No hay duda de que la diplomacia es una disciplina tan antigua como la misma política y que su propósito es desarrollar estrategias para ejercer influencias por la vía pacífica. De manera que tiene mucho que ver con el arte de la negociación, el disimulo y la cortesía interesada, lo que requiere tiempo y discreción.

Por eso, cuando el presidente Donald Trump anunció con mucha pompa una cumbre con el líder norcoreano Kim Jong-un, para luego decirle al mundo que el tan esperado encuentro por la paz se suspendía, dejó al establishment de Washington en vilo y convencido de que las maniobras de la Casa Blanca habían fallado por falta de pericia.

Desde el comienzo, el mandatario estadounidense ha alimentado deliberadamente el sueño de una Corea del Norte sin armas nucleares, y aunque el optimismo es contagioso los expertos tradicionales continúan advirtiendo que Kim nunca va a desistir de su garantía de supervivencia en el poder.

Es una negativa que tomó mayor fuerza luego de varios intentos fallidos en el pasado por lograr un acuerdo, y especialmente después de que el asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, y luego el vicepresidente Mike Pence declararan que la Casa Blanca estaba estudiando el modelo de Libia para persuadir a Kim a entregar sus armas nucleares.

Estas declaraciones enfurecieron a Pyongyang al comparar el posible destino de Kim Jong-un con lo que le sucedió al coronel Muamar Gadafi, quien gobernó a Libia de 1969 al 1977 y encontró la muerte a manos de un grupo de rebeldes.

¿Fue este un plan deliberado para asustar a Kim, cuyas declaraciones pudo Trump haber aprobado?

Es difícil saberlo porque el mismo presidente negó la comparación entre Libia y Corea del Norte. Sin embargo, el mensaje fue dado dos veces y Kim creyó que se trataba de un complot en su contra.

Tal vez es un ejemplo de cómo opera la doctrina Trump: usar tácticas de presión para alarmar a Kim o un ejemplo de falta de coordinación del equipo del Jefe de Estado.

En todo caso, Estados Unidos ha puesto como punto de honor de su hoja de ruta para la cumbre del 12 de junio en Singapur, que hasta nuevo aviso sigue en pie, que Pyongyang se deshaga de su armamento nuclear.

"El objetivo general del Presidente no es una reunión, siempre ha sido la desnuclearización de la Península de Corea”, ha confirmado la Casa Blanca.

El mandatario ha demostrado desde el principio que va en pos del gran premio, aun sin tener la certeza de que lo conseguirá, creando como estrategia una cortina de humo en base a incertidumbres y expectativas.

En el pasado, Estados Unidos le ha dado gran valor al tiempo para negociar, a diferencia de ahora, y como sostiene Víctor Cha, experto en asuntos coreanos del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales, el periodo previo al encuentro suele ser más largo para dar la oportunidad a las partes de conciliar asuntos difíciles en agenda de manera que cuando la cumbre se produce, sirve para avanzar y no para forzar eventos.

Con China, Irán, Rusia y Europa, Trump también ha actuado de la misma manera al demandar resultados rápidos para satisfacer los intereses estadounidenses y de ser necesario, usando amenazas para presionar los tiempos.

Es posible que Kim Jong-un, ahora más familiarizado con la doctrina Trump, busque concretar la reunión, tomando en cuenta de que desde la semana pasada ya había señales desde Pyongyang, de que la puerta al diálogo seguía abierta.

Hay mucho que ganar de ambos lados, si se logra un acuerdo.

Para Trump es indudable que persigue reescribir la historia y ganarse el crédito como el mandatario estadounidense que logró avanzar la agenda para la paz mundial.

Lo cierto es que Washington logró establecer y mantener un canal de comunicación bilateral con Corea del Norte, que sigue operativo.

En cuanto al líder norcoreano, un entendimiento con Estados Unidos le da el reconocimiento internacional, le asegura la promesa de respetar su deseo de permanencia en el poder a la vez que la administración Trump ha manifestado que también ayudaría al crecimiento económico de su empobrecido país.

La diplomacia es un juego de astucia y habilidad en la negociación y por eso el azar no forma parte del juego porque los conflictos no se resuelven con solo tirar los dados y en su lado oscuro a veces se convierte en el arte de la manipulación de las promesas. Por eso es importante la superioridad sobre el contrincante.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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