La sociedad de libre mercado, como fenómeno histórico moderno, no nace de golpe ni en una fecha exacta. Empieza a formarse entre los siglos XVI y XVIII, cuando se debilita el orden feudal, crece el comercio, se expande la propiedad privada y aparecen formas modernas de banca, crédito, compañías mercantiles, industria textil y acumulación productiva. Pero todavía ahí conviven muchas impurezas del viejo orden: mercantilismo, monopolios concedidos por el Estado, privilegios coloniales y comercio protegido, es decir, elementos esencialmente socialistas en la medida en que colocan al poder político por encima del mercado, del propietario, del comerciante y del ciudadano libre. Cuando el Estado reparte permisos, protege monopolios y decide quién puede comerciar, no hay sociedad de libre mercado en sentido pleno.
Su desarrollo decisivo llega en el siglo XVIII inglés, con la Revolución Industrial y con Adam Smith, cuya La riqueza de las naciones, publicada en 1776, describe una sociedad económica mucho más cercana al mundo moderno, aunque todavía no usa la palabra capitalismo. Por eso Marx no descubre el nacimiento del libre mercado. Marx llega después, cuando ese orden ya se ha industrializado, se ha expandido y ha creado fábricas, proletariado urbano, bancos, comercio global y nuevas tensiones sociales. El manifiesto comunista de Marx y Engels aparece en 1848, y El capital, publicado por Marx en 1867, no inaugura el debate sobre la sociedad de libre mercado, sino que intenta juzgarla cuando ya llevaba décadas transformando Europa. Dicho de otro modo: primero existió la sociedad comercial e industrial de mercado, después vino su nombre acusatorio, capitalismo, y con Marx esa acusación encontró un sistema teórico que ha transitado épocas de mayor y menor intensidad.
Marx, conviene recordarlo, no habla de capitalismo como hablamos nosotros hoy, no al menos como sustantivo abstracto, casi redondo, convertido en nombre universal del sistema. Su vocabulario se mueve alrededor de capital, capitalista, burguesía, sociedad burguesa, producción capitalista, modo de producción capitalista y sistema capitalista. En El capital, especialmente en el tomo I de 1867, su expresión central no es capitalismo, sino modo de producción capitalista. Liberty Fund, al revisar el problema terminológico, precisa un dato que vale oro contra los repetidores de manual: Marx no usó el término alemán der Kapitalismus en el tomo I de Das Kapital, el término aparece solo una vez en el tomo II, publicado póstumamente por Engels, y tampoco aparece en el tomo III. Más aún, algunas traducciones inglesas posteriores insertaron capitalism aunque el original alemán usara otras fórmulas. Es decir, Marx no inventó la palabra ni la convirtió en su columna verbal. La palabra ya venía cargada desde la izquierda europea del siglo XIX, y Marx, más que crearla, le dio armazón teórica a la sospecha.
Lo que la izquierda llamó capitalismo, sus defensores debieron haberlo llamado siempre sociedad de libre mercado. Porque el sistema no se define por la existencia de capital. Capital hubo en Roma, en el feudalismo, en las monarquías mercantilistas, incluso en la Unión Soviética, China, Cuba y en cualquier Estado que haya manejado tierra, fábricas, bancos, ejércitos, tributos, almacenes, minas o comercio. El capital no define al capitalismo. Lo que define al capitalismo, entendido correctamente como sociedad de libre mercado, si aceptamos usar esa palabra a pesar de la contaminación incentivada por los enemigos de la libertad, es la existencia de propiedad privada protegida por la ley, precios libres, competencia abierta, seguridad jurídica, libertad contractual, empresa independiente, justicia imparcial y límites reales al poder político.
