Hace años, entrevistando en la televisión al gran Joaquín Sabina, músico, escritor, pirata cojo y asaltante de noches vírgenes, le dije que el reloj que llevaba puesto me parecía muy bonito. De inmediato Sabina se quitó el reloj, me lo entregó y me dijo, la sonrisa esquinada, una voz áspera, de muchas malas noches:

-Es tuyo.

Me conmovió. Nunca un invitado me había regalado nada en mis largos años haciendo entrevistas en la televisión. Sabina no dudó en darme su reloj. Era de marca, D&G, pero no exageradamente lujoso ni llamativo, más bien sobrio, de esfera blanca y correa marrón.

-Siempre estaré en deuda contigo –le dije.

El reloj, como era previsible, olía fuertemente a tabaco. ¿A cuántos viajes y conciertos lo habría llevado? ¿En cuántos bares humosos se habría colado de la mano del músico? ¿De qué vicios, desafueros y excesos habría sido testigo? ¿En cuántas suites habría pasado la noche mientras su dueño descansaba o amaba o componía canciones, desvelado? Sentí que poseía un tesoro y me prometí cuidarlo y no perderlo.

Pero ya se sabe que lo que no debes perder es casi siempre lo primero que pierdes.

Dejé el reloj en mi apartamento en Lima. Lo usaba en muy contadas ocasiones, generalmente para jactarme de que había conocido al cantante. Si alguien me lo elogiaba, no dudaba en decirle quién me lo había obsequiado. Algunos pensaban que si yo llevaba el reloj de Sabina, era su amigo, y yo presumía de serlo y no los desmentía. Pero, por supuesto, no era verdad. Solo lo había entrevistado un par de veces y no había vuelto a verlo, aunque, a lo lejos, lo había visto en un concierto en Miami (al que fui con su reloj en mi muñeca derecha).

Mi padre había sido un refinado coleccionista de relojes, y también de armas de fuego. Antes de morir, regaló a cada uno de sus hijos un reloj y una pistola. A mí no me regaló nada. No me sorprendió. Nunca encontramos la manera de llevarnos bien. Y sus relojes carísimos no eran el tipo de reloj que a mí me gustaba. El de Sabina, menos lujoso, más simple, era todo mi tipo. A mi padre le habría parecido un reloj ordinario, vulgar. Se habría reído de mí y de mi admiración por Sabina. Cuando yo era niño, mi padre solía decir:

-Todos los cantantes son maricones. Unos lo muestran, otros lo esconden. Pero todos son maricones.

Cuando tuve una pelea bíblica con mi primera esposa, y ella se fue del apartamento familiar, y yo escribí columnas periodísticas haciendo escarnio de ella, de sus celos, de su elevado sentido del honor, de su obsesión por convertirme en un político de éxito, poderoso, temido, el Jefe, el Presidente, el Máximo Líder, el reloj de Sabina desapareció. No lo dudé: mi esposa se lo había llevado, sabiendo cuánto apreciaba yo ese regalo. En medio del clima enrarecido que nos separó, le pregunté si tenía el reloj de Sabina, y ella me dijo que no. Pero, por supuesto, no le creí.

Tiempo después, enterado de que ella había viajado con su novio francés, y a sabiendas de que nuestras dos hijas estaban estudiando en Nueva York, yo, de paso por Lima, organicé una incursión relámpago, casi suicida, para tratar de recuperar el reloj perdido. Coludido con mi madre, que le había regalado una casona a mi primera esposa, y apandillado con el chofer de mi primera esposa, a quien soborné cordialmente, pude entrar en la mansión estilo tudor, y, mientras mi madre rezaba el rosario, pidiendo que el Espíritu Santo me iluminase, yo iluminaba con una linterna los cajones del cuarto en suite de mi primera esposa, abriéndolos uno a uno, hurgando en ellos minuciosamente, hasta que, bingo, encontré el bendito reloj.

-¡Me cachen! –grité, eufórico, y bajé deprisa las escaleras y le mostré el reloj a mi madre, quien atribuyó el éxito de la operación a sus rezos y a la intervención divina.

En represalia, y antes de irnos, oriné en la piscina de mi primera esposa, y le dejé una nota diciéndole ladronzuela.

