Por supuesto, Bryce Echenique no tenía secretaria ni asistenta. Tenía, sí, una agencia literaria en Barcelona, la agencia Balcells, cuyas jefas no podían defender lo indefendible y le decían a Barclays, autor de la misma agencia, que Bryce Echenique estaba ya “un poco tilingo”: fue la primera vez que Barclays escuchó aquella palabrita, “tilingo” (dicho de una persona que dice tonterías y suele comportarse con afectación, según el diccionario), que le pareció tan musical, tan exacta para describir al gran novelista ahora en aprietos.

Representado por uno de los mejores abogados de Lima, Bryce Echenique consiguió que la justicia no lo condenase por plagio, pero el daño a su prestigio ya estaba hecho. Desde su programa de televisión, Barclays se permitió un par de bromas a expensas de Bryce Echenique, aludiendo al escándalo, que era, desde luego, la comidilla de fiestas y reuniones, el chisme del que todos hablaban. Por lo demás, nadie que conociera al usualmente alcoholizado Bryce Echenique podía sorprenderse de que hubiera tijereteado y firmado artículos que no eran suyos: su relación con la verdad era tan laxa, promiscua y elástica en sus novelas que, por lo visto, también podía serlo en sus artículos de opinión, qué más daba.

Rencoroso porque Barclays se había burlado de él en la televisión, Bryce Echenique esperó pacientemente el gélido momento de la venganza. La ejecutó dos años después, cuando la esposa de Barclays, Silvia, una joven y principiante escritora de apenas veintidós años, publicó su primera novela. De pronto, y sin que ella hubiese dicho o escrito nada contra Bryce Echenique, sin que se conocieran tan siquiera, y siendo ella lectora de los cuentos y las novelas del gran escritor, Bryce Echenique concedió una entrevista a una revista frívola, de alta sociedad, pródiga en fotos de bodas y saraos, en la que sentenció:

-La esposa de Barclays, Silvia, pobrecita. El día que Barclays la deje, se pegará un tiro. Bueno sería que pegaran un tiro los dos.

Es decir que el maestro Bryce Echenique pedía por periódico que su examigo Barclays y la esposa de este, Silvia, se suicidaran a balazos. Luego Bryce Echenique, que años atrás en el programa de Barclays en Miami había elogiado con entusiasmo la primera novela de Barclays, decía otra frase tremenda:

-En literatura, ninguno de los dos ha aportado nada. Como ya no hay escritores, las editoriales pescan a los criminales.

Es decir que Bryce Echenique había cambiado de opinión: ya la primera novela de Barclays no le parecía una obra extraordinaria, rompedora, altamente recomendable, que había leído con deleite, con fruición: ahora le parecía que Barclays era un criminal, que no había aportado nada como escritor y que por eso debía pegarse un tiro. Pero antes, decía Bryce Echenique, era la esposa de Barclays, Silvia, quien también debía pegarse un tiro, debido a que tampoco había aportado nada.

Silvia y su esposo encajaron con tristeza el ataque arrabalero de Bryce Echenique. En cierto modo, ella se sintió honrada de que un gran novelista, ya septuagenario, tantas veces premiado, aunque ahora pasajeramente eclipsado por los plagios, se ocupase de ella, tuviese palabras contra ella, la recordase, aunque sea con vitriolo.

Barclays pensó: puedo entender que vierta esas palabras insidiosas contra mí, porque me burlé de sus plagios, pero no comprendo que ataque a Silvia, una escritora joven, debutante, de veintidós años, y que la acuse de no haber aportado nada a la literatura.

Barclays pensó: es triste y patético que un escritor consagrado, septuagenario, más allá del bien y del mal, se ensañe viciosamente con una escritora novel, la machaque sin compasión y pida que se suicide.

Barclays pensó: Bryce Echenique está profundamente equivocado: el día que Silvia me deje, seré yo quien se sienta perdido, extraviado, afantasmado, seré yo el gran damnificado, seré yo quien pensará en pegarse un tiro.

Barclays pensó: además de ser un plagiario en serie y un mentiroso compulsivo, Bryce Echenique es un machista sin gracia y un sujeto rencoroso y vengativo que aplasta cruelmente a una escritora en ciernes: un hombre sabio, un gran maestro, un individuo de buen corazón, jamás haría eso con una colega, con una aspirante a escritora.

Barclays y su esposa no respondieron aquellas vilezas, guardaron silencio.

Años después, una cineasta talentosa le pidió dinero a Barclays para financiar una película basada en la primera novela de Bryce Echenique. De no haber mediado la declaración impresentable de Bryce Echenique (“seguramente dijo esas cosas porque estaba borracho”, lo defendían sus amigos), Barclays hubiera puesto dinero en esa película, pero, dadas las circunstancias, prefirió declinar, abstenerse.

Ahora la película se ha estrenado en Lima. Barclays y su esposa están impacientes por verla, pero no viven en esa ciudad hundida en la niebla y la melancolía, de modo que aguardan a que se exhiba en las plataformas cibernéticas. La mejor amiga de Barclays y su productora de la televisión en Lima, va al cine, en función de matiné, con Bryce Echenique, a ver la película, se emociona, llora, le escribe a Barclays diciéndole que es una gran película y que Bryce Echenique considera que deben darle un Óscar, cómo no.

Tarde en la noche, Silvia le recuerda a su esposo que hace unos años se encontró con Bryce Echenique en una feria del libro, el auditorio lleno, esperándola, Bryce Echenique detrás del escenario, en el salón de los escritores, bebiendo vodka, después de una presentación apoteósica:

-Fue mi pequeña revancha -dice Silvia-. Bryce me vio, nos presentaron, me saludó. Y, al salir, vio que la sala estaba repleta de gente, esperándome.

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