viernes 28  de  agosto 2026
OPINIÓN

La dignidad de la República

Un análisis minucioso y normativo que plantea reflexiones y tiene en cuenta los dictámenes de la historia

Cuando se revisa la experiencia de la Venezuela de inicios de la democracia, la civil, la no tutelada, la que emergió tras el espíritu del 23 de enero de 1958; esa que fue la obra de unos líderes que trasvasaron la horma de quienes hasta entonces sólo aspiraban a ser diputados, bajo el régimen que fuese o que esperaban un cargo, una placa, portar un revólver y por esa vía resolverse, mal puede uno no compadecerse de los que se juntan con la dictadura narco criminal imperante en el país. Creen poder devolverle y devolvernos a los venezolanos, desde un cenáculo de hipocresías, tertulia entre el diablo y la decencia, alguna esperanza de genuina libertad.

Entiendo y acaso deben entenderlo estos, los decentes, que han puesto todas sus carnes en el asador. Deben estar prevenidos ante lo que describe con perspicacia el periodista satírico español Mariano José de Larra (1809-1837): “En este triste país, si a un zapatero se le antoja hacer una botella y le sale mal, después ya no le dejan hacer zapatos”. Pero volvamos a lo que importa, la cuestión de nuestra dignidad.

Mientras que los regentes que toman el poder en 1958, causahabientes de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, se ocupan, seriamente, de lo que les corresponde y lo sabían, como lo era atender la emergencia fiscal, las urgencias de los trabajadores afectados por la caída de los ingresos petroleros, resolver sobre la cuestión de nuestras relaciones petroleras con Estados Unidos, y serenar las ambiciones dentro de las Fuerzas Armadas, los actores políticos comprometidos con los ideales de la democracia se entienden con lo suyo, entre ellos mismos.

Si bien tenían una clara perspectiva sobre como habría de enfrentarse la cuestión económica en el porvenir, lo primero y vertebral, así lo entendieron, fue realizar elecciones presidenciales y parlamentarias para atajar con la fuerza de la legitimidad, dentro de un marco culturalmente presidencialista y centralizador, la recurrente voracidad de poder del mundo castrense, venida desde la fundación de la república en 1830. No azar había quedado en nuestra memoria, como hierro candente sobre la piel que no la deja sanar, el desencuentro entre nuestro ícono civil, el rector José María Vargas y el coronel Pedro Carujo, una suerte de Diosdado Cabello.

A la par de estudiar a fondo el orden constitucional que habríamos de darnos los venezolanos para superar el corsé constitucional heredado del gobierno de facto e impedir que sus vicios se prorrogasen al tiempo nuevo, en tarea que debía asumir el nuevo parlamento, entendieron que era la base cierta para fortalecer la autonomía judicial y la parlamentaria. Era el odre para contener al gendarme necesario y atarlo con un verdadero balance de poderes. Eso lo comprendieron, igualmente, los civiles de la Revolución de octubre de 1945, intentando dejar atrás y bien encadenado al cesarismo democrático. Nada de esto fue la obra de un sincretismo de laboratorio.

Sabían los autores del Pacto de Puntofijo, demonizado por los mismos actores con lo que se entiende la resurrecta e ilegítima asamblea de 2015, que una democracia guiada por la decencia republicana y celosamente respetuosa de la dignidad eminente de cada venezolano, mal puede surgir de una fusión artificial, deliberada y planificada entre diferentes creencias y sus élites; en vez de emerger de forma espontánea con y desde la gente, mediante la empatía y el contacto cultural recíproco y cotidianos, como fuentes insustituibles de la confianza.

He observado, pues, la aporía que descuella de la actual pretensión de formar un Tribunal Supremo de Justicia que sustituya al que ha servido de simple cagatintas del Palacio de Miraflores y desde el atalaya de una Constitución, la de 1999, que, así como declara que corresponde al Estado tutelar desarrollar la personalidad de cada venezolano (artículo 3), a la vez ordena que los jueces se ciñan, para su oficio, a la doctrina “dictatorial” de Simón Bolívar, El Libertador (artículo 1).

Decir y afirmar esto, tal como lo hago, acaso sea tachado como aullidos a la luna, por poner de lado a la realidad que hemos de trillar en este mundo, por muy cruel que sea. Así la llamaban los antiguos, mundo, que reúne a los hijos de la maldad con quienes saber discernir sobre el bien. Por lo que la política, como no pocos lo sostienen, ha de ser y es una mera administración de lo posible. Pero si así fuese, es mi convicción, la genuinidad de lo político desaparece.

