Ahora empezarán a llegarte cientos de invitaciones para cenas de Navidad. Si recibes una por cada grupo de WhatsApp, lo mejor es que vayas encargando en Amazon un hígado nuevo. Los venden en perfecto estado y no son difíciles de instalar, si sigues paso a paso las indicaciones de algún youtuber avezado. Yo lo hice hace un par de semanas y mi consejo es que te saltes el paso de la anestesia general, porque si no se hace muy difícil seguir el video y es desconcertante cuando te despiertas tres días más tarde, con un hígado entre las manos, y un terrible dolor de cabeza. Si bien es cierto que si recuerdas cómo amaneciste el año pasado después de la cena de Navidad de la empresa tampoco notarás la diferencia.

Descarta cualquier invitación a una comida, desayuno o merienda de Navidad. Acaban a la misma hora que las cenas y lo único que hacen es prolongar el suplicio más allá de lo que puede soportar cualquier ser humano o periodista. Como es sabido, las cenas de Navidad de periodistas terminan a la misma hora que empezaron, pero varias semanas después, y con la gente brindando con mazapanes en la redacción y tratando de escribir un obituario coral de uno o varios empleados de la empresa, fallecidos por intoxicación etílica en las horas anteriores. Es raro matar con alcohol a un periodista –salvo que se lo suministres en llamas y por vía nasal- pero en cambio los contables, los directores de recursos humanos y las becarias del departamento comercial caen con asombrosa facilidad.

Los responsables de las empresas se toman muy en serio su papel en las cenas de Navidad. Da igual que la compañía esté a punto de hundirse, es un día especial, y los jefes suelen aprovechar para servir a sus empleados los mejores mariscos, el vino más caro y el ron más barato; francamente, a la hora del ron ya nadie repara en los detalles.

Por otra parte, los primeros intoxicados suelen ser los directores generales y altos cargos, que tienden a confundir su equipo femenino con una especie de harén. Hay quien interpreta esta condescendencia como una oportunidad para ascender en la empresa pero, tras años de detallada observación, un equipo de investigadores de National Geographic y yo hemos podido constatar que el único ascenso que puede esperarse de una juerga navideña es el que emprende el lobo feroz cuando se quema el trasero con el fuego de la chimenea.

En todas las empresas hay tipos que a menudo son taciturnos, silenciosos, rarísimos y que visten siempre como si acabaran de enterrar un cadáver en el jardín. Si trabajas en una start-up de Silicon Valley es posible que esos tipos sean tu CEO, pero en el resto de las empresas, suelen ocultarse en departamentos informáticos o en cualquier lugar donde todavía se amontonen en papel millones de informes llenos de cifras anotadas a mano. La distensión de la cena navideña de estos sujetos es peligrosísima, por cuanto algunos llevan tres millones de años sin hablar y se proponen recuperar todo el tiempo perdido en una sola noche. Aléjate de ellos si puedes. Si no tienes escapatoria, acude a Wodehouse y recita en voz alta aquella anécdota del célebre escritor que, después de la experiencia de soportar un discurso larguísimo, relató: “Nos contó durante tres cuartos de hora cómo logró a escribir su maldito libro, cuando una simple disculpa habría sido suficiente”.

No todo lo que ocurre en estas cenas es malo. A veces puedes pasártelo bien, bailar hasta el amanecer con algún colega de la empresa, llegar sin dormir al trabajo al día siguiente y quedar directamente en la puerta del director de Recursos Humanos para firmar tu despido. Piénsalo. Grandes carreras laborales han empezado por algún desmadre navideño en una de estas cenas tontas. Pensemos en Papá Nöel, que era San Nicolás, un santo delgadísimo, humilde y relativamente anónimo, y terminó convertido en el rey de los polvorones, con evidente sobrepeso, pluriempleado, y con cientos de empresas consultando su perfil en LinkedIn y compitiendo por hacerse con sus servicios. Puede que sea un trabajo un poco esclavo pero no olvides que tiene 364 días de vacaciones al año. Si puedes mejorar eso, con franqueza, no creo que asistas a ninguna cena de Navidad. A no ser que seas el pavo relleno.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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