Esa noche dormí con el reloj de Sabina puesto en mi muñeca derecha. El instrumento apestaba tanto a tabaco que a la mañana siguiente sentí que todo yo olía a humo de cigarrillo, como si hubiera pasado la noche en una discoteca española. Llegando a Miami, lo llevé a mi relojero de confianza, un cubano virtuoso para arreglar relojes estropeados, y le pedí que le pusiera una correa de cuero nueva, que no oliese a tabaco, a cantina ni a coitos repentinos. Cuando me lo devolvió, ya el reloj olía bien, pero insistí en conservar la correa original, con su olor rancio, áspero, a mil tabacos y mil porros.

El pasado invierno fui con mi segunda esposa y nuestra hija (mi tercera hija, y con toda probabilidad, la última) a Montreal. Me puse el reloj de Sabina y rogué a los dioses que me protegieran del frío y me previnieran de una neumonía o un ataque de tos o una crisis viciosa de insomnio. Mucho me temía que la temperatura helada conspiraría contra mi buen sueño. Desde siempre había sido muy sensible al frío, tanto que una noche, en la televisión, acusé al dueño del canal y a sus técnicos de querer matarme por tener el aire acondicionado tan frío. Los acusé a gritos de chavistas y comunistas, estallé en un ataque de ira y farfullé como un demente que el aire lo habían bajado a esa temperatura inhumana para enfermarme y matarme, y entonces levantaron el programa del aire y el dueño del canal tuvo que jurarme que no quería atentar contra mi vida. Por eso tenía pavor al invierno en Montreal y me encomendé a san Joaquín Sabina colgando en mi muñeca. Y Sabina hizo el milagro: dormí como un bendito todas las noches que pasamos en esa ciudad, y no me enfermé, y disfruté de la nieve como un niño.

Pero una tarde, deslizándonos de la pendiente nívea del Mont-Royal sentados en unos viejos neumáticos de camión, cogí tanta velocidad y di tantas vueltas que perdí el control y salí disparado y caí en la nieve como un saco de patatas y no advertí que el reloj de Sabina se había desprendido de mi muñeca y había salido volando y se había hundido en la nieve. Por suerte no me lastimé y me recuperé enseguida y mi esposa y mi hija se atacaron de la risa al verme rodar por la nieve como una bola adiposa. Pero, un rato después, tomando chocolate caliente, mi esposa notó que no llevaba el reloj de Sabina. Regresamos a toda prisa al Mont-Royal y, antes de que oscureciera, nos abocamos a la tarea de encontrar el reloj perdido. No lo hallamos. Me sentí desolado. Pensé: esto me pasa por tirarme en una llanta de camión por la nieve como si fuese un chiquilín, cuando soy ya un cincuentón gordo, torpe y baboso: Sabina no me perdonará haber perdido su reloj de un modo tan chapucero y pueril, porque él no habría hecho una cosa tan ridícula como la que me hizo tan feliz.

Al día siguiente salió un sol esplendoroso, regresamos al Mont-Royal a pedido de nuestra hija y, tan pronto como llegamos, el muchacho que cobraba la entrada y entregaba los cauchos me dijo que había encontrado un reloj entre la nieve levemente derretida. Era mi reloj, el reloj de Sabina. Abracé al joven, lo besé en la mejilla, le di una propina, le dije que me lo había regalado un cantante famoso. ¿Qué cantante?, me preguntó, ¿Michael Bublé? No, le dije, un cantante español, Joaquín Sabina.

No he vuelto a ponerme el reloj. No quiero correr el riesgo de extraviarlo nuevamente. Lo tengo en mi mesa de trabajo. Lo uso para medir el tiempo que escribo cada tarde: no menos de dos horas, no más de tres. Me sirve de inspiración. Convoca a las musas. Les susurra el lenguaje cantinero de quien fue su dueño. Es mi talismán, mi amuleto. Su presencia al lado de la computadora me recuerda que para escribir como Sabina hay que vivir como Sabina: al borde mismo del abismo, y sin sentir vértigo.

Todos los años actualizo mi testamento en la notaría del barrio en el que vivo. Una de las más recientes enmiendas ha sido la siguiente:

-Quiero que me entierren con el reloj de Sabina en mi muñeca derecha. Y que en mis funerales se escuche “Tan joven y tan viejo”.

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