martes 18  de  agosto 2026
OPINIÓN

Láncara, el origen del mal

La medida de un alcalde socialista español que solicita retirar un busto de José Martí de la casa natal de Ángel Castro reaviva el debate sobre el legado del líder cubano.

Diario las Américas | Omar Sixto
Por Omar Sixto

El alcalde socialista de la aldea gallega de Láncara, en Lugo, ha pedido a la embajada cubana en España que retire un busto de José Martí instalado en la choza de donde salió Ángel Castro —un gallego pobre— a hacer fortuna en una Cuba próspera hace más de cien años. El hijo bastardo de ese gallego, Fidel Hipólito Ruz, se apropió durante décadas del nombre de un hombre justo y limpio, y del ideario del fundador de nuestra Cuba libre.

Ángel no tenía nada de ángel. Se hizo de tierras en el oriente cubano, hizo fortuna y dio hijas e hijos a trocha y mocha. Unos ángeles, otros demonios. Y uno de estos últimos —ya reconocido como hijo legal, despojado del burlable Hipólito y arropado con el reconocido Castro— comprendió de inmediato que, si quería figurar en la historia de Cuba (lo cual era lo único que le importaba), tenía que apropiarse de la imagen, el prestigio y el ideario de nuestro gran José Martí.

En realidad, el bastardo —ahora bautizado— echó mano de lo que fuera para hacerse de un nombre, más allá de los calificativos de Bola de Churre, Guajiro o el Loco con los que era conocido. En su carrera a la fama usó todo tipo de maromas para figurar en la prensa. Prensa libre en aquel país en el que nació sin padre legal.

Primero se robó la campana de La Demajagua, bronce con el que la Cuba libre dio su primer grito. Luego embaucó a un grupo de jóvenes limpios y decentes, y los llevó a asaltar un cuartel militar donde pernoctaban cubanos pobres, empleados de las fuerzas armadas de una república mancillada, pero funcional. Los llevó a matar cubanos, a compatriotas, en nombre de José Martí.

Digo los llevó, pues él nunca llegó a la acción. Cobarde fue siempre.

Así es que, luego de unos años, los golpes de efecto de ese bandido —enarbolando el prestigio y la pureza de un hombre limpio, de José Martí— lograron que la mayoría de los cubanos de entonces, en 1959, le entregaran las riendas de sus destinos, hechizados por su imparable verborrea.

La dictadura totalitaria que nos impuso lleva sesenta y siete años hablando y hablando, prometiendo e incumpliendo, mintiendo, manipulando, destruyendo, asesinando, encarcelando y demoliendo vidas como el bastardo hijo de Ángel demolió un país.

Demolió un país que fue república independiente gracias al legado de ese José Martí; demolió un país que era tan próspero que hasta el padre de ese bastardo emigró a él sin un centavo —sin un duro, dirían en su aldea—, huyendo de esa Láncara miserable hacia una isla próspera y libre.

Ángel Castro progresó en aquella isla próspera y libre en la que se respetaba a José Martí. Prosperó en la patria libre e independiente que soñó, por la que luchó y por la que murió José Martí. Huyó de esa Láncara miserable para instalarse en la Cuba libre que Martí fundó. Ahora un alcalde socialista quiere remover el busto del padre de esa Cuba próspera a la que el inquilino de esa choza inmunda emigró.

Hombre, casi nunca estoy de acuerdo con un socialista, pero en este caso lo apoyo con todas mis fuerzas. Es una aberración que el busto del pilar creador de una república exitosa, próspera y autosuficiente haga guardia frente a la choza del padre de su destructor. El busto de José Martí no solo le molesta al alcalde: nos molesta a los libres que perdimos nuestra tierra por el hijo de ese gallego pobre que emigró a una tierra próspera.

Destructor que se apropió de la imagen de un fundador. Que lo mancilló durante casi ochenta años, que lo mancilla aún hoy. Lo mancilla día a día al poner su horrenda piedra —donde dicen que yacen sus cenizas estériles— al lado del mausoleo que la Cuba libre le obsequió con honores, la misma que el hijo de Ángel demolió en pedazos.

Gracias, alcalde: hasta un imbécil hace algo útil de vez en cuando. Ya nos encargaremos los cubanos libres de mimar a ese busto mancillado. Ya nos encargaremos de limpiar ese mausoleo del fundador de un sueño arrebatado, de soltar en medio del mar, con mucho gusto, a esa piedra maligna, enfrente a ese Santiago bravo y herido.

Les molesta el busto de un apóstol de libertad y nobleza; les molesta que esté en casa de un gallego que emigró a Cuba para procrear a un bastardo que destruyó el mismo país próspero al que emigró. Cada día me siento más martiano; cada día me siento más cubano, más libre.

Cada día siento más la certeza del destino que nos espera de refundar ese sueño de ese primer cubano pleno, de ese José Martí que dio todo por este sueño, aún vivo, de fundar una Cuba libre. Una Cuba libre, próspera, autosuficiente, pujante y feliz.

Cumplir un sueño que está en nuestras manos hacer realidad. Láncara no es Cuba, gracias a Dios. Gracias a Martí, gracias a ti, Milagro mío. Mi Cuba libre, próspera y feliz.

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