Que no es feminista sino femenina. Que le gusta ser mujer, pero la mujer que quiere ser, no la que quieren que sea. Eso es todo lo que ha dicho la periodista española Isabel Rábago a las puertas del Día Internacional de la Mujer. Abruma leer en las redes la escalada de insultos que le han llovido por decir algo así. Abruma ver la tendencia al sectarismo que sigue vigente en la izquierda española, que todo termina reduciéndolo a la misma disyuntiva: o eres de los míos o eres el enemigo.

Ahora los socialistas necesitan la movilización en las calles. Tal vez para legitimar estar gobernando en exigua minoría y con el apoyo de los secesionistas, en vez de haber convocado elecciones hace meses. Y como se trata de una movilización imposible, por cuanto no ha sido refrendada en las urnas, los partidos del ala izquierda se abrazan al Día de la Mujer con la esperanza de que el tótum revolútum feminista que flota en el ambiente resulte su tabla de salvación en las elecciones.

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Isabel, que podía haber dicho esto mismo, o incluso podía esgrimir que el manifiesto de la concentración del 8-M es un despropósito que expulsa de la marcha a más de la mitad de las españolas, se ha limitado a ejercer su libertad para decir que se siente femenina y no feminista. Rara vez he conocido a una mujer con la suma de las virtudes típicamente femeninas que ostenta Isabel, y causa cierta hilaridad que ahora pretendan retirarle el carnet de mujer por presumir de feminidad, un término en el que no alcanzo a encontrar aspaviento peyorativo alguno.

Entre otras razones porque la feminidad atañe a todas las mujeres. Sí debería en cambio el movimiento feminista preguntarse por qué una mayoría no se sienten a gusto con el ismo que encabezan: por qué a la mayoría de las mujeres les parece un error feminizar al hombre, no digamos ya convertirlo en verdugo por el mero hecho de nacer con el sexo saliente; por qué muchas mujeres no creen que el marxismo, que no ha logrado más que esclavos, vaya a liberar a nadie; o simplemente, por qué muchas no han encontrado en su condición de mujer la razón de su fracaso sino la de su éxito.

Con la universidad repleta de mujeres brillantes, con las empresas con mujeres ocupando cada vez más cargos de responsabilidad, con las emprendedoras abriendo camino y generando riqueza, con las mujeres dirigiendo en gran medida los destinos del siglo XXI, lo que en todo caso habría que valorar hoy es cuáles serán las consecuencias de la criminalización de la masculinidad. Lo digo al tiempo que anticipo que, como cantaba Loquillo, yo no creo en la igualdad; sí en el mérito y la excelencia y la riquísima diversidad del ser humano. De modo que, desde el punto de vista meritocrático, la superioridad de las mujeres es indiscutible. La igualdad en la que creo es la de oportunidades. Caso aparte: en cuanto a violadores, abusadores y maltratadores varios, veo muy pertinente medidas como la cadena perpetua que no defiende la izquierda, o la castración que no defiende nadie.

Por lo demás, celebro la libertad. Y en particular, hoy, la de Isabel Rábago para representar a las mujeres, al menos exactamente igual que las que el año pasado en el 8M portaban pancartas tan femeninas, tan masculinas, o tan lo que sea, como “Si quieres la cena me comes el coño”, “La talla 38 me aprieta el chocho” o “saca tu rosario de nuestros ovarios”.

A propósito de las pancartas, es primordial seguir erradicando el machismo, una patética degeneración, pero no estoy seguro de que en el camino la primera víctima deba ser el buen gusto, ni que el resto de las mujeres que participan en la marcha merezcan ser mezcladas con un desvarío minoritario. En todo caso, eso es lo que me temo que no le acaban de perdonar a Isabel Rábago. Su buen gusto. Que es una mujer libre, inteligente, luchadora, triunfadora y guapa. Terrible combinación. Por lo visto, se trata de un compendio de virtudes que ciertas defensoras de la mujer solo le permiten poseer a los hombres, esos malditos bastardos.

Son infinitas las cosas que los hombres podemos aprender de mujeres como Isabel. Quizá la más importante, la valentía. La de exponerse a que te lapiden mediáticamente las abanderadas de la liberación por decir lo que te da la gana sobre ti misma. Duele admitirlo, pero un hombre jamás se atrevería a tanto. Gracias por la lección.

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