Muero de sueño estos días. Raro en mí. No hace tanto dirigía un periódico internacional cuyo público objetivo se repartía por todo el orbe, obligándonos a cerrar las ediciones siempre a horas intempestivas, al quite de la actualidad mundial. A menudo, a última hora de la madrugada, cuando ya veía cerca el momento de irme a la cama, aparecía un imbécil armado con un hacha sembrando el pánico en algún lugar civilizado y occidental, provocando en la redacción la angustia de prolongar la hora de cierre hasta que el muy cretino culminase su fechoría o bien hasta que la policía lograra meterle en la rodilla una calmante de plomo. Siempre he pensado que esa escoria terrorista, y en general toda esa chusma que se dedica a generar noticias desagradables de última hora, además de asesinos, son unos desalmados insensibles: jamás piensan en el derecho al descanso de los periodistas cuando eligen su hora de inmolarse y viajar al encuentro de las huríes.
Sea como sea, de aquellos tiempos arrastro un cierto desajuste horario, eso que los especialistas llaman insomnio, del latín "contar ovejitas". Pero desde hace unos días todo ha cambiado. No solo no me cuesta dormir sino que tengo sueño a todas horas, como si fuera un espectador del programa de Maduro. Me duermo en cualquier lugar. Y lo peor no es dormir, que es una forma como otra cualquiera de no pagar impuestos durante un rato, sino los bostezos. El bostezo es, con toda seguridad, el mecanismo más ridículo de los organismos vivos y con pelo. Las plantas no bostezan y creo que los caracoles tampoco y no les pasa nada, si exceptuamos que se aburren muchísimo. Ciertamente, ellos tendrían más motivos para bostezar pero la naturaleza está llena de estas paradojas.
Los hombres bostezamos siempre cuando no debemos hacerlo. Es algo que incomoda a nuestro interlocutor. Sin embargo, nada hay más doloroso que aguantarse un bostezo. Tuve que hacerlo anteayer, durante una reunión de trabajo con un tipo que parecía tener muchas ganas de hacerme rico. Eso me hizo estimar en seguida sus dotes de oratoria, su fina inteligencia, su gracioso estilo al gesticular y lo abultado de su billetera.
Lo elogiaba sin pudor, con esa sinceridad tan propia y tan humana, mientras él me instruía con ahínco en el apasionante mundo del coleccionista de cascos de Star Wars. Pero me sobrevino el bostezo. Traté de evitarlo. Apreté los dientes. Mis ojos enrojecieron y se pusieron saltones como los de un sapo cuando lo pisas. Me enseñaba miles de fotografías en las que aparecía siempre el mismo semblante, el suyo, ataviado con un casco diferente de Star Wars. Valoré la posibilidad de confesarle que nunca me había molestado en ver ninguna película de la saga galáctica pero supongo que eso podría causarle un infarto; y a mí otro por perder el negocio.
El bostezo apretaba. Dos horas de conversación, de monólogo. Los ojos me chorreaban y la boca se me había puesto ya como la de José María Aznar cuando hace una pausa entre sujeto y predicado. El hombre seguía con Star Wars pero miraba extrañado a mi rostro, que debía ser el rostro de alguien que acaba de tragarse una pelota de golf. Al fin anunció que cambiaría de tema y que comenzaría a hablarme de su colección de capas de superhéroes. En ese instante pudo más el bostezo que mi capacidad de domarlo. Surgió entonces el sopor con la furia de su anterior contención. Abrí tanto la boca que el millonario sopesó firmarme un cheque en la laringe. Y al fin caí en un profundo sueño. Cuando me desperté en la cafetería, aquel hombre se había marchado y ni siquiera había pagado los cafés.
Tal vez había perdido una oportunidad económica por culpa de este sueño atroz pero, en descargo, me consolé recordando aquello que se cuenta –nunca confirmado ni desmentido pero siempre ingenioso– de Camilo José Cela. Allá por los 70, el Nobel, tras cabecear un par de veces en una sesión en las Cortes fue llamado al orden por el presidente de la Cámara:
—El senador Cela estaba dormido... –le afeó Fontán.
—No, señor presidente, no estaba dormido sino durmiendo –replicó Cela.
—¿Acaso no es lo mismo estar dormido que durmiendo? –inquirió el presidente.
—No, señor presidente –zanjó el Nobel–, como tampoco es lo mismo estar jodido que estar jodiendo.