En esta casa estamos todos un poco locos. No lo digo quejándome, lo digo celebrándolo. Somos cinco y me temo que no cabe nadie más: mi esposa, nuestra hija, el perro, la gata y yo. Mal podría decirse que soy el jefe de la casa, el patrón, el que manda. En esta casa no mando yo: soy un súbdito de mi familia, un mayordomo de mi esposa, un amo de llaves sin llaves ni delantal, un criado de mi hija, una mascota de mis animales domésticos: su voluntad me somete y subordina y me obliga a obedecerlos. Lo hago muy contento. He nacido para ser pejesapo y no sapo, renacuajo y no rana, lagartija y no lagarto. He nacido para ser un asterisco, una nota a pie de página, una anécdota menor, insignificante. Cumplo felizmente ese destino.

No aspiro al poder, a la gloria, a la fama. No aspiro a mandar, a pasar a la historia. No aspiro a ganar premios. No aspiro más cocaína. Es decir: no aspiro. No aspiro: respiro. Aspiro a seguir respirando. Aspiro a seguir roncando. Respiro roncando diez horas cada noche, entre las tres de la mañana, cuando apago las luces, y la una de la tarde, hora en que me levanto sin saber bien quién soy. Aspiro a seguir durmiendo hasta la una de la tarde. Aspiro a preservar mi libertad de ese modo lánguido, perezoso. Aspiro a que ningún aparato despertador interrumpa mi sueño de un modo estrepitoso. Aspiro a que las mañanas sean apenas una ficción que me resulta extranjera.

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Mentiría si dijera que trabajo. No trabajo, no he trabajado nunca. Sólo trabajé cuando vivía mi padre. Ser hijo de mi padre era un trabajo pesado, odioso. Desde que murió, me siento de vacaciones, siento que me he jubilado prematuramente, que todos los años son sabáticos. He escrito libros, pero escribir no es un trabajo, es una fiesta, un goce, una orgía callada, un baile imaginario con palabras que aletean como mariposas, un retorno dichoso a la infancia, un juego infinito. He hablado zarandajas, pamplinas, boberías y memeces en la televisión, en las televisiones de varios países confundidos, pero hablar en público con la cara maquillada no es un trabajo, es un pico narcisista, un estallido maniaco, un delirio de grandeza, una forma de ser dictador, una tiranía ilustrada, una gimnasia egocéntrica. Es decir que nunca he trabajado. He fingido que trabajaba, me he entregado a esa simulación, cuando, en realidad, estaba embromando a quienes me pagaban. Nadie, cuando piensa en mí, dice: pero qué hombre tan laborioso, tan industrioso, tan hacendoso. Cuando algún despistado piensa en mí, dice: qué raro que ese tipo tan ocioso haya tenido éxito en la vida.

Y he tenido cierto éxito discreto, sí, no lo niego, porque mis libros se han publicado y algunos hasta se han traducido y ganado premios menores, y porque mis programas se han aireado y a veces han provocado revuelos parroquiales, pleitos de cabaré, pero la verdad desnuda es una sola, inescapable: todo lo que tengo, lo que poseo, lo que soy, se lo debo a mi madre, ella me lo ha dado todo. Esta casa en la que todos estamos locos me la regaló mi madre, el coche que uso para dirigirme a la televisora me lo compró mi madre, las universidades de mis hijas mayores las ha pagado mi madre, el colegio de mi hija menor lo paga mi madre, hasta mis calzoncillos y mis suspensores para correr los ha comprado mi madre. Lo único que no ha comprado mi madre son mis adminículos eróticos, mis juguetes de alcoba, pero ya sería demasiada insolencia por mi parte pasarle la cuenta de esos aparatos temblorosos, resbalosos. A pesar de que soy un mantenido, un pisado, un hijito de mamá, no he salido religioso como ella, aunque, cuando ella me lo pide, vamos a misa, rezamos juntos. Pero, en realidad, y aun durante las fiestas navideñas, me cuesta trabajo creerme las ficciones religiosas, del mismo modo que a ella le cuesta trabajo creer que las cosas que yo, su hijo agnóstico, escribo, son ficciones. Sin embargo, bien miradas las cosas, mi madre y yo nos parecemos bastante: ella se dedica por entero a las ficciones religiosas, de cuya veracidad y verosimilitud no duda un segundo, y yo me dedico a las ficciones digamos artísticas o literarias, tratando de que mis lectores tampoco duden de que ocurrieron de ese modo minucioso, o de que pudieron haber ocurrido de ese modo minucioso, es decir que las ficciones religiosas, como las literarias, deben resultar creíbles para sostenerse y perdurar.