Toda acción política responsable ha de ser emancipadora ante la brutalidad, frente al poder factual y armado; ya que, no de ser así, toda noción sobre lo humano y acerca de la idea de humanidad se iría a los abismos. Medraríamos todos en el sueño de la razón y se nos devolvería al reino de los animales.

No dejó de entender, he de agregarlo, que ese desafío, el hacer de la política una forma de liberación personal mediante el servicio sincero a los otros, considerándolos igualmente dignos de respeto como nosotros, y cooperando con ellos en la empresa común de la madurez, de la emancipación, así como choca con la lógica de lo bolivariano desafía a los algoritmos del ecosistema digital imperante. Este apunta a los sentidos, a lo primitivo, desnuda a la «aldea humana» de McLuhan y transforma al fogón familiar o vecinal en un verdadero zoológico global. Es la máxima de la experiencia, no lo dudo.

Pero he aquí, en suma, lo que se vuelve una decisión personal, crucial y existencial para el político que sirve la ciudad, ante la desviación de lo humano racional, es decir, aprender a separar las aguas limpias de las servidas si acaso nuestro norte es la idea de la Justicia. No se trata del ajusticiamiento, sino de conjugar en favor del mayor espacio de libertad para las gentes, para el común, y de que administración de justicia no sirva para ocultar la verdad, que es lo más caro a quienes han sido víctimas del engaño como fisiología del poder.

Cuando el realismo político se convierte en renuncia

El llamado Rodrigato o la coyunda que amarra a los hermanos Delcy y Jorge, que sí saben de realismo, son practicantes de una frialdad que no debe desestimarse, entrenados en traicionar a los suyos y de allí que se sometan, pragmáticamente, a su enemigo histórico, Estados Unidos, acaso es hijo del mayo francés de 1968 y de su lema, “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Tanto que hicieron posible lo imposible.

Son sus legados la destrucción total de la república, la pulverización de nuestra población empujando a un tercio hacia el ostracismo, y la quiebra de la empresa del oro negro, que se engulleron. De donde cabe preguntarle a la contraparte, si bien unos y otros recitan las mismas instrucciones, sobre si alguno de sus integrantes – distinto de quienes han sido purgados por esta y convienen en mantenerlos en el exilio, María Corina Machado y Edmundo González Urrutia – ¿tendrá el coraje de luchar por lo «imposible», por la verdad dentro del relativismo y el culto de cinismo imperantes?

Vaclav Havel comprendió cabalmente, en su momento, que “el poder no se sostiene solo por la fuerza bruta, sino por una ideología omnipresente que falsifica la realidad. Al aceptar este juego, los individuos se convierten en víctimas y, al mismo tiempo, en cómplices que sostienen el sistema”, afirmaba, y acertó. Por lo que, insisto, tal cuestión es dilemática e inexcusable.

La política se ha vuelto ejercicio de virtualidad y despliegue de actos instantáneos. Lo imponen las redes digitales y es lo propio como políticamente correcto dentro del narcisismo en boga y que procuran. No por azar, un día se dice una cosa y otra distinta al siguiente, sin que la opinión se escandalice o de por aludida. Que unos sigan diciendo que salieron en libertad todos los presos políticos en Venezuela, mientras otros afirman que son unos 600 pero aun quedan tras las rejas otros 400, es cosa que no alarma. Todo depende de la perspectiva, se arguye. Es lo propio de la virtualidad y mejor aún que sea así, se dirá, pues ello le da vida al debate y sitúa la cuestión en el plano de lo dialéctico, del entrenamiento democrático, reducido a una trifulca habitual entre mentiras y medias verdades.

La verdad, ciertamente, es incómoda y hasta peligrosa para quienes se baten dentro de esas aguas. Nada les interesa saber sobre los datos duros, menos aceptar que, en realidad, nadie ha salido en libertad en Venezuela. Han regresado a sus casas – enhorabuena – y sí, se trata de algunos ocupantes de los centros de tortura que todavía siguen abiertos. Entre tanto, otros, siguen siendo extraídos de la puerta giratoria que manejan a su arbitrio los represores, para encerrarles. Y digo que no han salido en libertad, ninguno, y antes bien crecen los privados de libertad, pues todos a uno – superando la cifra de más de 2.000 víctimas – tienen prohibición de viajar al exterior. Su tránsito se les limita en la geografía y se les espía, para sostener la cárcel del miedo que aún no cede. Han de regresar, periódicamente, ante el tribunal correspondiente, para que el juez represor y de turno les recuerde que gozan de un privilegio, no de un derecho humano, como lo es estar en libertad.

