Se preguntará, ¿qué tiene ver Juana con su hermana? Le cuento lo que escuché hace un tiempo ya: “Comer alimentos ácidos puede provocar la envidia” y “querer todo lo que tienen los demás”. Imagino personas que han ingerido temporadas enteras de frutos agrios y de verduras; por eso hemos sentido cierta escasez y aumento de precio en los mercados.

Pensemos en el limón. ¡Qué valor últimamente!… Después de ver el video con tal vínculo entre ayurveda –medicina tradicional de la India–, el ácido y los envidiosos, tiemblo cuando a mi lado en el supermercado alguien escoge todo color esmeralda. Me digo: ¡Mamacita, por Dios! Pobres amigos, después del brócoli; pobre pareja, después de la espinaca; pobres colegas de trabajo, después de los pepinos y el apio; o pobres empleados, si se tratara de un jefe o de una jefa. ¡Cerca de ellos arderá Troya!

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Este enlace entre alimento y actitud toma mayor importancia cuando te sientes víctima de celos enfermos de un amigo de toda la vida o de la última etapa vivida. En el momento que empiezas a tener un poco de éxito y ves un lado oscuro en gente que parecía tan diáfana, me digo: No es su culpa, debe de ser lo que come ahora. Esta oportunidad les doy antes de juzgar y comprobar que, en algunos casos, he sido engañada.

Casi siempre, cuando alcanzas tus sueños, o uno de ellos, se suman amigos falsos y se restan amistades “verdaderas”. Estos “antes incondicionales” son personas fieles a ti mientras consideran que te superan. ¡Qué penoso proceder!

En ese momento, donde la felicidad te desborda y se adiciona la alegría por encontrarle –quizás– el sentido a tu vida, padeces a la par de una sensación de soledad que necesitas llenar con la gente de siempre. Los cercanos hasta ahora. Con los que celebraste sus logros. Pero, en muchos casos la realidad es otra. Celebras casi solo, o al lado del que menos esperas.

Considero este uno de los motivos del por qué se fuerza a abandonar círculos de amigos, después de un triunfo: los sustituyes por una escasa red actual de rostros nuevos y corazones que aún no vemos. Pero tomas el riesgo ante la falta de personas amigables.

Tantos famosos que huyeron de los que ahora los llaman “ingratos” y veo entrevistas de conocidos y parientes que aseguran que el camino a la fama fue labrado por ellos. En muchos casos habrá verdad, pero en la inmensa mayoría, es notable la falsedad.

Cuando hablo de amigos incluyo a familia. El compartir el ADN no garantiza en lo absoluto lealtad ni amor incondicional. Abundan grandes enemigos consanguíneos. A veces, los peores. Como te conocen más, tratan y llegan a incendiar tus cimientos y necesitas urgente alejarte de tu misma sangre sublevada porque no quieren verte realizado. No lo admiten. Se obsesionan con eliminar tu sonrisa, y si no vistes de acero inoxidable, lo logran.

Esto me recuerda una historia que pinta estos hechos: Dicen que vino un Ángel a la tierra y les preguntó a dos vecinos por sus deseos más grandes, pues él se los cumpliría. El hombre que moraba la casa azul, le pidió una mansión donde viviera feliz junto a su esposa e hijos y donde nacieran sus nietos. Le pidió también riquezas para nunca más pasar hambre, y que la salud y el amor jamás se fuera de su hogar. Los deseos fueron cumplidos en un segundo. El Ángel miró al otro hombre que estaba callado y con rostro de verdugo al descubierto; este por fin habló: “Quiero que mi vecino pierda todo lo que tiene”.

Ejemplo vivo de que algunos sólo desean el mal de manera gratis. Viven para entorpecer caminos ajenos. Es casi seguro que no necesitan limón, ni acidez externa porque ya corre y corroe sus entrañas una sangre envenenada, sulfatada. Se debilitan postrados en el sofá de la frustración. Se niegan a moverse y al mismo tiempo aborrecen la felicidad ajena que casi siempre es producto de muuuucho esfuerzo y de soñar sin parar.

Estos obstáculos engrandecen al que está dispuesto a triunfar. Lo hacen más y más cauteloso. Le hacen mirar siempre atrás antes de dar un gran paso. Aprende a cuidar su derrotero. Su meta estará a salvo ante tan maléfica y acidificada advertencia de los envidiosos.

Dicen que Napoleón Bonaparte y Francisco de Quevedo dijeron: “La envidia es una declaración de inferioridad” y “Virtud envidiada es dos veces virtud”. Tome limonada con cuidado y dejemos a los demás vivir en paz.

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