sábado 21  de  febrero 2026
OPINIÓN

El peso insoportable de la culpa

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

En Israel, la culpa no es un concepto abstracto ni un tema filosófico para debates en universidades. Es una presencia concreta, diaria, casi física. Y desde la masacre del 7 de octubre de 2023 ronda las casas, los colectivos y los programas de televisión. Y no se trata de responsabilizar al gobierno, al ejército o a los servicios de inteligencia. Se trata de algo más profundo: la necesidad de encontrar una causa y un responsable para poder sobrellevar la responsabilidad.

En realidad, no se puede soportar la idea de que el ataque terrorista era evitable. Sólo que no se sabe exactamente cómo se podría haber prevenido, se busca entre escombros políticos, entre decisiones tácticas y omisiones cotidianas. Se intenta encontrar la causa porque se necesita creer que la próxima vez sí se verá venir.

Allí está la diferencia entre el accidente y la culpa. La culpa exige causalidad, y cuando no hay un motivo único y específico, aparecen todos. Se construye un mapa difuso de microculpas, donde todos aparecen manchados. ¿Quién no advirtió? ¿Quién no sospechó? ¿Quién bailó en un lugar equivocado? ¿Quién no abandonó el kibutz a tiempo? ¿Quién no presionó a los políticos?

Ese mapa es lo que mantiene viva la culpa. Porque mientras no haya un responsable claro y suficiente, el resto queda como cómplice por omisión. Y ese descuido, aunque sea mínimo, se transforma en pecado.

Esto tiene un precedente, y entre los judíos, ¿quién fue culpable del Holocausto? Algunos acusan a los religiosos por confiar en la fe en lugar de tomar las armas. Otros a los laicos por no tomarse en serio las advertencias, a Jabotinsky por sonar mesiánico; o a los judíos de Estados Unidos por mirar para otro lado. También a los de Europa por no irse a tiempo; o a los líderes por no organizar evacuaciones. A los que obedecieron. A los que esperaron. A los que confiaron.

El problema de estas discusiones no es su falta de fundamento histórico, sino que todas ellas nacen del mismo impulso: escapar de una culpa insoportable, la culpa del sobreviviente.

Sin embargo, si nadie estaba en falta, entonces todos lo estuvieron; aunque no hayan estado ahí o hayan nacido después. Porque tampoco ahora se hace lo suficiente para evitar lo próximo. Porque si el mal se repite, y se ve venir, y no se hace lo suficiente, entonces la culpa ya está sembrada antes del hecho.

Volviendo al 7 de octubre de 2023, ¿qué se gana sabiendo exactamente qué falló? ¿Se evita que vuelva a pasar? Difícil. Porque los errores fueron múltiples y sistémicos. Además, el adversario hizo cosas que nadie esperaba: la lógica del terrorismo es sorprender, no repetir. Entonces, ¿por qué el desvelo por identificar una causa única? Para poder castigar y expulsar simbólicamente la culpa. Para decir “él fue”, “yo no fui”.

Y en esa espiral se enrosca la sociedad israelí. Porque en la medida en que más se busca al culpable, más se confirma que la responsabilidad está repartida y, por lo tanto, no hay confianza plena en nadie, alimentando un espiral discursivo, político y emocional.

Los que gobernaban lo hicieron mal, los que se opusieron lo hicieron con tibieza, los que advertían fueron silenciados, los que sabían callaron, los que podían prevenir no actuaron. En realidad, el país entero se durmió; todos culpables.

Y desde afuera, el espectáculo es aún más confuso. El mundo ve a un país que se acusa a sí mismo, que se divide y busca responsables. E interpreta esto como confirmación de la falta, y como si la búsqueda de responsabilidades probara que las hay. Confunde remordimiento con admisión y autocrítica con confesión.

Sin embargo, esta imputación es emocional y se apoya en la sensación de haber fallado a los muertos, repitiendo el ciclo del Holocausto. Y mientras esa culpa no tenga una forma concreta, un rostro, seguirá girando como un satélite interior en cada uno. No para hacer justicia sino para sobrevivir a la vergüenza.

Israel no permitirá que el 7 de octubre de 2023 se repita porque la respuesta ante lo inesperado será otra. Pero mientras tanto, la búsqueda de culpables es la forma más eficaz de no enfrentar lo más doloroso: por un instante, la sociedad entera se sintió impotente. Y eso, en un país que se define por su supervivencia, es un pecado imperdonable, aunque no haya a quién responsabilizar.

Entre tanto, el ciclo se retroalimenta con la búsqueda de responsables, al tiempo que el mundo observa.

Desde el exterior se observa esa culpa junto a la autoacusación en un torbellino de reproches cruzados. Y se interpreta como prueba de otro crimen: el de hoy. Quienes acusan a Israel de cometer un genocidio en Gaza sienten que esa imputación es señal de que hay algo que esconder. Que por algo se sienten así. Que, si tanto duele lo ocurrido, debe ser por lo que están haciendo ahora.

No quieren entender que esa culpa no nace de Gaza, sino de antes, del 7 de octubre. Específicamente, de no haberlo previsto o evitado. Lo que hoy se vive es en realidad duelo por lo que no se hizo, no es expiación por lo que se hace. Sin embargo, esa lectura torcida de una emoción real es la última trampa de esta historia. Porque transforma el dolor en coartada ajena y convierte la herida en prueba.

Y en el centro de esa dinámica aparece el drama de los rehenes. No solo por su valor humano incuestionable, sino porque concentran toda esa culpa desbordada en una única posibilidad de redención. Liberar a un rehén es, aunque sea simbólicamente, salvar a alguien esta vez y hacer lo que no se hizo. Corregir, aunque sea parcialmente, el pecado original de no haberlos protegido.

Por eso se acepta liberar terroristas, arriesgar operativos, prolongar la guerra, incluso frenar el objetivo estratégico de eliminar a Hamás, aunque haya perpetrado el 7 de octubre. Y, sin embargo, por salvar a los rehenes, muchos están dispuestos a dejarlo intacto, lo que garantiza que el horror pueda repetirse.

Esa contradicción sólo se entiende desde la culpa. Porque en un país atravesado por el remordimiento, la prioridad no es estratégica, política o militar. La primacía es emocional, es la necesidad de rescatar, aunque sea a uno, para demostrar que esta vez no se falló.

Y para quienes creen y también para quienes no son religiosos, el Día del Perdón es un momento para perdonarse. La búsqueda de un culpable no es la forma de digerir emocionalmente estos hechos. Sólo alcanza para justificar ataques externos, sin cerrar las heridas internas.

Con culpa, y sus consecuencias emocionales, será imposible sobreponerse, y quizás ¿llegó el momento de perdonarse?

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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