Sin libertad no hay capitalismo. O, para decirlo mejor, sin libertad no hay sociedad de libre mercado. Como recuerdan las definiciones convencionales de Britannica y del Fondo Monetario Internacional, el capitalismo se asocia con propiedad privada, precios de mercado, actores económicos libres y decisiones descentralizadas, no con la simple existencia de dinero, empresas o capital bajo control político. Puede haber hoteles, divisas, bancos, inversionistas, millonarios, exportaciones, importaciones, tiendas, corporaciones, negocios privados y hasta tarjetas relucientes en una economía sin libertad, pero eso no convierte a esa economía en capitalista. La existencia de capital no convierte a un régimen en capitalismo, del mismo modo que la existencia de iglesias no hace de una tiranía una sociedad libre, ni la existencia de tribunales dota de Estado de derecho a una dictadura.
De ahí que la expresión “capitalismo de Estado” sea una trampa verbal. Puede tener valor descriptivo en ciertos debates académicos, porque se usa para hablar de economías donde el Estado participa como propietario, accionista, banquero, regulador y planificador, pero políticamente es una categoría peligrosa, y sobre todo esencialmente contradictoria, porque termina culpando al capitalismo de lo que en realidad hace el Estado cuando captura el capital. Si el Estado es dueño, juez, socio, banco, aduana, policía, permiso, castigo y recompensa, entonces no estamos ante capitalismo en sentido pleno. Estamos ante poder político administrando riqueza. Estamos ante estatismo con ciertos mecanismos de mercado. Estamos ante una economía de concesiones, no ante una sociedad de libre mercado, que es lo que, en sentido liberal clásico, debería entenderse por capitalismo.
La contradicción está en la fórmula misma. Si es de Estado, no es capitalismo en el sentido moral, jurídico y liberal del término. Si el ciudadano no puede entrar libremente al mercado, si no puede poseer sin miedo, si no puede contratar sin permiso, si no puede importar sin intermediario político, si no puede exportar sin autorización, si no puede competir contra la empresa protegida por el poder, si no puede defender su propiedad ante jueces independientes, si no puede quebrar sin ser criminalizado ni prosperar sin ser vigilado, si no puede ser un empresario y a la vez un opositor político, si no puede utilizar su dinero para hacer oposición si así lo desea: entonces no hay libre mercado.
Ahora no pocos periodistas, influencers, analistas y medios están repitiendo que la isla se encamina hacia un capitalismo de Estado, hacia un capitalismo sin democracia, hacia el modelo chino o hacia una apertura capitalista, sobre todo después de que varios medios internacionales describieran las nuevas medidas económicas del régimen como una apertura hacia mecanismos de mercado. La frase suena moderna, pero es teóricamente torpe si no se precisa. Cuba no se encamina hacia un "capitalismo de Estado". Cuba padece desde hace décadas el capital secuestrado por el Estado, que es otra forma de describir el socialismo en su cruda realidad.
La propia Constitución castrista de 2019 declara el carácter socialista del sistema, la propiedad estatal sobre los medios fundamentales de producción y la dirección planificada de la economía, además de establecer que el Estado dirige, regula y controla la actividad económica. De modo que el Estado cubano ya era dueño de los capitales fundamentales, de la tierra estratégica, de la banca, del comercio exterior, de las empresas principales, de las divisas, de los salarios públicos, de los permisos, de la importación, de la exportación, de los hoteles, de los puertos, de las tiendas, de los precios políticos y de las reglas de entrada y salida. Lo nuevo no es que aparezca el capital. Lo nuevo es que el régimen, quebrado por su propia estatización, intenta permitir algunos mecanismos de mercado para que la finca no se le muera del todo. No abandona el socialismo. Lo maquilla. No libera al ciudadano. Lo administra de otra manera. No entrega la economía a la libertad. Le pone una vitrina privada a una estructura estatal.
Las recientes “medidas económicas” anunciadas en Cuba han servido para encender esa confusión. Según la versión oficial, se trata de 176 propuestas, supuestas reformas, que permitirían banca privada, empresas con acciones, participación privada, mercado cambiario digital y emprendedores con mayor capacidad de contratación. El diario español El País habló de apertura al capitalismo. La plataforma elTOQUE tituló “Capitalismo sin democracia”. Y La Vanguardia habló de una apuesta por el modelo chino de capitalismo de Estado, es decir, una falsa economía de mercado de inspiración socialista, sin renunciar al partido único ni al autoritarismo. Una cadena de chistes macabros. Todos esos enfoques captan algo real: el castrismo intenta usar herramientas de mercado. Pero varios caen en el mismo error conceptual: llamar capitalismo a lo que sigue estando sometido al Estado.