He aquí, pues, la otra lección de nuestra historia que olvida el “buenismo” político dentro de la mesa en la que departen como emisarios de la Casa Blanca los diputados del 2015, actores de reparto dentro de una misma obra y un único guionista. Previamente, para que se me entienda, no se trata de reconstruir un Estado que ha desaparecido a partir de otro dogmatismo, pero sí – como lo enseña Jürgen Habermas – con fundamento en "pretensiones" de verdad, de rectitud moral y de sinceridad, que ofrezcan un soporte de confianza y de legitimidad y de confianza; pues ante la falta de una única verdad compartida por todos, la confianza y la legitimidad no puede venir "desde arriba" sino desde la base ciudadana. Todos sabemos, al cabo lo que es la mentira y que son los regímenes de la mentira. Hemos conocido a su epígono actual, desde hace 26 años. Sistemáticamente, no se detiene, legaliza a la ilegalidad, con fraude a la verdad legal o judicial.

Tras la dictadura larga del general Juan Vicente Gómez, que tuvo su Helicoide, la llamada Rotunda, y cuyos grillos, al igual que los del Castillo de Puerto Cabello fueron lanzados al mar como para acallar lo sufrido, su ministro de la defensa, devenido presidente, el mismo día en que asumió, abrió las cárceles e hizo regresar a todo el exilio. En enero de 1936, el mismo Eleazar López Contreras hizo derrumbar a la ominosa cárcel sobre cuyo terreno fue construida la Plaza de la Concordia. Eran cientos los presos políticos, es decir, muchos en su proporción, e igualmente los que fueron enviados al exilio. A la protesta popular y estudiantil que se desató, esa que teme y ahora ralentiza la mesa del 2026 instruida por su guionista, tras cortarse las amarras luego de más de tres décadas de terror, se la dejó estar y antes que ser reprimida se le ofreció una respuesta política, el Programa de Febrero.

Wolfgang Larrazal Ugueto, que presidió la Junta de Gobierno de 1958, preocupado por la poblada que tomó a Caracas y provenía del campo empobrecido – que reclamaba ¡agua, agua, agua! – entre las alternativas que le ofrece su ministro del interior, ¡o plomo, o plata! – sin temerle a la protesta les respondió con un Plan de Emergencia: “Incorporó a miles de trabajadores desocupados en labores de ornato público, saneamiento ambiental y la culminación de obras menores inacabadas”.

Eso es, en suma, la empatía y la construcción de legitimidad. Es, objetivamente, de lo que carecen los diálogos impulsados y vigilados desde la embajada norteamericana en Caracas. Es lo que estuvo ausente, por ausencia de corazón, tras el doble terremoto que destruyó otra vez al Estado Vargas. La presencia fue la ausencia. Fue el silencio del régimen, su carencia de sensibilidad, su desprecio total por la dignidad humana. ¿Es en comparsa con este que los pragmáticos, los realistas de la política “opositora”, según ellos mismos afirman, por pedazos y como se digiere a un elefante construirán la libertad de los venezolanos?

No se diga – ruego a Dios que me equivoque por el bien todos – que contamos con una tutela, la ya mencionada, que cuando menos está vigilante del proceso de estabilización, recuperación y transición de Venezuela. Lo cierto es que actores venidos de ambos bandos partidarios y en pugna dentro de Estados Unidos, sin rubor ni recato, sumados en la causa vienen salivando. Se muestran eufóricos con la sola promoción de las inversiones que podrán comprar – como en suerte de remate y en pública almoneda – el conjunto de los activos patrimoniales de los que logró hacerse la revolución bolivariana durante sus 26 años de expoliación del país a mansalva.

A quienes, por faltos de cacumen y/o por presas de enconos amamantados por los errores de sus padres durante el tiempo de la subversión que se tragó, de manos Cuba, a numerosos venezolanos caídos como guerrilleros o confrontándoles, aún enjuician a la república de Puntofijo como engendró anti diluviano y premisa del tsunami que luego arrasó con todo, a partir de 1999, cabe ofrecerles algunas pastillas para la amnesia. Probablemente les ayuden durante el restablecimiento de nuestra hollada dignidad, si les importa.

