Trabajo como locutora de radio Pundonorosa de Miami. Cubro el turno de medianoche a seis de la mañana. Básicamente paso canciones de moda y, entre canción y canción, abro el teléfono, escucho preguntas de la audiencia y doy consejos sentimentales, laborales, familiares, incluso financieros, de toda índole. También me gusta dar mis opiniones políticas. Soy anticomunista radical, pistolera. Soy de derechas golpista, conspirativa, guerrillera. Siempre he pensado que los comunistas son todos unos tarados, personas de muy bajo coeficiente intelectual, brutos congénitos, sin cura. En general estoy a favor de los golpes de estado, pero no de los golpes militares, porque los militares son unos inútiles, sino de los golpes empresariales, plutocráticos. En este momento, por ejemplo, me declaro a favor de que Lorenzo Mendoza y Gustavo Cisneros den un golpe en Venezuela, y así lo he dicho a gritos en mi programa. También vería con gran simpatía que Bill Gates y Jeff Bezos diesen un golpe de estado en Washington. ¡Cómo me excitaría ver a Mark Zuckerberg entrando en una tanqueta a la Casa Blanca!

Mi programa lleva ya diez años en La Pundonorosa y se llama “Pasa la noche conmigo”. Tengo muy buenos ratings, especialmente entre las personas de sesenta y cinco años o más. Todo el mundo me conoce como La Doctora Pipiola y me trata de usted. Diré la verdad: no hago mi programa sobria. Estimulo mi lengua loca, viperina, bebiendo Baileys, el licor irlandés. Es una mezcla fantástica de whiskey y crema que me atiza el ánimo, me pone belicosa y me refina el humor. El whiskey me desinhibe, me da valor para decir lo que pienso, y la crema me sirve como digestivo y me manda al baño a desahogarme en las tandas comerciales. Gracias al Baileys, estoy flaca. Cuando llego a mi casita del Doral a las siete de la mañana, estoy un poco borrachina, sí, pero sin hacer escándalos ni bochornos. Vivo sola. Me he divorciado dos veces. No tengo hijos, no tengo mascotas, no tengo santos y virgencitas colgados en las paredes de mi casa. Tengo un retrato de Churchill, otro de Ronald Reagan y uno del papa Polaco. Ya les dije, soy de derechas y no tengo complejos en proclamarlo.

Estoy deprimida y asustada porque los gerentes de La Pundonorosa me han dicho que están dispuestos a renovarme el contrato anual, pero recortándome mi salario un 30 por ciento. ¡30 por ciento! ¡Es demasiado! ¡Mejor que me amputen tres dedos de una mano! ¡Antes que me mutilen un seno! ¿Cómo haría para pagar mis cuentas sin endeudarme, ganando 30 por ciento menos? Les he rogado que no me humillen de esa manera, les he explicado que si me bajan mis honorarios de ese modo tan drástico, tendré que irme a otra radio de Miami, por ejemplo a radio Oxígeno o a radio La Tripita. Sollozando, hipando, dándome golpes de pecho, le he dicho al gerente que estoy dispuesta a prestarle servicios sexuales clandestinos, si no me baja la plata. Pero él me ha respondido:

-No, gracias, Pipiola, estás demasiado vieja para mí.

¡Degenerado! ¡Crápula! ¡Patán! ¡Amoral! No estoy tan vieja. Tengo cincuenta y un años. Con luces bajas y un poco de Baileys, parezco de cuarenta y seis. No sé qué voy a hacer si me bajan el sueldo de esa manera abusiva, draconiana. Creo que tendré que vender mi casita del Doral y mudarme a un efficiency en Hialeah, con vista al río Ockeechobee. ¡No es justo que me maltraten así! Pero el gerente no se compadece de mí y me ha dicho, con cara de palo:

-Tus ratings han bajado.

-¿Por qué? –le he preguntado, mortificada.

-Porque las viejas que escuchan tu programa se van muriendo año tras año. Entiéndelo, Pipiola: tu programa solo se sintoniza en los geriátricos. Tu target son las ancianas insomnes de setenta años o más. Y esa gente no consume nada. Por eso los auspiciadores no compran publicidad en tu programa. El único cliente que nos queda es el de pañales para viejitas incontinentes.

Si insisten en bajarme la plata tan brutalmente, me obligarán a renunciar. Me quedaré desempleada, pero mi dignidad no tiene precio. Prefiero morir de rodillas que vivir de pie, ¿o es a la inversa?