El caso de elTOQUE es útil porque su fórmula, “capitalismo sin democracia”, resume una intuición correcta y un problema teórico. Correcta, porque el régimen quiere abrir compuertas económicas sin abrir compuertas políticas. Problemática, porque si no hay democracia, Estado de derecho, propiedad segura, libertad de prensa, libertad de asociación, libertad contractual, justicia independiente ni alternancia política, entonces no estamos ante capitalismo, entendido correctamente como sociedad de libre mercado, sino ante estatismo con mercado vigilado. No es capitalismo sin democracia. Es socialismo real sobreviviendo mediante permisos y juegos con el mercado.
La Vanguardia, al hablar del modelo chino de capitalismo, toca otro punto clave: Cuba mira a China y Vietnam porque desea crecimiento económico sin libertad política, inversión privada sin alternancia, mercado sin ciudadanía plena, consumidores más activos pero súbditos intactos. La etiqueta puede sonar cómoda, pero exige una aclaración inmediata: una cosa es usar mecanismos de mercado bajo mando comunista, y otra muy distinta es construir una sociedad de libre mercado.
También aparece la idea de capitalismo de Estado en textos que describen la Cuba de la desigualdad, la dolarización, las tiendas en divisas, las élites político-financieras y el privilegio de casta. Esa lectura acierta cuando retrata a la dictadura como una oligarquía económica, pero vuelve a fallar si llama capitalismo a lo que en realidad es captura política de los recursos. No estamos ante empresarios libres compitiendo en un mercado abierto, sino ante una élite formada al calor del poder, de la confiscación, del monopolio y del permiso. No es el mercado produciendo desigualdad bajo reglas abiertas. Es el Estado socialista administrando privilegios bajo reglas cerradas.
El ejemplo de Luis Alberto Mariño, recogido recientemente por CiberCuba, también es elocuente en este sentido. Mariño denuncia que en Cuba impera un capitalismo de Estado que explota a los trabajadores, especialmente cuando el régimen intermedia entre empresas extranjeras y empleados cubanos. La descripción moral es justa, porque ahí hay explotación. Pero el concepto puede afinarse: si una empresa extranjera no contrata libremente al trabajador, si el salario pasa por el Estado, si el trabajador no negocia su paga y si el régimen se queda con una parte sustancial del valor laboral, entonces eso no es capitalismo. En ese marco jurídico castrista, donde el Estado dirige la economía y administra la relación entre capital extranjero y trabajador cubano, no estamos ante libre contratación, sino ante trabajo administrado por un Estado socialista que alquila su población laboral. Dicho con precisión política y moral, y no como categoría penal cerrada, es una forma de trata laboral de Estado con uniforme legal.
En redes, distintas figuras del exilio y la oposición han analizado las reformas económicas como maniobras para que esa misma élite conserve sectores, recursos y capitales. Esa denuncia apunta en la dirección correcta: las reformas no democratizan la propiedad, sino que pueden legalizar el saqueo previamente acumulado por la casta. Pero conviene separar la denuncia política de la categoría económica. Que una élite controle capitales no significa que exista capitalismo. Capitalismo, entendido correctamente como sociedad de libre mercado, no significa que una cúpula posea dinero. Significa que cualquier individuo pueda ejercer el derecho a competir bajo las mismas reglas. En Cuba, en cambio, no hay reglas iguales, sino permisos desiguales que ratifican la desigualdad social y la desigualdad ante una ley que tampoco merece llamarse ley.
