La pandemia y la guerra, llegadas desde el Oriente de las luces, por lo visto no son capaces de hacer reaccionar a las conciencias en el Occidente de las leyes. Aquellas, como lo demuestran los relatos y acciones de sus autores, avanzan para mineralizar una cosmovisión destructora de las raíces de la civilización judeocristiana.

El “aquí y ahora”, que se concreta en el voluntarismo del “tener” y para ello “tener que”, con independencia del “deber” y abstracción de cualquier “valor” ético, es ajeno en Occidente incluso para los cultores de la utopía marxista. Atados a la razón de la historia y la dinámica de sus fuerzas, no por ello se dicen anclados estos a la fatalidad de lo actual. Destronados de dioses, sí, los marxistas conservan no obstante un sentido aspiracional – errado como lo creo – que al igual que a Ulises, según creen ellos, los llevará a su Ítaca.

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En esto no son distintos de quienes, apuntados en las vertientes universalistas del judaísmo o del cristianismo, han creado “una cultura cargada de significado” para todo el género humano; afirmada en el legado de la Biblia como lo dijo David Ben-Gurión en 1948 o, en el caso de los cristianos, cifrando su destino en la idea de la Resurrección mesiánica. Más allá de lo confesional, ambas reivindican, de suyo, el carácter inalienable e inviolable de la dignidad que es inmanente a la persona humana. Tener proyecto de vida es lo propio de esta.

Ello implica contar con raíces, tener memoria, sin avergonzarse de la misma. Evita la pérdida de la identidad y el vivir como sobrevivientes, arrastrados por cualquier circunstancia. Más implica, juntamente, asumir el futuro como derecho irrenunciable y con audacia, para no caer en el plano del taciturno, del dependiente del “aquí y el ahora”, y captando al presente como realidad y en su desafío, tal y como es. La realidad humana y su experiencia escapa al capricho o a la hipoteca ideológica que atomiza y fragmenta, como les ocurre a las identidades de nuevo cuño. Así lo sostiene, por cierto, Papa Francisco.

La cuestión viene al caso pues la guerra de Rusia contra Ucrania se inició en 2013. Tardíamente escandaliza a un Occidente enfebrecido pero avergonzado de su historia, caprichoso como Vladimir Putin y demandante de libertades prêt-à-porter. Sólo ve lo que le muestra la visual hollywoodense o el Twitter ¡Renace en Rusia otro Hitler! Crecen, y es verdad palmaria, las violaciones masivas de derechos humanos que aquella provoca, en sus enfrentamientos contra los ucranianos.

Sin embargo, choca con los árboles. Las noticias que nos nutren en Occidente son distintas de las que llegan a la otra parte, al Oriente y al Pacífico, con sus verdades o verdades a media, o fake news. No olvidemos que este es muy distinto del mediterráneo Atlántico, al que se limita nuestra perspectiva. Y la cuestión que nos ocupa es global.

Media un relato construido entre 1989 y 2019, comprado por el mismo Occidente y sus gobiernos, acríticamente. Consta y lo resume el pacto de Beijing, suscrito por Rusia y China el pasado 4 de febrero, en vísperas de la última etapa de esa larga guerra de aquella contra Ucrania.

Tan miopes somos que, nuestras élites políticas y analistas destacados, aún hoy se empeñan en separar al trigo del heno afirmando que al imperio mandarín no se le puede acusar de colusión, con las acciones dementes atribuidas a Putin.

Uno y otro le han dicho a Occidente que son potencias mundiales orgullosas de su pasado, construido durante miles de años, y que están llamadas a conducir los destinos del mundo globalizado. Mientras auspician la gobernanza digital, financiera y comercial, en la que sus gobernados son simples dígitos o datos para la construcción de algoritmos, al paso exigen que cese la pretensión judeocristiana de Occidente, si quiere la paz.

No aceptan se prediquen universales sobre derechos humanos y acerca de una concordia afirmada sobre la experiencia humana de la democracia. Han de ser y ser vistas estos, según Rusia y China, como categorías personales, acaso nacionales, a la luz de cada realidad histórica particular y justificables por sus gobiernos mirándose en esta. En pocas palabras, todos a uno hemos de resituarnos en el “aquí y ahora”, para “tener” y previamente “tener que”, según los dictados del capitalismo de vigilancia emergente y sus dictaduras del siglo XXI. El deber y el valor son secundarios.

Las preguntas huelgan.

¿Hace parte de la hipocresía occidental criticar a Putin por su despliegue bélico y a la vez callar una mayoría cuando se le expulsa del Consejo de Derechos Humanos? En el “aquí y ahora” se le tacha y es válido, pero no lo fue cuando debió hacérselo, en 2014, en el instante mismo en que el gobierno de Ucrania denunció ante Naciones Unidas la invasión rusa de Crimea y Sebastopol.

Una pléyade de gobiernos latinoamericanos aún se beneficia de los dineros chinos, atenúa las responsabilidades de Xi-Jinping en la pandemia, y se hacen los distraídos cuando se les señala que China está asociada desde la trastienda con la agresión de los rusos y su incursión armada en la Ruz de Kiiv.

La ONU, en suma, somos nosotros mismos, nuestros Estados, nuestros gobiernos, nuestras gentes. En 2004 pedimos se declarase al 7 de abril como el Día Internacional para la Reflexión sobre el Genocidio en Ruanda, ocurrido en 1994. Fueron asesinados entonces 800.000 rwandeses, ocurrió un genocidio del que fue culpable Naciones Unidas, según los investigadores. Occidente, que vivió el Holocausto ha perdido la memoria. Mientras rompe con sus raíces milenarias que le cantan a la vida se ceba con la destrucción de sus íconos, quema iglesias, no mira los genocidios en cámara lenta que tienen lugar a su alrededor, en Nicaragua, Cuba y Venezuela. Le escandalizan las víctimas ucranianas. ¿Por qué?

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