En la mente de la gente de la izquierda radical siempre está el magnicidio como uno de los objetivos principales para conseguir sus metas políticas. Su esencia intrínseca se declara en su sentencia “la violencia es la partera de la historia” y no podemos menospreciar esas ideas comunistas en los recientes disturbios realizados en los Estados Unidos de América.

En realidad, podemos afirmar categóricamente que la Revolución Americana persiste desde sus inicios, en 1776 hasta hoy en el 2020, sin ser socavada y van in crescendo sus principios de libertad, vida y felicidad. Es la única revolución no traicionada en la historia de la humanidad, aunque los hijos de Lucio Bruto están en conciliábulos para su destrucción.

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Si bien, EEUU es una democracia consolidada por el tiempo, no ha podido descarrilarse de ese camino democrático y de libertad y usurparse el poder político del país a través del magnicidio de su jefe de Estado y Gobierno, a pesar que en ese puesto murieron varios de sus presidentes.

En el cargo de Presidente de los Estados Unidos fallecieron ocho de sus ejecutivos. Sin embargo, lo más importante de esto es que cuatro fueron asesinados en el ejercicio de su mandato y no hubo golpe de estado sino el cumplimiento de la Constitución.

Aquellos presidenciales, que sucumbieron en el magnicidio, fueron Abraham Lincoln, 1865; James Garfield, 1881; William McKinley, 1901, y John F. Kennedy, 1963. Sin olvidar que, en 1981, también durante un atentado le dispararon, hirieron de muerte y sobrevivió -único en estas circunstancias- el presidente Ronald Reagan.

De los cinco criminales que participaron en los atentados para asesinar a los presidentes estadounidenses, a tres se les diagnosticaron enfermedades psiquiátricas y dos fueron asociaciones de conspiración. Cuatro de los disparos asesinos fueron a quemarropa y el otro con un rifle a la distancia. Los asesinos todos fueron abrazados por la muerte, excepto uno, por ahorcamiento uno y otro por electrocución, uno por disparo antes de ser llevado a juicio, el otro muerto en un enfrentamiento armado con las autoridades policiales y el que conservó la vida, estuvo en un manicomio durante 35 años.

Muchos de los magnicidios han cambiado la historia de muchos países; pero el disparo más connotado en la historia de la humanidad fue el realizado al Archiduque del Imperio Austrohúngaro Francisco Fernando, príncipe heredero al trono y sobrino del emperador Francisco José. Esto desencadenó las dos más crueles guerras de la humanidad en el siglo XX.

En realidad, la muerte del archiduque Francisco, a mano de un anarquista serbio, conllevó a la declaración de guerra a Serbia y con eso la Primera Guerra Mundial, ambos eventos en 1914. Esto tuvo como consecuencia la derrota del Imperio austrohúngaro, desaparición del régimen monárquico y convención de Austria en una pequeña república y el cimiento de un tratado que también dejó en la humillación a Alemania; que fue utilizado años más tardes para el surgimiento y reforzamiento del nacionalismo socialista alemán y rearme de Alemania y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial (SGM).

En estos días recordamos el desembarco y batallas en Normandía, Día D, desde 6 de junio al 15 de agosto de 1944, donde EEUU, Reino Unido y los Aliados desembarcaron en Francia y en dos meses destruyeron el frente occidental de Alemania hitleriana, aquí se dieron los pasos seguros para la derrota incondicional de Alemania nazi y el surgimiento del nuevo orden mundial: la democracia representativa y las libertades fundamentales.

El Día D es la más grande maniobra de desembarco naval militar que se haya realizado en la historia. También está relacionada con la inteligencia y el valor de los soldados, que disminuyó las pérdidas humanas en el campo de batalla y tomó por sorpresa a Hitler y sus secuaces. Muchos actos de valor heroico se dieron en la SGM, uno de gran resonancia estuvo en relación con el primer ministro Winston Churchill, quien iba hasta los campos de batalla enemigo a fortalecer el espíritu de lucha de sus soldados.

En estos días en EEUU y su capital Washington, DC. se convirtieron en campos de batallas, donde las acciones terroríficas ocuparon partes importantes de las protestas callejeras, incitadas por la izquierda radical como Antifa, anarquistas, anarcocomunistas, supremacistas negros, comunistas y la intervención de países extranjeros; el viejo dogma antidemocrático de la canalla y los sans culottes al llamado de la revolución socialista del senador Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, representante, quien convocó a la huelga general.

En esa inestabilidad social, donde algunos están agazapados para dar el golpe mortal del magnicidio, al estilo de Abraham Lincoln, al presidente Donald Trump, pude observar con orgullo el paradigma de Churchill en Trump, al caminar por las calles de la capital, con valor heroico, inteligencia y sapiencia de estadista, hacia la Iglesia destruida por el fuego de los amotinados antisistemas del orden mundial posbélico (SGM).

El presidente Trump debe continuar su arduo trabajo, evitar repetir la circunstancia trágica del desequilibrado mental y Reagan, hacer América más grande como nunca jamás y, en la ley y el orden, fortalecer la democracia representativa y las libertades fundamentales. Obras de titanes; gracia, Presidente.

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