Observadores del castrismo, como Juan Juan Almeida y otros, han usado durante años la expresión “capitalismo de Estado” para describir el deseo del régimen de parecerse a China o Vietnam. Ese uso tiene una ventaja periodística: se entiende rápido y sirve para denunciar la naturaleza perversa y demagógica del régimen. Pero tiene un riesgo intelectual: en cierta medida le permite al socialismo esconder su fracaso detrás de una palabra ajena. Durante décadas el régimen cubano confiscó, estatizó, prohibió, centralizó y empobreció. Ahora, cuando abre una ventanilla económica para sobrevivir, algunos dicen que eso es capitalismo. Pero no lo es. Eso es socialismo fracasado caminando con una prótesis de mercado robada.
China, país al que muchos utilizan de ejemplo en estos debates, merece un párrafo aparte porque es el espejo que muchos quieren ponerle a Cuba. China no es una sociedad de libre mercado. Es un sistema de partido único que ha permitido propiedad privada, inversión extranjera, empresas competitivas y comercio global, pero bajo la supremacía política del Partido Comunista. Dentro del Estado todo, fuera del Estado nada. Y no es que el modelo chino no produzca crecimiento, infraestructura, exportaciones, tecnología y empresarios ricos, sino que la riqueza opera dentro de una jaula política. El partido decide los límites, interviene empresas, castiga magnates, usa bancos, empresas estatales, regulación, vigilancia y nacionalismo económico como instrumentos de control, premio y castigo. Por eso algunos académicos hablan de capitalismo de partido-Estado. Pero, desde una tesis liberal clásica, eso no es libre mercado, no es capitalismo. Es autoritarismo desarrollista con mercado subordinado. Es leninismo con bolsa, rascacielos y comercio exterior. Es el mercado usado por el poder y no el poder limitado por el mercado.
La otra trampa verbal, en la que siguen cayendo desde periodistas e influencers hasta políticos y analistas, es “capitalismo salvaje”, una expresión perfecta para quien necesita convertir la libertad económica en una bestia con colmillos. Pero lo salvaje no es que un ciudadano pueda abrir una empresa, contratar, producir, competir, ahorrar, invertir o prosperar sin pedir permiso al comisario. Lo salvaje es que el Estado se convierta en dueño de la vida económica y reparta miseria con lenguaje redentor. Las sociedades de libre mercado, con todos sus defectos, desigualdades, crisis, abusos corregibles y gobiernos cambiantes sometidos al juego democrático, han sido precisamente las que más riqueza han creado y, como ha señalado el Banco Mundial al vincular la reducción de la pobreza con el crecimiento económico amplio, las que más capacidad han tenido para ayudar a los desfavorecidos, financiar sistemas de protección social, abrir oportunidades, sostener filantropía, premiar el mérito y corregir excesos mediante leyes, elecciones, prensa libre y sociedad civil. En cambio, los sistemas socialistas prometen justicia y terminan administrando escasez. Prometen igualdad y acaban igualando por abajo. Prometen liberar al pobre y lo convierten en dependiente de una libreta, una cola, un permiso, una remesa o una obediencia.
Quienes hablan de un capitalismo salvaje, a veces sin malas intenciones, vuelven a caer en la caricatura moral del capitalismo, como si la sociedad de libre mercado fuera una selva sin normas y el socialismo una casa de misericordia. Pero defender el libre mercado no es defender la indiferencia, ni el abuso, ni una sociedad sin reglas. Es defender un orden donde el ciudadano no depende del permiso del burócrata para crear riqueza, y donde esa riqueza permite levantar instituciones, impuestos, leyes, prensa libre, alternancia política, fundaciones, iglesias, organizaciones civiles y redes de asistencia capaces de corregir excesos y ayudar al que cae. La verdadera crueldad no está en permitir que una sociedad produzca, compita y prospere, sino en destruir la riqueza primero y luego repartir consignas, cartillas, apagones y pobreza vigilada. Para ayudar al pobre, primero hay que producir riqueza. El socialismo promete repartir lo que luego impide crear. El socialismo, que en la práctica no es otra cosa que estatismo impuesto a golpe de adoctrinamiento y coerción, representa todo lo contrario de una sociedad de libre mercado.
