En el arcoiris que nace de una manguera enfocada al cielo. En los matices verdes y mullidos de los bosques de esta Galicia rural. En un viejo taburete de madera que se calienta solitario a la hora del café. En las rosas ajadas marchitándose, en las moras aún rojas, en las flores de las puertas de las casas. En la antigua casa abandonada, en el poste torcido del tendido telefónico, en los libros desgastados de aventuras. Ahí me encuentro cada verano con lo que fui, con fotografías en blanco y negro asaltando el tedio, con chispazos serenos de la memoria, sonrisas que hoy apacientan la prisa desde la calma del cielo.

En el miedo del manto de la noche en medio del vacío. En el gallo que nos da los buenos días con extraña afonía y en el que gira, plateado, en el campanario, al capricho de los vientos. En unas piernas ennegrecidas y corroídas por la inclemencia de las zarzas. En el aroma a protector solar y salitre viajando entre toallas de marcas de bebidas. En la bruma azul al bucear la piscina buscando algún pez bohemio. En el rojo tostado de la muerte del sol entre las nubes, ese ocaso que pintó Manuel Machado: "... el día / no queriendo morir, con garras de oro / de los acantilados se prendía". En el vapor que exhala el campo tras la lluvia cálida de verano. Ahí me siento cada agosto a contemplar la patria -que acuñó Rilke- extraviada de la niñez.

En las horas discurriendo lentas sin la guadaña del reloj en la muñeca, sin el teléfono roneando en el bolsillo. En la grasa reseca de la cadena de una bicicleta despintada. En el desahogo que lanzan los mirlos, su histérico reclamo antes de irse a dormir. Y en los primeros crujidos de la urraca en la mañana. En la dulzura del campanario llamando a misa de doce. En la luz de miel del último farol y sus sombras negras enloqueciendo alrededor. Y en cada rincón desierto de las horas muertas de la tarde entre los sauces llorones. Allí. Allí asoma, de nuevo desfigurado y misterioso, el fantasma del zagal que un día se encaramó a la cima de un calendario para dejarse caer al abismo de la madurez.

Tiene agosto el don de exponer los ojos y los corazones a la brisa suave del recuerdo, del olor, del sabor, de todas aquellas emociones que tiempo atrás nos moldearon, nos retuvieron en la inocencia perfecta, en la felicidad más pura, en la añorada sencillez del sentido común. Cuando todavía sabíamos asombrarnos ante una estrella fugaz, ahora que empiezan a chispear en el cielo las lágrimas de San Lorenzo. Cuando hacíamos agua de rosas junto al portalón de la casa. Cuando toda la tristeza del mundo podía concentrarse en un parte meteorológico. Guardar la bici, colgar el traje de baño, sacar el chubasquero, abrazarse a un libro. "Lo maravilloso de la infancia", escribió Chesterton, "es que cualquier cosa en ella es una maravilla".

Escribo donde la brisa adormece las ramas de los árboles, frente a la iglesia románica y el cementerio, todo es tan vetusto como los sillares de piedra que señalizan el discurrir del Camino de Santiago. Agotados, se sientan a mi lado los peregrinos y contemplan en silencio la plenitud de esta nada, y sospecho que están viendo en su horizonte al mismo niño que yo. Porque la infancia es un tesoro universal.

En unas horas regresará por el camino de tierra aquel campesino que está trabajando en sus sembrados, pleno de sol dorado en su piel, arrugada y sabia. Lo miro y veo al mismo hombre que portaba su azada al hombro, tiempo atrás, allá donde se me ensombrecen los veranos de la memoria. Tal vez la única memoria que realmente vale la pena conservar. La que con tanto ahínco, el progreso, la aversión a cualquier cosa que suene a tradición y este reloj envilecido que nos persigue, se empeñan inútilmente en desterrar.

No es casualidad que el mayor enemigo de este siglo febril sean los niños. Porque toda la maldad del mundo, la envidia, el odio, el rencor, la ambición, el terror, toda villanía se derrite, se vuelve inofensiva y llora impotente, cuando se cruza su mirada colérica con la mirada blanca del fantasma de su niñez. La palabra sincera y espontánea de un niño es lo único que puede hacer tambalear esta civilización tan amante de las nuevas formas de esclavitud, tan enemiga del sentido común, tan recelosa de cualquier libertad. Por suerte aún nos quedan agostos para rememorar lo que fuimos, y senderos entre árboles con formas de fantasía para refugiarnos, para escondernos del monstruo en que nos hemos convertido y, tal vez, para repensar con nuestro corazón de niños lo que seremos mañana, cuando la rutina urgente de los adultos vuelva a llamar, tan cansina, a la puerta.

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