Mi sueño de toda la vida ha sido entrar en política, y creo que lo cumpliré bien pronto. Voy a fundar el Partido Anticomunista de Miami (PAM). No será un partido pacifista, intelectual, con una ideología. Será un partido tiratiros, ultraderechista, que reivindique la lucha armada para capturar el poder. Nuestra meta en el corto plazo será derribar las dictaduras de Cuba y Venezuela. Luego iremos por las de Nicaragua, Bolivia y Ecuador. Pediré dinero a los magnates de Miami (comenzando por Don Francisco, Emilio Estefan y Pitbull), compraré armas de fuego usadas en Hialeah, alquilaré un yate en la marina de Key Biscayne, lo bautizaré “Grandma” en honor a mi abuelita ya finada, y zarparemos desde el puerto de Miami hacia Matanzas. Además de armas cortas y fusiles de guerra, llevaremos veneno en cápsulas que mis amigas comprarán a la mafia rusa de Sunny Isles: polonio-210, ricina, manzanas de cianuro, hojas de belladona y pastillas expiradas de Viagra. Nuestro propósito será propiciar el descanso eterno de Raúl Castro y su camarilla militar; el bien ganado reposo de Maduro, Cabello y sus paniaguados; la mudez de Rafael Correa; la calvicie de Evo Morales; y el priapismo de Daniel Ortega. Una vez que capturemos el poder en esos cinco países dominados ahora mismo por el comunismo vicioso y ladrón, instauraremos el inglés como idioma oficial y el dólar como moneda única de cambio, construiremos campos de golf de Trump allí donde ahora hay cuarteles militares, y llegaremos a un provechoso acuerdo con Jeff Bezos para que esos territorios liberados se conviertan en grandes almacenes de Amazon. A quienes se opongan a nuestros planes redentores, no los meteremos en la cárcel ni los fusilaremos ni los mandaremos al exilio, solo les regalaremos celulares Samsung Galaxy Note 7 para que se quemen las orejas de vez en cuando.

Mientras tanto, seguiré haciendo mi programa todas las medianoches, una botellita de Baileys escondida en mi cartera, unos tragos furtivos entre canción y canción, llamada y llamada. Soy La Doctora Pipiola, llevo treinta y tantos años haciendo radio en español, y no voy a permitir que unos desfachatados me hundan en el fango de la ignominia y destruyan mi legendaria carrera. Si no llego a un acuerdo de renovación con La Pundonorosa, hablaré discretamente con mis amigos de La Caracola, a ver si me contratan, o con la gerencia de radio La Tripita, conocida popularmente como “la que no tiene pies y se para”. Yo no nací para estar callada y ser sumisa y adulona y consentir los abusos de la gerencia. Yo soy una luchadora, una gladiadora, una rebelde sin causa. Mis armas letales son mis palabras libérrimas; no me hinco de rodillas ante nadie, ni siquiera ante el Papa argentino peronista socialistón; digo lo que me brota a borbotones del pecho o de las entrañas o de la trémula cueva vaginal, pues sufro de taquicardia vaginal aguda; soy una capitalista sin capitales; y no he venido al mundo para obedecer sino para mandar.

A veces, cuando voy al mall de Sawgrass y mis radioescuchas me reconocen con solo oír mi voz pidiendo bragas y sostenes extra-extra-large, me preguntan: Pero doctora Pipiola, ¿usted no cree en el amor, no tiene novio o enamorado, no ha encontrado su media naranja? Usted que sabe tanto del amor y de la vida, que da tan buenos consejos, ¿vive sola, sin nadie que le haga masajitos en los pies y le diga cositas lindas? Usted que es una triunfadora, un ejemplo, una lideresa de opinión, ¿tiene que venir a comprar a Sawgrass, como nosotras, que vivimos de nuestras pensiones de jubiladas? ¿No puede usted comprar en Dadeland, en Aventura? ¿Cómo es posible que maneje un Toyota Yaris que le regaló el argentino guapo de Kendall Toyota? Y yo me hago fotos con ellas, les firmo autógrafos (porque solo las muy veteranas todavía piden autógrafos) y les digo la verdad: Yo no creo en el amor, hija, solo creo en que a mi consolador no le fallen las baterías; y no creo en que servir a los demás y amar al prójimo te procura felicidad, pues a mí lo que me hace feliz es dormir diez horas corridas, comer chocolates y comprarme chucherías en descuento; y no creo en la democracia ni en la oclocracia, porque el pueblo no sabe elegir lo que más le conviene, creo en el gobierno de los empresarios más ricos y exitosos, y por eso voté por Trump, aunque hubiera preferido que Bloomberg fuese candidato.

Los espero a medianoche en La Pundonorosa. Por favor, ahora que estoy en crisis, ¡no dejen sola a La Doctora Pipiola!

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