No es cierto que Cuba, con el más reciente carnaval de reformas anunciadas, vaya hacia el capitalismo porque para ello primero tendría que ir hacia la libertad. Puede haber capital sin libertad, mercado sin ciudadanía, empresas sin Estado de derecho, bancos sin justicia, inversiones sin propiedad segura y millonarios sin sociedad abierta. Esa es la trampa del modelo chino. Esa es la trampa del castrismo reformista. Es el bulo que confunde una caja registradora con una república libre.
Cuba no necesita ese falso capitalismo de Estado. Cuba necesita libertad. Cuba no necesita que el PCC y la caricatura de una Asamblea del Poder Popular autoricen nuevos ricos. Cuba necesita que el ciudadano común deje de ser pobre por decreto, que los militares conviertan sus monopolios en sociedades mercantiles, que la propiedad sea devuelta, protegida y abierta. Cuba no necesita que el Estado venda permisos. Necesita que el Estado deje de ser dueño del país. Cuba no necesita una nueva oligarquía con acciones. Necesitamos una nación de propietarios, trabajadores, empresarios, agricultores, profesionales, consumidores y ciudadanos libres.
El capital secuestrado por el Estado no es capitalismo sino botín político. El mercado vigilado por el partido único no es libre mercado sino una jaula con una ventanita y hasta con mostrador. La empresa privada que depende del permiso ideológico no es libertad económica. Es tolerancia revocable. El inversionista que entra con la bendición del régimen no inaugura capitalismo. Entra a una economía de privilegio. El trabajador que no puede negociar libremente su salario no vive en una economía capitalista. Vive en una plantación burocrática.
No todo lugar donde hay dinero es capitalista. No toda sociedad donde hay empresas tiene libre mercado. No todo lugar donde circula capital respeta la libertad. Capitalismo, si aceptamos usar esa palabra nacida en la lengua de sus críticos, solo existe donde el ciudadano puede producir sin miedo, comerciar sin permiso y prosperar sin convertirse en súbdito. Lo demás puede llamarse modelo chino, no capitalismo de Estado, sino socialismo con trampas de mercado, reforma estructural o apertura económica. Pero en el fondo sigue siendo el mismo sistema socialista: el poder político conservando el mando después de haber destruido la economía.
El socialismo no fracasa cuando permite reformas de mercado. Fracasó desde el inicio, cuando necesitó controlar el mercado para mantener en el poder a la nomenklatura, la élite del partido único que manda, reparte y se beneficia del sistema que dice representar al pueblo, y sigue fracasando ahora, cuando promete reformas de mercado para no morir. La desesperada lista de medidas, hasta el momento tan solo anunciadas, no son una traición al socialismo, sino la confesión de su ruina y la prueba de que la casta comunista pretende reorganizar sus capitales antes de vender como apertura lo que en realidad es reciclaje del poder y estratagema para legitimar su desfalco en una nueva fase: los viejos y los nuevos castristas ahora entonando una nueva trova reformista y convertidos en empresarios con capital robado. Cuba no se vuelve capitalista de pronto porque autorice inversión extranjera, acciones, nuevas mipymes o bancos privados donde la familia Castro, la cúpula del PCC y su entorno más cercano terminen siendo los beneficiarios. Esta casi incumplible lista de reformas neocastristas solo admite, sin reconocerlo por las claras, que la economía estatizada no produce libertad, no produce abundancia, ni siquiera produce suficiente pan o azúcar.
Por eso el falso capitalismo de Estado no debe ser el futuro de Cuba. El viejo socialismo, pataleando mientras intenta cambiarse de traje sin entregar la casa robada, debe ser defenestrado para que pueda renacer la República. Esa idea conecta con lo que acaso fue el sueño central de Jorge Mas Canosa, el histórico líder de la Fundación Nacional Cubano Americana: la única forma de salvar al cubano de seguir siendo un simple proletario dependiente de las migajas del Estado es empoderar al individuo. Su visión consistía en devolverle las riendas de su propio destino, convertirlo en dueño real de su casa, de su negocio y de los frutos de su trabajo. Lanzar al basurero de la historia el miserable país de proletarios para volver a ser, de una vez y para siempre, un país de propietarios. Esa es, en realidad, la esencia de las sociedades de libre mercado.