La libertad no se hereda: se construye

Rómulo Betancourt, que mantuvo inmejorables relaciones con USA, siempre recordó, en sus escritos, que el apoyo de este a los regímenes dictatoriales no hizo sino destruir la solidaridad continental. Amamantó el resentimiento del pueblo, decía. Rafael Caldera, quien incluso discurrió ante el Congreso norteamericano y allí se le honró, sostuvo una línea similar: “Se dice frecuentemente que la América Latina recibe ayuda. Cabe más bien decir que es la América Latina la que ayuda a mantener el alto nivel de vida de los países más desarrollados, y especialmente de los Estados Unidos, suministrándoles materias primas a bajo precio”, declaraba. Y el maestro Jóvito Villalba, pionero de la generación de 1928 y su tribuno, que cierra la tríada de los parteros de nuestra moderna democracia civil, afirmaba preclaro que “los Estados Unidos no han visto en Venezuela una nación con destino propio, sino una factoría, una inmensa bomba de succión para alimentar a su maquinaria industrial”.

Pues bien, mientras todavía aparecen unos insepultos que rescatan la memoria del tiempo perezjimenista en 2026, estos artesanos, amigos que fueron de la Casa Blanca y sin obsecuencias, nos labraron entre el hacer y los errores, que los hubo, una patria de empatías y resiliente. Nos mostraron el camino para descubrir a la libertad como hechura propia. La data veraz, que recoge la obra colectiva de José Curiel (Del pacto de Puntofijo al Pacto de La Habana, 2014), cuyo prólogo me fue confiado por el autor, resiste a la mendacidad insistente.

La expectativa de vida de los venezolanos era de 51,4 años para 1958, alcanzando a 72,8 años para 1999, cuando se detuvo. Los acueductos, que se multiplican en 65% sólo entre 1959 y 1964, llegan a servir a 19.142.910 venezolanos en 1998, produciendo 3.033.899.000 de metros cúbicos de agua. Entre tanto, las cloacas y los sistemas de aguas servidas construidas y canalizados, para evitar las enfermedades, protegieron a 15.220.686 venezolanos.

Y es que Venezuela, llegado el año de 1958 era una «república de letrinas», excluida su «boutique» caraqueña. La dictadura construyó tantas que, en 1955, al celebrar su 18 de octubre de 1945 y para recordarnos que esa gesta se las había secuestrado Betancourt, anunció haber construido 149.654 pozos sépticos en toda Venezuela.

Ciertamente que contamos, entonces, con 5 universidades, 3 públicas y 2 privadas. El caso es que estas aumentan en la misma medida en que la geografía humana se extiende y democratiza, al punto que llegan a sumar más de 200 instituciones de educación superior para 1998. Otorgaban títulos válidos al esfuerzo de formación y para el escalamiento social mediante la educación. No se repartían diplomas como caramelos de feria ni para premiar, bajo pedido, a jueces supremos, como viene ocurriendo durante el tramo recorrido del siglo en avance.

Mientras que el general Gómez le dejó a Venezuela las tres primeras carreteras que cruzan al cuero seco de nuestra geografía – así lo describe Mario Picón Salas en su Comprensión de Venezuela (1949) – entre estas la Trasandina, las vialidades que alcanzan a 19.927 km de carreteras para 1958 suben a 95.529 km para 1998.

Nada que decir sobre la salud. Desaparecen en Venezuela las pandemias y epidemias durante el siglo XX. Y lo veraz es que hacia 1955 cuenta el país con 228 hospitales de los cuales 89 eran privados. Los centros de salud, en poblaciones entre 5 y 15 mil habitantes son 11 y 396 las medicaturas rurales. Mas llegado el año de 1998, así como los venezolanos cuentan con 39,6 profesionales de la salud (23, 7 médicos) por cada 10.000 habitantes, son 58.815 las camas hospitalarias disponibles. Los hospitales generales se elevan a 927, de los cuales 344 son del sector privado. Los ambulatorios frisan 4.027, de los que 3.365 son rurales.

Al Pacto de Puntofijo, cuyo tiempo no regresará por imperio de la historia de lo humano y la ausencia de circularidad en la misma historia, que sólo es maestra de la vida, afirmaba Cicerón, le toco restablecer en nosotros el orgullo de ser venezolanos. Luego quiso destruírnoslo el Pacto de La Habana, buscando envilecer y corromper al conjunto de los venezolanos, comenzando por las instituciones de la república. La república se hizo lo que vemos ahora. Es un teatro de utilería, que enajenó a nuestra soberanía mientras se hacían de nuestro territorio, como botín, unos bucaneros, los Welzares del siglo XXI. Por lo pronto, como en un juego infantil, se están montando unos poderes públicos sin columnas – como los edificios que molieron a miles de compatriotas en La Guaira – como para que la obra, diría Paul Valery, no acabe. ¡Que siga la virtualidad!, agregaría Elon Musk.

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