En esta casa estamos todos locos, somos bastante anormales, pero, en general, nos sentimos libres, hacemos lo que nos da la gana, y tal vez por eso somos felices, o no somos infelices. Mi esposa hace muchas cosas a la vez y las hace todas bastante bien: por las mañanas, cuando yo duermo, sale a correr, juega tenis, va a la academia de karate, se da un chapuzón en el mar; luego almuerza conmigo en el café de siempre, los platos de costumbre; por las tardes escribe sobre todas las cosas que le duelen, sobre sus traumas y sus heridas, sobre los amores contrariados, sobre sus peores y más ponzoñosos enemigos, a los que pisotea escribiendo como si fueran alimañas, pues ella cultiva el rencor y dice que del árbol del rencor brotan las flores más primorosas, qué cosa tan rara; y de noche toma vino tinto, escucha música y baila sola, mientras yo estoy hablando pavadas y gansadas en la televisión. Nuestra hija cumple sus obligaciones académicas sin quejarse, usa juiciosamente su libertad, y una vez que ha concluido las clases y las odiosas tareas, lee libros de aventuras en inglés o se ríe a carcajadas viendo cosas graciosas en su celular. Es una niña habladora, histriónica, con marcada vena humorística. Dice que será actriz, cineasta, comediante. Sabe de un modo intuitivo que una buena historia o una anécdota graciosa es siempre superior a hablar de política. Detesta la política, detesta a la gente que sólo habla de la política, le parece que son personas condenadas a la desdicha, a la grisura, al final amargado y a la ingratitud. Lo suyo es el arte, sabe a tan temprana edad que la política pasa y el arte perdura, que la belleza está en el arte y no en la política, por eso bosteza cuando viene alguien de la familia, hablando de política como si todo lo demás fuese irrelevante, como si los políticos fuesen admirables, mejores que nosotros, cuando son peores, mucho peores.

Pero la principal fuente de sabiduría en esta casa proviene de la gata y no de nosotros, los humanos. La gata es uruguaya, era de los vecinos, ahora pasa más tiempo con nosotros, no sabemos por qué nos ha elegido de momento. Es una señora ya mayor, muy delgada, que no engorda, que no hace ruido, que no molesta, que nos mira con lástima, con desdén, como si supiera que somos inferiores a ella, criaturas minúsculas, ruidosas, vulgares, incapaces de vivir ensimismadas como ella, tan sola y elegante en algún rincón oscuro de la casa, sin incordiar a nadie. Por supuesto, la gata uruguaya no es nuestra ni es de nadie, no es una mascota, es una señora solitaria y superior, altiva y sigilosa, libre en grado sumo. Mirándola, observándola, aprendemos. Sé que es más inteligente que yo y que también me supera en modales, en elegancia, en ir por la vida buscando la sombra sin hacer escándalos. La gata uruguaya no hace nunca el ridículo: a mí me sale natural hacer el ridículo todo el tiempo, sin advertirlo. Debería aprender de ella a no buscar la exhibición pública, a cultivar el perfil bajo, pero me temo que ya es tarde: pertenezco a la farándula y ella, a la academia.

En cuanto al perro que vive instalado en el corazón mismo de nuestra familia desde que llegó hace ya cuatro años, contrariando mis deseos, pues pensaba que no podría pasar las tardes escribiendo con un perro en la casa, sería más exacto decir que no es un perro, sino un perrito, y que no es un perrito, sino es mi hijo, mi hijito, mi único hijo varón. Me duele decir que ha salido a mí: no se distingue por su preclara inteligencia, es un poco bobito. Pero es simpático, tiene carisma, se deja querer. Y lo que tiene de tontín lo tiene de guapo: es muy bello, muy coqueto, un gran conquistador, y él lo sabe, y por eso tiene muchas novias en la academia de perros a la que asiste de nueve de la mañana a cinco de la tarde, una academia cara, carísima, más cara que el colegio de mi hija, cuyas cuentas paga también mi madre, Dios la bendiga, Dios la preserve en conserva.

Las horas y las días pasan entonces lenta y felizmente en esta casa de locos, todos locos, porque cada uno ejercita su libertad y hace lo que le da la gana, aun si eso es perder el tiempo: mi esposa escribe o trata de escribir un libro sobre su primer amor, un amor que la dejó malherida; nuestra hija que está de vacaciones se ríe a carcajadas y el eco de sus risas se extiende por toda la casa como una música de fondo que evoca el paraíso perdido de la infancia, cuando éramos todos inmortales, como lo es ella ahora; la gata uruguaya, nadie sabe dónde está, pero es seguro que no molesta; el perro aún no vuelve de su academia que, me temo, es también burdel o meretricio, pues allí se monta a cuanta perra puede montarse; y yo, el más bobo de todos, la mascota, el pejesapo, el renacuajo, la lagartija, me encierro en mi escritorio, tratando de escribir un capítulo más de una novela sobre los genios y los locos, sobre unos genios y unos locos que algún día conocí y marcaron para siempre mi destino.

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