Tengo amigos muy valientes. Uno es submarinista y alimenta tiburones en el acuario. Otro se descuelga por puentes agarrado con unas cuerdas elásticas. Y otro, el más loco, administra un grupo de WhatsApp para padres del colegio. Hace poco le escribí para ver si quería tomar una copa y me contestó como un lunático: “este asunto lo lleva directamente la profe. Gracias”. Desconocen el miedo. Se comen el mundo. Son extraordinarios. Tal vez porque lo ordinario, lo común, es el miedo. Y en el caso de los grupos de WhatsApp, el terror.

En comparación con ellos, soy un gallina. Un cobarde. Un enano en tiempos de gigantes. Si bien es cierto que tengo mis razones. De acuerdo, nuestro bienestar contemporáneo garantiza millones de medidas de seguridad: contra el fuego, contra la corriente, contra la lluvia, contra los temblores de la tierra. Hemos avanzado muchísimo, pero todavía nadie puede evitar que un amigo pelmazo te invite a una despedida de soltero. Vivo con miedo a que suene el teléfono y sea él, convocándote este sábado en calzoncillos en Sigüenza y con un pato de goma en la cabeza.

Los valientes quieren llegar muy lejos, los cobardes queremos volver pronto. Los valientes esgrimen en cuanto pueden el argumento de la fuerza y se prestan a liarse a bofetadas en cualquier riña de tráfico, otros jamás nos expondríamos a que un idiota anónimo que se ha saltado un semáforo pueda arrugarte las solapas de la chaqueta. Y por lo general, los valientes desprecian a los temerosos a todas horas excepto cuando se rompe la cuerda elástica del puente; entonces guardan un enigmático silencio.

Los valientes son todo arrojo, como el emoticono que parece echar humo por la nariz. Lo saben todo y lo tienen todo bajo control. Pero yo me siento más cerca de aquella canción de Santi Limones en su radiografía a la modernidad: “Demasiada ciencia, en estos momentos / siempre se está a punto de conseguir otro invento / hace el mismo frío, tengo el mismo miedo / que cuando la vida se explicaba con los cuentos". El mismo miedo.

Mirando alrededor, no hay tantas razones para ir por la vida haciendo el gallo. Es posible que el progreso nos haya desvelado grandes misterios de la ciencia y el planeta, pero su apariencia de seguridad y bienestar es solo una endeble carcasa frente a nuestra verdadera y ridícula posición en un diminuto accidente de un prescindible sistema solar.

He visto amigos muy valientes caer de su olimpo al callejón de los temerosos, y quizá no está de más presentar de vez en cuando nuestros respetos al miedo porque, a fin de cuentas, vivimos de milagro. Vivimos así, al menos hasta que Dios nos convoque a su presencia; y, pese a lo desconcertante que suena eso de desprenderse del cuerpo y caminar en espíritu hacia el más allá, no será más doloroso que una inexcusable despedida de soltero en Sigüenza.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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